Atrio de los gentiles: “La belleza salvará el mundo. ¿Pero qué belleza?”

Reflexiones a partir de las obras: A Dios por la belleza: la vía pulchritudinis, y Arte y fe: Belleza que transforma.[1]

[1]“La belleza salvará al mundo, ¿pero qué belleza?” hace referencia  al diálogo entre Hipólito y el príncipe Mynskhin en la novela El Idiota de Dostoyevski; Respecto a las obras citadas: Eduardo Camino, A Dios por la Belleza: La vía pulchritudinis, Encuentro, Madrid 2016; Víctor Fernández de Moya. Arte y Fe: Belleza que transforma, Digital Reasons, Madrid 2016.

———————————————————————————————————————————————————————————————-

Hace unas semanas Víctor Fernández de Moya me hacía llegar su libro: Arte y fe: Belleza que transforma, en el que de forma breve y amena hace un recorrido de momentos y lugares en los que el arte  ha servido como instrumento para transmitir la fe. Poco antes un amigo me había enviado el texto de Eduardo Camino: A Dios por la belleza: la vía pulchritudinis, en él, el autor hace la propuesta del camino de la belleza como vía para llegar a Dios. Ambas lecturas  me trajeron a la memoria aquella conocida frase de Dostoyevski: La belleza salvará al mundo. Si Dios es el único que puede salvar, la intuición de Dostoyevski ligaría la belleza y lo divino de un modo especial.

El papa emérito Benedicto XVI propuso el camino de la belleza como uno de los itinerarios, quizás el más atrayente y fascinante, para comprender y alcanzar a Dios[1]. Este camino es el que se conoce como Vía Pulchritudinis.  Es cierto que en un encuentro respetuoso y dialogante entre la fe y la cultura, como pretende el atrio de los gentiles, el foro de la belleza y el arte parecen especialmente adecuados. Aquí trataremos de mostrar como la experiencia de la belleza nos abre las puertas de lo sagrado, de lo divino, de Dios. De esa experiencia, aún siendo extraordinaria, nos hacemos partícipes todos los humanos. Quién no se ha sentido conmovido, turbado o zarandeado  por alguna lectura, un  tema musical o la contemplación de algo bello. ¿Esa experiencia se limita a una emoción puramente subjetiva o es el reflejo de una realidad que nos trasciende? ¿No se trataría de un conocimiento intuitivo que nos hablaría de algo que excede al poder de nuestra lógica? La reflexión que os ofrezco es una meditación sobre ese encuentro  personal con lo bello, que rompiendo el círculo de lo inmanente, nos hace percibir la trascendencia.

1.-Belleza, arte y experiencia estética.

En todo diálogo lo primero que debemos hacer es precisar los conceptos sobre los que tratamos, en este sentido no viene nada mal recordar la advertencia de Maritain  quien denunciaba que la filosofía estética moderna al  no tratar de lo bello, sino en función  del arte, corría el riesgo  de viciar tanto la noción de arte como la de belleza[2]. El primer problema con el que nos encontramos es el de definir la belleza. La etimología  de belleza hace referencia a brillar, aparecer, ser visto.  Han sido multitud los intentos de definir el concepto belleza. Aunque nos dan alguna idea que ilumina,  finalmente nos resultan insatisfactorios. En todo caso,  lo que parece evidente es que  hay algo en el ser de las cosas cuya contemplación  produce deleite o satisfacción. El encuentro con la belleza propicia en el ser humano lo que denominamos “experiencia estética”, Kant decía que el espíritu tiene conciencia de cierto ennoblecimiento, cierta elevación por encima de la mera receptividad del placer  que le causa la impresión sensible[3]. La belleza tiene que ver con un sentir doble,  el primero es de tipo espiritual, el impacto de la contemplación nos eleva, el segundo  es físico, y tiene que ver con el gozo derivado al experimentarla. Este sentir no se puede enseñar pero sí pueden generarse las condiciones que  lo propicien.

En la vida cotidiana estamos rodeados de objetos y acontecimientos que consideramos bellos. La belleza se nos presenta por doquier: la belleza de la naturaleza,  la belleza de un cielo estrellado o una puesta de sol, la belleza de una persona, de una acción compasiva y de un gesto de amor,  la belleza de un mármol tallado, de  una poesía,  de una pintura o  de una tonada musical. Ante ese encuentro con lo bello el tiempo adquiere una densidad especial, es más parece detenerse; ¡instante, detente, eres tan bello! , dice Fausto en la obra de Goethe, en ese instante dado se transforma la propia percepción de la realidad, permitiendo significados nuevos y diferentes de las cosas. Esa experiencia nos permite distanciarnos de la rutina y abrirnos a mundos nuevos, mundos que tienen que ver con la libertad, con la creatividad y  con la gratuidad, rompiendo así  con el credo utilitarista que nos encorseta y la razón instrumental que nos domina. Existe pues  tanto la  belleza natural  como la artística, pero también la belleza presente en la ética, en la palabra de la ciencia y en el conocimiento. Hay muchas bellezas porque hay muchas miradas que se derraman sobre el mundo y, como decía Oscar Wilde, parece tener tantos significados como estados de ánimo tiene el hombre.

Cuando hablamos del arte nos referimos a esa particularidad o  genialidad, que poseen algunas personas para crear  belleza. La cuestión es, ¿generan belleza porque tienen un modo especial de mirar  y ver la belleza que hay en la realidad o porque plasman en lo real la belleza que tienen dentro?  Miguel Ángel expresaba este dilema  por medio de esta oración poetizada:“Dime, oh Dios, si mis ojos realmente la fiel verdad de la belleza miran; o si es que la belleza está en mi mente y mis ojos la ven por doquier que giran”. Ambas cosas pensamos, descubrimiento (percibir la belleza que revela el mundo circundante) y creación (capacidad de expresar la belleza que se  lleva dentro),  estas dos, presuponen la capacidad de asombro, que es una de las características del artista genuino.

2.- Arte y fe.

La belleza creada por el hombre nos ha acompañado desde los albores de la humanidad y su fuente de inspiración  ha sido en gran parte religiosa. A lo largo de la historia, el arte ha servido como expresión de la experiencia de Dios y como cauce de encuentro con la trascendencia. En el cristianismo este hecho ha sido especialmente relevante.  No podía ser de otro modo ya que el cristianismo es la religión más sensual que existe, pues cree en la encarnación de Dios. Por tanto Dios no es una magnitud abstracta, una idea o un postulado religioso. Dios tiene rostro humano: el rostro de Cristo. Mientras en occidente la cultura y la fe, la vida y la fe estuvieron unidas, la religión fue su principal fuente de inspiración, cuando esta unidad se rompió, el arte buscó otras fuentes. El problema del arte cristiano más que un problema artístico es que la cultura occidental, en buena parte, ha dejado de ser cristiana[4].

La importancia de la vía pulchritudinis (el camino de la belleza) en orden a la evangelización ha sido destacada por los últimos pontífices, no se trata solo de utilizar la riqueza del pasado sino   de encontrar una nueva expresión de la fe  en las formas del arte contemporáneo[5]. En el fondo sabemos que solo amamos lo que es bello, y que para llegar al hombre moderno hay que hacerlo con el arte de su tiempo. “La razón busca, pero el corazón es el que encuentra”[6],la verdad a veces es árida y difícil, la bondad plantea la dificultad en el hacer, la belleza sin embargo, nos fascina y nos atrae,  por eso permite un acceso mucho más intuitivo al ámbito de lo sagrado. Aquí se nos presenta la gran cuestión, más allá de constituir una vía para la expresión religiosa, más allá de su utilidad catequética, más allá de su funcionalidad, la gran pregunta  es si la experiencia de la belleza nos permite tocar la orla de lo divino.

3.-La experiencia estética como vía para la  experiencia de lo sagrado.

Lo que planteo en definitiva es si la vía pulchritudinis es realmente una vía, en el sentido tomista, hacía Dios. Precisando más, si la experiencia estética (experiencia de lo bello), tanto de la belleza que se me ofrece en la realidad natural como en la expresión artística, esté inspirada en temas religiosos  o no, puede propiciar un instante que puedo catalogar como epifánico (manifestación de lo divino y encuentro don lo divino) o hierofánico  (manifestación de lo sagrado y encuentro con lo sagrado) incluso para el que en principio no crea. O sea, si la contemplación de la  belleza nos permite tocar la orla de lo eterno.

3.1- De qué belleza y de qué experiencia hablamos.

Antes de proseguir debemos aclarar de qué belleza estamos hablando[7]. Hablamos de una belleza genuina, la belleza que turba en palabras de George Braque, que hiere y golpea en palabras de Platón o Benedicto XVI, que nos invita a una apuesta dolorosa en la bella expresión de Bruno Forte, e incluso que puede experimentarse como un desgarro en el decir de Ernesto Sábato. Es la belleza que despierta la nostalgia de lo indecible, que nos zarandea  y nos abre a la esperanza, que nos permite elevarnos al rasgar el velo de lo cotidiano, que genera en nosotros el deseo de vivir en plenitud al abrirnos a nuevos horizontes. También la belleza que alivia y cura las desazones del destino. No esa pseudobelleza falaz que ciega y adormece no permitiendo hacer salir al hombre de sí mismo, que solo provoca ansia, voluntad de poder y de posesión quedando constreñida en el mero placer. Esa falsa belleza que contribuye a la alienación generando falsos modelos y suscitando falsas necesidades, la pseudobelleza del mercado y del ser reducido a espectáculo o bien de consumo. En realidad, es la belleza que abre el corazón humano al deseo de conocer más, amar más e ir hacia el otro. Es la belleza que, incluso mostrando el dolor y el sufrimiento del hombre, te da fuerzas y te incita al compromiso y a la lucha. Es la que habla al corazón del hombre invitándole a soñar, la belleza que libera de las ataduras de la caverna y permite vislumbrar mundos de luz. Solo ésta puede transformar y  propiciar la búsqueda de la fuente primigenia de la que emana.

3.2.-La experiencia estética llave para abrir las puertas del Misterio.

La verdadera belleza es siempre una llave que nos abre a sentidos hasta ahora ocultos y vedados. Al  turbarnos, golpearnos o herir nuestro corazón nos descubre esa sed de infinito y nos pone en camino hacia algo que pueda saciarnos, algo que colme el anhelo de plenitud. Por eso si hemos sido tocados alguna vez por ese instante eterno, por medio de la contemplación, del baile de los tonos de una puesta de sol, los sones de una pieza musical que nos ha extasiado, la lectura de una poesía o ese trozo de una novela  que nos ha rasgado el alma, el encuentro con la belleza de una pintura o una escultura que nos han conmovido, la  observación  de aquella mano que acariciaba el rostro del anciano, o la que tuvo la madre al dar a luz, entonces podemos entender que esas experiencias han servido de puente para poder  cruzar a orillas desconocidas.  Se nos ha revelado que la materia no lo era todo, más aún, que en el corazón de la materia, un color, una forma, un sonido…  se traslucía el espíritu, el espíritu en lo sensible, ese espíritu encarnado del que ya hablara Einstein.

En este tema tenemos que buscar en nuestra propia historia personal esos instantes donde  el Misterio nos embargó, porque  nos experimentamos como bañados en él. Ese encuentro propiciado por la belleza  no fue tanto el brillo enceguecedor  de la falsa apariencia, sino la llave que posibilitó abrir  la puerta tras la que atisbamos la profundidad de lo real. Aquel encuentro luminoso que  nos liberó, aunque fuera por un instante, de las cadenas de lo ordinario y  nos permitió gozar al propiciarnos  horizontes de sentido y de eternidad. La belleza ¿No es acaso una muestra de que algo existe del otro lado del absurdo?, se preguntaba Ernesto Sábato, y aquel  buscador de Dios que fue Unamuno decía desde su experiencia más íntima: “En lo bello se aquieta un momento el espíritu, descansa, se alivia, ya que cura la congoja porque lo bello es revelación de lo eterno”. La experiencia de lo bello[8], al producirnos esa conmoción nos pone en el umbral del  misterio donde se entrecruza el tiempo y lo eterno.

¿Qué quiero decir con esto?, que si el corazón ha sido tocado por el dardo de la belleza, y entendemos corazón en el sentido bíblico que aúna la mente y el sentimiento, percibimos la luminosidad que solo puede proceder de la trascendencia, de lo divino, de lo sacro o como queramos llamarle. Uno  entonces puede entender que alguien como Salvador Pániker, al que muchos consideraban ateo, dijese  en una entrevista algún tiempo antes de morir que “él no podía ser ateo porque existía Bach”, o que  E. Sotoo se convirtiera al cristianismo al ir imbuyéndose de la personalidad y la obra de Gaudí, o que la contemplación de la Piedad de Miguel Ángel haya transformado el corazón de muchas personas. O que la experiencia  de belleza ante una viejecita que tocaba la frente de un moribundo en Calcuta cambiara la vida de tal persona, o que aquel cielo estrellado te causara tal impresión que fuiste arrebatado hasta ser tocado por lo infinito. No hace falta hablar de otras experiencias, piensen en las suyas si han sido turbados o zarandeados o heridos por la belleza. Establezcan un diálogo con ustedes mismos, entonces comprenderán que es eso de la vía pulchritudinis.  La belleza, utilizando la expresión de Jaspers, se convierte entonces en cifra de la trascendencia.

4.-Pero, ¿Qué belleza nos salva?

Es habitual  escuchar frases como la siguiente: el amor, el bien o la compasión salvarán al mundo. Nos sorprende, sin embargo que alguien diga que la belleza salvará al mundo. Que alguien hable de la belleza buscando su refugio en ella, que sea su fuente de consuelo o algo así nos parece más normal, pero que diga que la belleza salvará al mundo ¿nos parece quizás  excesivo?

La experiencia de la belleza, propicia el conocimiento intuitivo  de la fuente sagrada de la que mana.  Esa  fuente es una fuente que se desborda, que se da, que se ofrece. La fuente, ni somos nosotros mismos  ni la realidad que nos circunda, pues ambas se agotarían en sí mismas. La belleza apunta a una fuente trascendente y nos habla de don, de gracia, de amor, de bien. No hablamos de la  ilusión o el consuelo que busca el hombre  ante un mundo que lo hiere, hablamos de  plenitud y de verdad, de ahí esa atracción, esa fascinación, esa turbación que despertándonos del letargo nos pone en camino. Platón consciente de esto definía  la belleza como el esplendor de la verdad, en la misma línea Keats nos regalaba los siguientes versos: “La belleza es verdad, la verdad es belleza. Esto es  todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber”. En El Banquete, Platón, nos habla del anhelo, y la nostalgia del hombre, fruto de su perfección original perdida, ciertamente aunque Platón no conociese las escrituras hebreas, las resonancias bíblicas son evidentes. Platón recoge algo que está en la experiencia más ancestral e íntima del hombre, la de experimentarse como un ser caído, la de ser peregrino hacia su verdadera patria de la que ha sido exclaustrado, mitos de todas las culturas corroboran este hecho. Para él,  es  la belleza la que le arrancaba del sopor cotidiano. Hiriéndole como un dardo  le inducía a la búsqueda de esa fuente última en la que ser sanado.  Esa Belleza está íntimamente unida a la verdad y al  bien que manan del amor desbordante, pues solo una fuente así puede sanar.Por eso La experiencia de la belleza no es cosmética sino cósmica, permitiendo penetrar la superficie de la realidad para encontrarse con su fuente, pudiendo elevar al ser humano a su mayor humanidad.

Decía Von Balthasar[9] que cuando perdemos la unidad entre la belleza, el bien y la verdad, disminuye la fuerza de la gratuidad del ser y entonces lo humano, el mundo y Dios se vuelven objeto de uso  y de consumo, tanto para el creyente como para el increyente. En un mundo donde ya no fuéramos capaces de captar la belleza, el bien habría perdido por sí mismo su fuerza atractiva, el hombre perplejo se preguntaría por qué  ha de hacer el bien y no el mal. En este mundo también perderían su contundencia los argumentos demostrativos de la verdad. La palabra inicial, para él, se llama belleza, última palabra a la que puede llegar el intelecto reflexivo, ya que es la aureola del resplandor imborrable que rodea la estrella del bien y de la verdad en indisoluble unión. Así pues, podríamos decir que en el origen era la belleza, porque en el origen era el don, la gratuidad, el amor  y la apertura al otro. En tiempos donde el relativismo ha cuestionado la idea de verdad y de bien, quizás la belleza sirva para volver a reunir a las tres gemelas: lo feo es lo falso y malo, lo bello es lo verdadero y lo bueno; y  volver a unirlas, quizás, sería nuestra mejor aportación.

En definitiva la belleza nos aparece como el sello del Fundamento de todo, y hablaría de un Misterio infinito de amor, al que los creyentes llamamos  Dios. “Esto que atrae nuestro corazón en la hermosura de las criaturas…corresponde a un Amor primero; amamos a seres que son bellos porque han sido amados; y a los  vestigios de aquel primer amor, cuando amamos nuestro corazón se acoge. Aquella voz misteriosa de la belleza de que incita a nuestro corazón, es eco de otra voz y de otro corazón” decía Couturier[10]. En la Belleza auténtica hay una huella de lo divino y el artista cuando la plasma en su obra es animado por el mismo espíritu divino, sea consciente de ello o no.

Sin la belleza estamos perdidos, nada vale, y nos convertimos en esclavos. Pero con ella somos salvados[11], dice Eduardo Camino con claras referencias a Dostoyevski. Pero hoy, volvemos a encontrar a Hipólito, el ateo de turno que vuelve  a preguntarnos como ya lo hiciera al príncipe Myskhin: Y  “¿cómo salvará la belleza al mundo?”… El príncipe no dijo nada pero fue  hacia un joven que estaba agonizando. Y se quedo  a su lado lleno de compasión y amor hasta que murió. El mundo será salvado mientras ese gesto exista pues en  todo lo que despierta en nosotros un sentido auténtico y puro de belleza, ahí se encuentra, en verdad, la presencia de Dios. Hay una especie de encarnación de Dios en el mundo, de la cual, la belleza es señal[12].

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

[1] Benedicto XVI, Mensaje a las  Academias Pontificias  25-XI-2008.

[2]  J. Maritain, Arte y Escolástica, citado por Víctor Fernández p. 138.

[3]I. Kant, Crítica de la Razón Pura, Nº 59.

[4]La idea  que el problema del arte cristiano evidencia es el síntoma de una cultura que se ha descristianizado la recojo del análisis de  M. Couturier citado  Víctor Fernández.

[5] Citemos por ejemplo a Pablo VI en su Discurso a los artistas en la Capilla Sixtina (7 de mayo de 1964), Juan Pablo II Discurso a los artistas. Vaticano, 4 de abril de 1999; Benedicto XVI. Discurso a los representantes de todas las artes, 21 de Noviembre de 2009; Francisco, Evangelii Gaudium, Nº 167, año 2013.

[6]A Dios por la belleza: vía pulchritudinis, p. 5

[7] Sobre este punto invito a leer las ideas reveladoras y luminosas de Benedicto XVI sobre la contemplación de la belleza en el Meteeng  de Rimini del 28 – agosto  -2002, como las del excepcional Discurso  a los representantes de todas las artes el 21-noviembre- 2009. Víctor Fernández de Moya, en la obra citada, nos presenta un extracto de este último. En mis comentarios lo tendré especialmente presente junto con las ideas que Bruno Forte nos presenta en su obra El umbral de la Belleza, Edicep, Valencia 2004.

[8] Sobre visión amena de la belleza a lo largo de la historia, Umberto Eco: “Historia de la Belleza”, Lumen, Barcelona 2004  e” Historia de la fealdad” Lumen,  Barcelona, 2004.

[9]  Hans Urs von Balthasar Gloria: Una estética teológica Vol. 1, percepción de la forma, Encuentro, Madrid 1986.

[10] Marie-Alain Couturier citado  por Víctor Fernández de Moya  p.140.

[11] Eduardo Camino, op cit. P. 174.

[12] S.Weil,La conciencia del dolor y la belleza. Trotta, Madrid 2010.

Compartir: