Homilía en la fiesta de San Juan de Ávila: “Huir de la dignidad para merecer dignidad”

Queridos hermanos obispos y sacerdotes:

  1. En este año de 2019, tenemos la gracia de reunirnos el presbiterio diocesano de Jaén para celebrar los veinticinco, cincuenta y sesenta años de sacerdocio de algunos de nuestros hermanos coincidiendo con la recientísima apertura del Año Jubilar Avilista. Nosotros lo celebramos donde más se le evoca como patrón del clero español, en Baeza; en su Catedral y en la que fue sede de la Universidad, que San Juan de Ávila puso en marcha para la formación y santificación de los clérigos. Es todo un privilegio para nosotros que, por concesión de la Santa Sede, hayamos puesto a disposición de toda la Iglesia, y en especial de la Iglesia en España, este acontecimiento de gracia.
  2. Todo el pueblo cristiano que camina en Jaén, pueblo misionero que lleva en sus entrañas el sueño de llegar a todos, vendrá a pedir gracias por la intercesión del pregonero de la gloria de Dios. Pero, de un modo especial, seremos los sacerdotes los que en este Año Jubilar nos aproximemos a la semblanza sacerdotal del Maestro Ávila, para renovar lo que somos por elección y consagración. La Palabra de Dios nos ha señalado el camino a seguir como peregrinos: de un modo aún más explícito que ayer, domingo del Buen Pastor, Jesús nos ha marcado hoy la ruta para la renovación de nuestra identidad sacerdotal: ser pastores en el amor y el cuidado amoroso de Cristo (no abandonar nunca a las ovejas, conocerlas una a una por su nombre y dar la vida por ellas). Y por si se nos había olvidado, también nos dice Jesús que hemos de ser pastores que entregan la vida para traer a las ovejas que no están en el redil, pero tienen un lugar en el corazón salvador del Padre. Si hoy transitamos por estos sentimientos de Jesucristo, el Buen pastor, no nos equivocaremos en lo que la Iglesia propone a los sacerdotes en este año de gracia; acertaremos a andar como pide la vocación a la que hemos sido convocados, como le hemos escuchado al Apóstol misionero.
  3. Como un exacto testimonio para andar este camino jubilar, para que nos sirva como guía en la renovación de nuestra vida ministerial, he buscado en sus biógrafos una breve y sencilla semblanza del sacerdocio que vivió y propuso a sus discípulos el que nos ha traído hasta aquí, el Santo Doctor Maestro Ávila. Fue viviendo así su sacerdocio como hizo escuela, como promovió un estilo de vida sacerdotal muy característico, que le ha llevado a ser, de generación en generación, punto de referencia para los presbíteros jiennenses y en los de toda España.
  1. Empiezo por algo que nos marque el camino a seguir en el sacerdocio del sacerdocio del Maestro Ávila. Lo primero que hay que decir es que San Juan de Ávila fue solamente sacerdote y al sacerdocio dedicó sus mejores energías. Alguien ha dicho que “no fue párroco ni coadjutor ni aceptó dignidades en ninguna diócesis”. Y así fue. En efecto, el sacerdocio fue el eje alrededor del cual giró su vida. Esta conciencia de un sacerdocio sin añadidos ni exclusiones marcó toda su vida. Por eso decía que “EL PRESBÍTERO HA DE HACER VIDA QUE MEREZCA DIGNIDAD Y HUIR DE BUSCAR LA DIGNIDAD”. ¡QUÉ CERTERO, VERDAD! Si por alguna razón confundimos la verdadera dignidad sacerdotal, esto puede servir de una gran ayuda. San Juan de Ávila invitaba a huir de la dignidad para merecer la dignidad. Y para eso decía que nuestra dignidad sólo estará basada en la humildad y en la santidad.
  2. A partir de ese enfoque esencial, el estilo sacerdotal que señala San Juan de Ávila tendrá otros rasgos imprescindibles. Será un sacerdocio apostólico. Para vosotros y para mí dice muy claramente: Su vida, la de los obispos y sacerdotes, debe de “ser un dibujo de los apóstoles a quien suceden, tal que por la vida obispal todos saquen por rastro cuáles fueron los antiguos apóstoles y no tales que no haya cosa que más los haga desconocer que mirar a sus sucesores”. Y para eso nos hace una invitación clara a salir de la tibieza: “La Iglesia cristiana, para ser la que debe, no ha de ser congregación de gente relajada ni tibia… el Señor quiere que seamos diligentes en el servir y no se paga de gente tibia”.
  3. A partir de ahí, nos señala valores y virtudes de una vida sacerdotal. Juan de Ávila, como es evidente en su modo de vivir, pondera la pobreza: Nos dice que “la dignidad sacerdotal se demuestra en la humildad aún exterior. Como siempre suele suceder la falta de pobreza es uno de los mayores motivos de escándalo entre los fieles”.

Del mismo modo, recomienda la obediencia, siempre a imitación de Cristo. Esto lo hace además con insistencia. Tan importante considera recomendar la pobreza que hasta pide disculpas por ello. “No os espantéis de que tanto os recomiende la obediencia… porque vuestra seguridad está en no querer libertad”.

  1. Y como no podía ser de otro modo, Juan de Ávila tercia en el debate de su tiempo sobre la castidad sacerdotal, sobre el celibato. Propone una lógica que sigue siendo válida y práctica, aunque no le falten al Santo Maestro otras motivaciones más espirituales y profundas. “El remedio de estos no entiendo que es casarlos, porque si ahora, sin serlo, no pueden ser atraídos a que tengan cuidado a las cosas pertinentes al bien de la Iglesia y de su propio oficio, ¿qué harían si cargases con los cuidados de mantener mujer e hijos, y casarlos y dejarles herencia? Mal podrían militar a Dios y a negocios seculares”. Por eso Juan de Ávila exhorta a promover la formación de un sacerdote evangélico al estilo de Jesús, en quien la castidad sea “su virtud propia, muy propia y propísima”.
  2. Por supuesto, también propone el camino a seguir para ir creciendo en eso que quiere para los sacerdotes. Recomienda estar enamorados de la Iglesia, de una Iglesia que necesita reforma y que trabaja por ella y en ella pacientemente. Estoy convencido de que todo esto que acabo de decir nos suena como necesario y muy actual; sólo así, con el amor a la Iglesia, evitaremos, dice el Maestro Ávila, el criticar mucho y el hacer poco.

Estamos en misión queridos hermanos sacerdotes y según el santo Doctor de la Iglesia, sin nosotros es imposible la renovación misionera. Para eso, dice él, hemos de tener un espíritu semejante al de los profetas; que en todo pongamos calidad espiritual y docilidad el Espíritu Santo. Sólo así el ministerio del presbítero tendrá apertura al futuro y nos hará capaces, si fuera preciso, de deshacer lo que nos paralice y de aceptar con docilidad lo que nos empuje a saltar las tapias que poco a poco nos han ido acorralando, por nuestras inercias y miedos.

Para nuestro Santo Patrono, la caridad pastoral ha de ser la síntesis de la vida y la espiritualidad de un presbítero diocesano. Con un lenguaje, menos sintético, pero si muy expresivo, recuerda que la caridad pastoral tiene su fuente y su forma en un ferviente celo que haga arder el corazón del sacerdote en el fuego de amor de Dios y en el servicio a las almas, especialmente a las más débiles, a imitación de Jesucristo el Buen Pastor.

  1. Todo esto ha de ser enriquecido con una profunda vida de oración: “Si tuviésedes callos en las rodillas de rezar y orar, si importunásedes mucho a nuestro Señor y esperásedes de él que dijese la verdad, otro gallo cantaría, ¿Quieres que te dé su luz y te enseñe? Ten oración, pide, que dar te ha. Todos los engaños vienen de no orar”. Pero no se olvida de recordarnos algo que es tan importante para los presbíteros de nuestro tiempo, la santificación en el ejercicio del ministerio: “No esperareis horas ni lugares ni obras para recogeros a amar a Dios; más todos los acontecimientos serán despertadores de amor. Todas las cosas que antes os distraían, agora os recogerán”.
  2. Hasta aquí, queridos hermanos en el presbiterio, este, quizás torpe, retrato diseñado con algunos ecos de los escritos sacerdotales del Maestro Ávila y os he ofrecido para que nos miremos en él. Una síntesis de lo dicho la expresó con preciosa precisión San Pablo VI en su canonización: “San Juan de Ávila enseña al menos esto, y sobre todo esto, al clero de nuestro tiempo: a no dudar de su ser sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia, guía de sus hermanos”
  3. Estoy convencido de que con matices semejantes ha ido creciendo la vida sacerdotal de aquellos con los que hoy le damos gracias al Señor y a los que hoy felicitamos con grandísimo afecto en estas tres etapas que algunos hermanos del presbiterio diocesano celebráis. Seguro que en vuestra vida ha habido de todo, porque nuestra condición humana siempre acumula sentimientos, situaciones, logros y hasta errores. Pero lo que sí es cierto es que la vida de un presbítero está siempre empapada de gracia. Estoy convencido de que esa ha sido la razón de vuestra fortaleza el saber que era Jesús el que tiraba de vosotros. Su presencia en vuestra vida os he hecho caminar en fidelidad en estos 25, 50 y 60 años de sacerdocio. De vuestros obispos, de vuestro presbiterio recibid nuestra felicitación con un abrazo fraterno y una suplica al amor de Dios, que siempre nos acompaña y sostiene.
  4. Que Santa María, la Madre de los sacerdotes os acompañe siempre. No olvidemos que el Santo Maestro compara la acción del sacerdote a la de María por ser sacramental, ya que el sacerdote “da a Dios humanado” no sólo una vez sino frecuentemente. En este sentido María considera a los sacerdotes como parte de su mismo ser, son para ella “los racimos de mi corazón”, los pedazos de mis entrañas”. No lo olvidéis, siempre está con nosotros la ternura de la Madre Sacerdotal.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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