Homilía en la Fiesta de San Juan de Ávila

Queridos hermanos:

Esta mirada de la Iglesia a sus orígenes, que cada año hacemos en la Pascua, siempre nos viene muy bien para amarla más profundamente y para descubrir que es para nosotros un regalo del Señor y un deleite para nuestro ministerio. La vida pascual de la Iglesia nos hace sentir la presencia palpable del Espíritu, su protagonismo y su fuerza.

Es esta una evidencia que necesitamos afianzar en nuestra vida sacerdotal, para situarnos sin falsos temores o falsos protagonismos en la Iglesia de este “tiempo” con estas circunstancias. Es el Espíritu quien la lleva siempre, aunque lo hace, eso sí, con todos, aunque algunos recibamos de Él más responsabilidad, más luz, y por tanto más protagonismo también. Y eso, a veces, sucede mucho: por falta de fuerza, de ilusión, por miedo e incluso por creer que el Espíritu ha hecho un pacto con nosotros para que seamos poseedores privilegiados de la verdad.

Aunque es mucho lo bueno que sucedía cada día en una Iglesia que, insisto, era llevada con esmero por el Espíritu; también es gratificante que se ponga de relieve que todo lo que el Espíritu hacía pasaba por la situación religiosa, social y cultural de aquellos que se iban incorporando a ella por la fe en Jesucristo. Confiar en Jesucristo y creer en nosotros es un buen remedio para aceptar la realidad tal y como es. El Espíritu no actúa sin la realidad concreta, sin nuestra realidad. Eso es bueno para que no exijamos más de lo que él hace, para que no exijamos lo que él no exige y, por supuesto, para que no nos quedemos cortos en procurar llegar al menos a los mínimos que él propone.

De cualquier modo, de la primera lectura de hoy quiero quedarme con dos cosas esenciales: la primera es que la barca de la Iglesia seguía adelante, mar adentro, en su misión fundamental; y segundo, que surcó muy bien aquellos mares inciertos, en medio de los cuales el anuncio de Jesucristo iba construyendo y dando forma a la Iglesia del Señor. “Nos hicimos a la mar en Tróade y pasamos rumbo a Somotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, colonia romana”.

Todo iba sucediendo donde la fe actúa con toda su verdad y belleza, en los corazones y en la vida de la gente. Lidia escuchaba la conversación que siguió a la oración junto al río, y fue así como el Señor le abrió el corazón para que escuchara lo que decía Pablo, que no era otra cosa que el kerygma. Preciosa historia que expresa sencillamente lo que siempre sucede en la Iglesia, sobre todo si, como la de los orígenes, es una Iglesia que vive en el encuentro personal con Cristo y no hace nada sin la confianza en el Espíritu, enviado por el Padre. “cuando venga el paráclito, que os enviaré desde el padre, el espíritu de la verdad, que procede del padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo” (San Juan).

La vida de la Iglesia se va consolidando bajo la artesanía divina del Espíritu Santo, que sólo trabaja con material de santificación. El Espíritu es el verdadero autor de la fidelidad, aunque siempre respete la condición humana, que es frágil y pecadora. El Espíritu va modelando la santidad, que es el clima que siempre ha de prevalecer en los hijos de la Iglesia, sean laicos, consagrados y llamados al sacerdocio ministerial. El Espíritu es el promotor de nuestra fidelidad, queridos sacerdotes.

Seguramente hoy, los que celebráis bodas de platino, oro y plata, contaréis las preciosas historias que han ido tejiendo vuestras vidas, unas llenas de gozos, de paz y de alegría, y otras con la tristeza de los rotos interiores que habéis padecido; aunque éstas, quizás por pudor os las calléis. Pero, si estáis aquí es porque en vosotros ha prevalecido, además, del don de la vida, el maravilloso don de la fidelidad, que es santidad. Como sabéis, para ser fiel se necesita corriente de gracia, derramada por el Espíritu, que vaya, poco a poco, habitando vuestra vida en Cristo, hasta poder decir “es Cristo quien vive en mí”. La Fidelidad es una persona, es una presencia, la del Espíritu que es el moldeador de nuestra existencia. San Juan de Ávila nos dice que ser fiel, más allá de los años, es estar enamorados de Cristo, al que hemos contemplado en su Palabra, celebrado en la Eucaristía y en los sacramentos, anunciado en la predicación y en la catequesis, vivido encontrado según las bienaventuranzas y el mandato del amor, en la fraternidad y en el servicio de la caridad. Y sólo el Espíritu enamora.

El punto de partida de lo que somos, por ser llamados y enviados, y el alimento que ha mantenido nuestra identidad es, en efecto, el amor y seguimiento de Jesucristo: “Id, Señor, Vos por donde quisiéredes, llevadme a donde quisiéredes; consuélame, Señor, que vos sois mi pastor… Señor, no quise, en cuanto hice, mirar a nadie, no recibir loa de nadie, no escuché al mundo porque me desonrase, ni menos porque me honra; no pasaba yo los trabajos mirando a quien me mira, sino, vos lo sabéis, siempre seguí yo a vos, a vos amaba yo” (Sermón 15)

El camino en el que se va encontrando la fidelidad es el vivir en la Cruz de Jesucristo, esa que nos aparece de mil maneras y que, sin embargo, no nos quita la paz y la alegría y, por supuesto, ni apaga ni enfría nuestro celo pastoral. Al contrario, como dice nuestro Santo Patrón, citando a San Ambrosio: “El ánima que está desposada con Cristo y voluntariamente se sujeta con él a la cruz, ninguna cosa tiene por más gloriosa que traer consigo las injurias del Crucificado”.

El amor de Cristo Crucificado enriquece, como sabéis muy bien, la caridad pastoral; esa que no consiste en otra cosa que no sea en amar lo que Cristo ama. Por eso, pongamos cuidado en no equivocarnos en buscar y encontrar las preferencias de Cristo. Si sentimos y actuamos como Jesucristo, no cabe más tendencia, en nuestras preferencias y opciones, que la de estar cercanos y como servidores, donde estén las pobrezas en cada momento de nuestra existencia sacerdotal. Cada uno de los sacerdotes, en su ministerio, ha de ponerle nombre, definición y, sobre todo, rostro a los pobres; ha de saber señalar los dolores y sufrimientos de las personas a las que ha sido enviado a servir.

San Juan de Ávila hace eso con naturalidad y meridiana claridad. En sus pláticas y sermones señala los sectores marginados de su tiempo: los enfermos, hombres del campo, como los pastores, los gañanes, los caminantes, los trajineros y los carreteros.  A los sacerdotes los llama a vivir pobres para vivir cerca de tantos labradores que padecen sembrando y recogiendo, y cargados de hijos que andan descalzaos, echándose por el suelo. Para ser así, es decir para vivir la pasión por Cristo y por los hermanos, dice el Maestro que  hay que tener un ferviente celo que colme el corazón y haga de nosotros verdaderos padres y madres. “Ha de arder en el corazón del sacerdote un fuego de amor de Dios y celo por las almas” (Plática 7).

Sé que nada de lo que habéis vivido en vuestros veinticinco, cincuenta, sesenta o setenta años ha sido fácil, sé que la vida no es tan plena, tan estable y tan feliz, como la vemos en un día de fiesta fraterna y sacerdotal, como el que estamos hoy celebrando; pero también sé que, entre luces y sombras y, sobre todo lo sabéis vosotros, que ha sido el Señor quien le ha dado continuidad a vuestros días, cada uno con su afán concreto. Ha sido Él quien ha ido enriqueciendo vuestra memoria agradecida. Han sido muchas las maneras que el Señor ha ido eligiendo para acompañaros y para mostraros el camino de una vida sacerdotal fiel. Cada uno podía manifestar su propia experiencia, pero permitid que, siguiendo al Maestro de una escuela sacerdotal, la avilista, que fue especialmente fiel, elija algunos recursos que habéis tenido a vuestro alcance en vuestra vida fiel, para que sirvan de ejemplo a las jóvenes generaciones de nuestro presbiterio. En todos ellos se cuenta con la gracia santificadora del Señor.

La vida ferviente en intensa de oración. Sobre todo, la oración en la que habéis importunado a Dios, esa que siente los males ajenos y los llora para poder ser medianero entre Dios y los hombres. Por ahí ha de ir vuestra oración sacerdotal. Pero siempre conscientes de que nuestra oración es un deleite para Dios. Si la oración nos da fuerza y vida es porque nunca tuvo amargura; al contrario, siempre nos alcanzó alegría y gozo.

Poner la vida al servicio de la Iglesia, como guardas que somos de la viña del Señor. Estoy seguro de que estáis en este punto de vuestra vida sacerdotal porque habéis amado a la Iglesia. La Iglesia y Cristo son inseparables para todos los cristianos, pero lo es especialmente para los sacerdotes. Como bien dice el Maestro Ávila: nosotros somos los ojos de la Iglesia. De hecho, él fue un enamorado de la Iglesia; y no se puede decir que fuera muy bella la de su tiempo. Conoce sus defectos, sabe que necesita reforma, trabaja por ella y en ella pacientemente. No se limita a denunciar. Y, desde luego, lo que nunca haría San Juan de Ávila, sería desprestigiarla con murmuraciones difamatorias y calumniosas, como por desgracia a veces se hacen. Lo que sí hace y dice el Maestro, es algo de lo que sois testigos vosotros, queridos hermanos que hoy celebráis bodas de oro, plata y bronce: no se puede invitar a la reforma cuando no estamos reformados.

Una vida eminentemente eucarística. El sacerdote, siendo como es un enamorado de Cristo y éste crucificado, no puede dejar de ser un enamorado de la Eucaristía: celebrada, adorada, vivida y predicada. Nuestra vida, como fue la de San Juan de Ávila, siempre ha de ser profundamente eucarística.

Y, por supuesto, no quiero olvidarme de la piedad mariana del Maestro Ávila. Seguro que en eso coincidís con él, sobre todo, por la fuerza que ha tenido en vuestro ministerio la religiosidad popular, esa que tanto protagonismo tiene en la vida y en los sentimientos de nuestra gente andaluza. Si os parece muy fuente lo que dice San Juan de Ávila, no lo tengáis en cuenta; pero quiero que al menos lo escuchemos todos: “Más quisiera estar sin pellejo que sin devoción a María” (Sermón 63).

+ Amadeo Rodríguez Magro,
Obispo de Jaén

Compartir: