Homilía en la fiesta de la aparición de la Virgen de la Cabeza

Real Basílica Santuario Stma. Virgen de la Cabeza (11-08-2019)

Saludos.

El profeta Isaías nos decía en la primera lectura que el Señor nos llevará a su monte santo, y nos alegrará en su casa, que es casa de oración. En esta noche santa, nosotros, peregrinos y romeros de la vida, celebramos que esa palabra del profeta se cumple aquí y ahora, porque Dios, que quiso poner en medio de nosotros su santuario, a él nos ha traído, y nosotros nos alegramos en esta su casa, que es casa de oración, que es también la casa de María. Y en el colmo de su generosidad y benevolencia, el Señor nos ha ofrecido como madre nuestra a la que fue santuario y tabernáculo purísimo en el que él se encarnó: María Santísima de la Cabeza.

Celebrar la fiesta de la aparición de la Santísima Virgen de la Cabeza es hacer un ejercicio de memoria agradecida para volver atrás, casi ocho siglos, y rememorar aquel encuentro entre la Madre de Dios y el pastor de Colomera. Cuenta el historiador Salcedo Olid, que en aquella noche del 11 al 12 de agosto de 1227, la Santísima Virgen dirigió a Juan Alonso Rivas estas palabras: No temas, siervo de Dios, sino llégate a Andújar, y dirás cómo ha venido el tiempo en que la divina voluntad se execute, haciéndome en este sitio donde estoy un templo, en que se han de obrar portentos y maravillas en beneficio de las gentes.

Envueltas en la neblina de su mayor o menor historicidad, lo que sí encierra las palabras de la Virgen al pastor es un mensaje que sigue siendo de actualidad, también para nosotros, ocho siglos después. En primer lugar, la Virgen recuerda en sus palabras al pastor que su presencia en este cerro nace de la pura y gratuita iniciativa de Dios, que quiso ofrecer a los cristianos de esta tierra, tras los siglos de dominación musulmana, la presencia siempre reconfortante de su Madre. Ésa es, en palabras de la María, la divina voluntad. Por ello, en todo lo que tiene que ver con este lugar santo, en todos los actos en los que la sacralidad de este lugar se expresa es necesario discernir la presencia del misterio, obra de Dios en el tiempo, manifestación de su presencia eficaz, escondida en los signos de la historia.

En este cerro, Dios, a través de su Santísima Madre, interviene en nuestra historia y se hace presente de modo visible y palpable en Ella. Por medio de la Virgen de la Cabeza, Dios viene a nuestro encuentro. Tendríamos que preguntarnos cuál es nuestra respuesta. A poco que lo pensemos, coincidiremos que nuestra actitud no puede ser sino la del estupor, el asombro cuando descubrimos en este lugar la actuación de Dios en nuestra propia historia personal, en la historia de la comunidad cristiana de Jaén, que se enorgullece de tener por patrona a la Virgen de la Cabeza. Ella es la estrella que en la oscuridad de la noche de la historia guía nuestros pasos ciegos hacia el reino de su Hijo Jesucristo. Esta noche cobran nuevo vigor las palabras de San Bernardo: Mira la Estrella, invoca a María.

Miremos a la Estrella, miremos a María e invoquémosla. Ella es modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. María es el santuario vivo del Verbo de Dios, el arca de la Alianza nueva y eterna. Es iluminadora a este propósito la afirmación de S. Ambrosio: María era el templo de Dios, no el Dios del templo, y por ello debe ser adorado sólo aquel que actuaba en el templo. A través de su Madre, Dios nos llama a ser hombres y mujeres nuevos, llamados a vivir la fuerza renovadora de la Pascua, que gradualmente debe transformar nuestra vida a través de la acogida de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso a favor de los hermanos, sobre todo los más necesitados. Ésa es la voluntad de Dios, y si la cumplimos, como nos advertía Jesús en el evangelio, seremos realmente sus hermanos, y sus hermanas y su madre.

Que Dios, por medio de su Madre la Virgen de la Cabeza, haya querido venir a nuestro encuentro en este lugar santo nos hace comprender no sólo que esa iniciativa es consecuencia del amor que nos tiene. Nos debe hacer caer en la cuenta que ese amor debe ser acogido en nuestra vida con espíritu de penitencia y de acción de gracias. Espíritu de penitencia y conversión, para recentrar nuestra vida constantemente en Dios, el único absoluto de la existencia humana. Y espíritu de acción de gracias para agradecer la gratuidad del amor de Dios. Venimos al cerro para dar gracias, conscientes de que hemos sido amados por Dios, antes que fuésemos capaces de amarlo a Él. Y no olvidemos que la acción de gracias por excelencia es la Eucaristía. No seremos fieles devotos de la Virgen de la Cabeza si no somos como María Santísima, la creyente a la que San Juan Pablo II definió como mujer eucarística. Hombres y mujeres eucarísticos debemos ser, hombres y mujeres eucarísticos que como María en el Magníficat, demos gracias reconociendo las obras grandes que también el Todopoderoso realiza en nosotros, sus humildes siervos.

Quisiera recordar, al hilo de las palabras de la Santísima Virgen al pastor de Colomera, cómo la auténtica devoción a la Virgen de la Cabeza no puede prescindir nunca de un activo compartir con los más desfavorecidos y del compromiso a favor de los demás. Las palabras de la Virgen nos lo recuerdan: [en el santuario se] han de obrar portentos y maravillas en beneficio de las gentes. De ahí que la presencia de Dios se manifieste en curaciones, conversiones, liberación de esclavitud (santuario como meta de redimidos de la cautividad con sus exvotos, etc.).

Por eso, este lugar santo es una invitación para que nosotros imitemos con los demás lo que Dios y su Madre han hecho con nosotros. Por ello, la solidaridad que Dios ha tenido con nosotros, el amor que demuestra la Virgen por sus hijos, tiene que movernos a ser transmisores de esos bienes en provecho de los demás. De poco serviría reconocernos creyentes en el santuario si esa experiencia no nos empujase a la misión, al anuncio, al servicio, allí donde Dios se manifiesta como amor hacia sus hijos más débiles y pobres.

En la carta que hace justo hoy una semana el papa Francisco nos dirigió a todos los sacerdotes, el Santo Padre nos ofrecía unas consideraciones conclusivas sobre la Madre de Dios, que son válidas no sólo para los sacerdotes. Esas palabras sirven para todos los fieles. Escribe el Papa:

Cada vez que voy a un Santuario Mariano, me gusta “ganar tiempo” mirando y dejándome mirar por la Madre, pidiendo la confianza del niño, del pobre y del sencillo que sabe que ahí esta su Madre y es capaz de mendigar un lugar en su regazo. Y en ese estar mirándola, escuchar una vez más como el indio Juan Diego: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?».

Mirar a María es volver «a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes».

Si alguna vez, la mirada comienza a endurecerse, o sentimos que la fuerza seductora de la apatía o la desolación quiere arraigar y apoderarse del corazón; si el gusto por sentirnos parte viva e integrante del Pueblo de Dios comienza a incomodar y nos percibimos empujados hacia una actitud elitista… no tengamos miedo de contemplar a María y entonar su canto de alabanza.

Sí, hermanas y hermanos, devotos hijos todos de la Santísima Virgen de la Cabeza: ante la tentación, ante el cansancio, ante la acechanza del pecado, ante la insinuación de una mediocre vida cristiana, hagámosle caso a San Bernardo: miremos la Estrella, invoquemos a María Santísima de la Cabeza.

¡Amén!

Francisco Juan Martínez Rojas
Vicario General de la Diócesis de Jaén

Galería fotográfica: «Fiesta de la aparición de la Virgen de la Cabeza»

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