Homilía en la Eucaristía de despedida de mi ministerio como Obispo de Jaén

Santa Iglesia Catedral, 20 de noviembre de 2021

Queridos diocesanos:

Hace unos meses, concretamente el día tres de marzo, le dirigía al Papa Francisco una larga carta de renuncia en la que, entre otras cosas, le decía este párrafo que ahora os leo:

Ahora cumplo 75 años y no le oculto, Santidad, que el peso del ministerio me pide otro modo de servir, más interior y no tan en primera línea de acción, como me ha sucedido a lo largo de toda mi vida sacerdotal y episcopal. Quiero que sepa, Santo Padre, que estoy preparado para el relevo del obispo que el Espíritu Santo elija y Su Santidad disponga. Cuando ese momento llegue, este obispo, fiel hijo de la Iglesia y convencido colaborador del Papa Francisco, pasará con paz y respeto, silencio y disponibilidad, todo el tiempo que el Señor me mantenga con vida.”

Fiel a lo dicho, lo primero que deseo comunicaros es que lo que hoy está sucediendo pertenece a la normalidad de la sucesión apostólica. Despedirme de vosotros tiene para mí la normalidad humana y espiritual de quien acepta la voluntad de Dios y de la Iglesia. Le doy gracias al Señor porque me está concediendo vivir con paz, alegría y gratitud el final de mi ministerio episcopal, que me llega, ni más temprano ni más tarde, sino en la edad establecida por el Derecho Canónico.

También quiero compartir con vosotros que mi jubilación me vincula para siempre a la vida de esta Diócesis como Obispo emérito; no obstante, mi misión a partir de ahora consistirá en la oración y el afecto. El día a día de la guía pastoral lo llevará el joven obispo que el Santo Padre nos ha enviado: nuestro ya querido Don Sebastián.

La sucesión apostólica me exige, por los lazos humanos, espirituales y pastorales que se han creado entre nosotros, que hoy tenga que vivir este gesto de despedida del ejercicio ministerial a esta Iglesia querida del Santo Reino de Jaén, a la que he servido con tanto ahínco e ilusión y en la que me he sentido tan bien arropado por todos vosotros, laicos, consagrados, presbíteros y diáconos. Lo hago en una Eucaristía, en la que quiero compartir con vosotros ante el Señor mis más sinceros sentimientos, que resumo en tres palabras: GRACIAS, PERDÓN Y NOS VEMOS.

GRACIAS

Gracias, porque desde el primer día siempre me habéis hecho sentir como vuestro obispo. Nunca tuve que dudar de, si en lo que pensaba y hacia, iba por el buen camino; la acogida de mi línea ministerial ha sido tan sincera y tan cálida, que siempre me reafirmabais en que hacíamos lo que teníamos que hacer. No sé qué valoración tenéis vosotros de todo cuanto hemos hechos en estos cinco años, tan marcados por la experiencia de la pandemia, pero si me lo permitís yo, a pesar de mis deficiencias y debilidades, le doy gracias el Señor y os las dos doy con el corazón lleno de gratitud y afecto también a todos vosotros.

Recordaréis que en mi primera homilía quise hacer un diseño ideal de lo que debería de ser como vuestro Obispo. Os expuse lo que yo entendía que debía de ser el perfume del apóstol. El primer olor era el de la unidad: el obispo es principio y fundamento de la unidad en la Iglesia particular y está llamado a promoverla entre las personas, las instituciones y los programas con los que se teje la identidad de una diócesis con alma y rostro. Os dije entonces: Contad conmigo para cultivar una espiritualidad de comunión, siempre naturalmente en tensión misionera (cf PDV 12) en lo que pensemos, digamos o hagamos. Por eso, os decía también que el obispo siempre debería de utilizar la primera persona del plural. Era consciente de que el uso “del nosotros” del Obispo es teológico, al tiempo que también existencial e histórico.

Si lo he hecho, si he ejercido el ministerio sumando y uniendo, gracias Señor.  

Un segundo olor imprescindible en el Obispo es el del buen olor de Cristo. “Somos olor de Cristo ofrecido a Dios” (2 Cor 2,15). El obispo ha sido ungido por el Espíritu Santo con ese olor esencial; por tanto, está obligado a activar permanentemente el olfato en ese perfume situando su vida tras la meta de la santidad. Recuerdo que entonces os decía: Yo le pido al Señor que mi ministerio tenga su perfume; y con vosotros quiero crecer en un mayor seguimiento e identificación con Jesucristo.

Si lo he hecho y la santidad individual y comunitaria la crecido, gracias Señor.

Y traje un tercer olor en mi olfato pastoral; se trata del, a veces denostado, olor a oveja. Y os decía entonces: Para ser un obispo con este olor, me pongo ya desde hoy en la fila de los que abren su corazón al Buen Pastor y le dejan que cure sus heridas. Sólo dejándome sanar podré serviros con paciencia y misericordia. Rezad por mí para que mi ministerio episcopal tenga el olor de los hombres y mujeres de esta tierra, el de los andaluces de Jaén. Sólo así podré identificar mi mirada con la de Jesucristo, Santo Rostro misericordioso del Padre. Ese que, como un tesoro, veneramos en esta Santa Iglesia Catedral.

Si el perfume de lo humano, de lo social, de lo cívico se me ha pegado poco a poco entre vosotros, gracias Señor.

Hoy os confieso que siempre quise ser fiel a estos tres olores y espero haberos hecho llegar algo de ese perfume.  Siempre deseé y le pedí al Señor, en el día a día de nuestra intimidad en la oración, que mantuviera vivo en mí el olor que tenía que transmitir en cada una de mis acciones, decisiones, intenciones, sueños e ilusiones.

Gracias, Señor, por lo que ponías en mí y por lo que hacías llegar a través de mi humilde persona a tantos y tantas como habéis participado activamente conmigo en el mismo sueño misionero. ¡Habéis sido tan fieles al Señor y tan buenos conmigo! No sé cómo pagaros todo el bien que me habéis hecho.

PERDÓN

Yo sé, sin embargo, queridos hermanos y hermanas, que ese retrato ideal que yo he llevado con ilusión en mi corazón, no siempre ha sido nítido. Probablemente el Señor, vosotros y yo mismo lo hemos visto con sombras y con zonas opacas que impedían reflejar la sensibilidad del olor de ese perfume. Es probable que no haya sido capaz de crear la comunión buscada, ni la sinodalidad deseada hasta donde fura capaz de crear lazos de participación para una misión evangelizadora. Seguramente con mi palabra y mis gestos no supe proyectar el buen olor de Cristo, tan necesario para poder anunciarle. Y es posible que, por mis límites, no haya ofrecido el olor a oveja, aunque siempre haya querido ser para todos y haya preferido a los más débiles y humildes.

No obstante, por si os sirve para comprenderme, he de decir que no vine a Jaén a acabar nada; nuestras tareas sólo el Señor las acaba. “Ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer” (1 Cor 3,7). En mi caso, además, siempre fui consciente de que, por razones de tiempo, tenía que elegir, en cada paso que daba, lo que era más necesario e importante y decisivo para un camino de todos. Por eso hay proyectos no iniciados, cosas no acabadas, cuestiones abiertas y faltan muchos remates que dar a las reformas iniciadas, que tuvieron su luz y guía en nuestro Plan Diocesano de Pastoral, siempre trabajado en sinodalidad. Lo que sí os digo es que en todo momento, animados por el Espíritu, supimos hacia dónde íbamos en cada iniciativa que surgía. Nunca hicimos nada sin una motivación espiritual y pastoral sólida.

Por mis fallos, por mis límites, por mis carencias, pido perdón a Dios Nuestro Señor; y os pido también perdón a todos vosotros y vosotras de todo corazón. También quiero pedir perdón por mis decisiones, sobre todo cuando afectaban a personas, si no os complacían. Os puedo asegurar, en conciencia, que nunca hice nada para ofender a nadie y, si algo dejé de hacer y por eso alguno se da por ofendido, pensad que a veces el bien de la Iglesia, que el obispo tiene que administrar, me impedía hacer las cosas al gusto de cada uno. De cualquier modo, os digo que, si lo bien hecho ha sido de todos, los errores han sido sólo míos. Y termino este capítulo del perdón comunicándole de corazón a quien me haya podido ofender, que esté muy tranquilo, porque ya no queda nada en mí. Soy frágil y las ofensas gratuitas e injustas me duelen; pero también digo que nunca dejan la más mínima huella de rencor. Mi Creador y mis progenitores me hicieron con un corazón que borra ofensas de un día para otro.

NOS VEMOS (“CI VEDIAMO”)

“Nos vemos” es un saludo habitual entre italianos cuando se despiden tras un encuentro. Pues eso os digo yo: “Ci vediamo”. Nos veremos cada día en la Eucaristía que seguiré celebrado por todos vosotros, como siempre hice desde que inicié mi ministerio en Jaén. En cada Eucaristía habéis sido mi única intención. Nos veremos en la oración, en el afecto y en el recuerdo.

Nos veremos quizás en la calle, porque en mí se va a cumplir ese hermoso dicho “Al que Dios quiso bien, casa le dio en Jaén”. Siempre me habéis oído decir que el Santo Padre, al enviarme Jaén, me había hecho un hermoso regalo, el de venir a una Iglesia muy sólida en su fe y en su caridad y a una tierra en la que se practica la acogida como un modo de ser que define a sus gentes. Ese sentimiento lo tuve desde el primer momento. También supe al venir como vuestro obispo que, a no mucho tardar, porque vine en una edad tardía, me llegaría el día que hoy compartimos en esta despedida. Quizás sea por eso que incansablemente he querido estar presente en todos los rincones de la diócesis y he trabajado para esta Iglesia con un afán sin límites.

Sabía, por tanto, que sería el segundo obispo Emérito de Jaén y que eso me vinculaba ya para siempre a esta bendita tierra.  Pues bien, si me lo permitís, me quedaré viviendo entre vosotros como le corresponde a alguien que es de aquí, que quiere ser un jiennense y jaenero ya para siempre. Mi hermana y yo lo hacemos con mucho gusto, porque en nuestro día a día nos habéis tratado como uno más entre los vuestros. Con todo mi corazón os digo: os queremos y os agradecemos vuestro afecto. Me alegraré mucho cuando os vea y espero que también vosotros os alegréis cuando me veáis a mí. Por eso os digo: NOS VEMOS (“CI VEDIAMO”).

Que Santa María de la Cabeza, la Madre que nos cobija como Iglesia nos proteja siempre a vosotros y a mí.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo Administrador Apostólico  

 

 

 

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