Homilía del Obispo de Jaén en la ordenación sacerdotal de Antonio José Blanca Ortega

Querido Antonio:

Con lo que te acaba de decir el Evangelio, ya sabes dónde esta el corazón mismo de tu sacerdocio. No hay nada que explique y sitúe mejor lo que hoy te está sucediendo: que el amor de Cristo que te ha elegido, y solo él sabe por qué; a decir verdad, ni nosotros mismos lo sabemos. Lo que sí sabemos, y con esto basta, es que te ha llamado y elegido porque te ama y quiere enviarte a llevar su amor por los caminos de mundo, quiere que le muestres, como el Buen Pastor, que ama a sus ovejas. Con las preguntas a Pedro, también a ti, como hizo él, quiere encomendarte una misión: que vayas a los que son suyos, a los que Él ama: “apacienta MIS CORDEROS, apacienta MIS OVEJAS”. No hay nadie con más olor a oveja que Jesús.

 

Ser pastor como Jesús es la razón fundamental de nuestro sacerdocio. El sacerdote, en su amor de pastor, participa de su misma afectividad. Estamos llamados a ser pastores con el amor que cada día recibimos de Cristo Jesús. Por eso nuestro ministerio es un servicio de amor (amoris officium). Ese amor de Cristo por su grey se te ha ido grabando, con letras de oro y fuego, a lo largo de tu formación en el seminario; así has conocido que la Caridad Pastoral es esencial en nuestra estructura espiritual y eclesial. Entre todo lo que has tenido que madurar en tu formación, (en la oración, la vida eucarística y sacramental, la convivencia fraterna, el acompañamiento espiritual y el estudio intenso y responsable…) seguramente lo esencial para ti, durante este largo tiempo, ha sido mantener viva esta pegunta personal e íntima de Jesucristo: “¿Me amas?”. Con los hermanos sacerdotes, que hoy te impondrán las manos conmigo, te digo ya desde hoy que en el complejo, amplio y a veces complicado ejercicio del ministerio, has de vivir esa pregunta de amor con toda intensidad. Lo harás, sobre todo, cuando te sientas pequeño, cansado o confuso. Renueva cada día tu respuesta; que será tu jaculatoria diaria: “Señor, Tú conoces todo, Tú sabes que te quiero”. Tú conoces mis luchas, mis debilidades, mis miedos y mis fracasos, hasta conoces mis presunciones; Tú todo lo sabes, hasta mis éxitos, mis consuelos y mis esfuerzos. En todo vivo de tu amor íntimo, personal y confiado.

 

En el Seminario has aprendido a verte en el corazón amoroso de Cristo; continúa siempre mirándote en él y no te valores por otra cosa que no sea por lo que Jesús ha hecho contigo y sabe de ti: no busques conocerte a ti mismo en otras fuentes que no sean el corazón mismo de Cristo. Solo en Él encontrarás la verdad permanente de tu vida. Por eso, no dejes de repetirle, mirándole a los ojos o con la cabeza baja, según te permita mirar tu fidelidad, mayor o menor: “Señor, tú sabes que te quiero”. Sea como sea tu situación, deja que fluya con humildad y sinceridad tu respuesta a la pregunta de amor que te hará Jesús constantemente.

 

Para que se mantenga la pasión de tu caridad pastoral, confía siempre en el Espíritu Santo. Él mantiene vivo tu amor pastoral y contigo sostiene el amor y el compromiso misionero de la porción de pueblo de Dios que te ha sido confiada. Vivir el ministerio sacerdotal en una Iglesia sinodal y misionera, supone confiar en que el Espíritu sostiene y enriquece el sensus fidei del pueblo de Dios y el sensus fidei de los pastores, ambos unidos en el caminar de la Iglesia. El Espíritu Santo estará permanentemente sobre ti y será el animador de un ministerio que asuma y tenga siempre el tono de novedad y valentía creativa que sólo es Él puede dar. El Espíritu siempre nos lleva por los amores preferentes de Cristo.

 

El profeta Isaías, que hoy se ha escuchado en esta asamblea Eucarística, en medio de la cual se celebra tu ordenación sacerdotal, te ha ofrecido la misma Palabra, con los mismos deseos, que un día leyó y asumió Jesús en la sinagoga de Nazaret. Escúchala, Antonio, y rézala con asiduidad. No olvides que Jesús se la aplicó a sí mismo, bajo el amor del Espíritu, que también estará sobre ti. Di tú, entonces: hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Dilo para ti y para todos los que estamos aquí reunidos contigo. Haz de este texto una convicción de tu vida sacerdotal.

 

Dedícate como Jesús a identificar y cuidar a aquellos a los que él te envía en tu Iglesia. Muchos estarán perdidos, huidos, o desolados; descubre siempre a los que sufren y muéstrate interesado en todo el sufrimiento que percibas en tus hermanos. Conviértete, con la comunidad a la que sirves, en consolador del dolor y el sufrimiento humano. Sé siempre sensible a los corazones desgarrados, y no juzgues por apariencias ni por tópicos; no olvides que los desastres que se instalan en el corazón son terribles y muy destructivos. Cuando mires a tu hermano herido ten siempre en cuenta que no hay nada más de Dios que el perdón, la misericordia y la salvación. Por eso, un cristiano nunca debe de banalizar términos como misericordia y perdón. Eso, porque es de Dios, pertenece a nuestra mirada pastoral que siempre ha de ser redentora en Cristo.

 

Trabaja, en definitiva, por el Reino. No olvides que tu oficio, aunque tenga actividades imprescindibles de culto, espiritualidad, evangelización, de formación, de servicio de la caridad, etc.  Si no tiene el fin mismo de la Iglesia, solo será un hacer por hacer. Todo en tu ministerio está al servicio del Reino de Dios. Somos Iglesia del Señor para llevar unidos el Reino a este mundo. Por eso, aprende y practica con tus comunidades nuevas formas de convivencia humana, formas de fraternidad universal. Comparte y transmite la ilusión de una transformación social que haga este mundo digno de Dios y de la vida de los seres humanos.

 

Y hazlo todo, Antonio, en la Iglesia del Señor. No olvides que el camino para nosotros es el de la sinodalidad de la Iglesia, que es su esencia y su modo de ser; pero una sinodalidad que sea profecía para el mundo de hoy. Recuérdalo siempre, tú estás en ella, no sobre ella ni fuera; es tu Iglesia, y nosotros actuamos en su nombre, en su corazón, en su estilo, aunque a veces haya cosas que no nos gusten, porque no las hacemos bien e incluso las hacemos muy mal. Le dice Pablo a los de Mileto: “Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar como pastores de la Iglesia de Dios, que Él adquirió con su propia sangre”. Procura situar muy bien la Iglesia en tu corazón y en tu ministerio. No eres un funcionario ni un asalariado, ni una pieza en una empresa; eres un miembro situado, espiritual y sacramentalmente, en el Cuerpo de Cristo. En una Iglesia sinodal eres un hermano con una misión y un servicio. No obstante, te advierto con Jesús y también como él se lo suplicó al Padre, que estás en este mundo. Por eso, repito para ti estas palabras de Jesús al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn 17,6-17). Jesús nos invita a vivir en el mundo sin ser del mundo, quiere que vivamos una sana secularidad y que huyamos del secularismo. No olvides que este mundo seduce al hombre y oculta a Dios; que la mundanidad es muy sutil en su seducción. A veces nos atrapa incluso con una mundanidad espiritual, como nos recuerda el Papa Francisco; cuando nos buscamos a nosotros mismos y suplantamos a Cristo en nuestra vida y nuestra misión.

 

Vive a fondo la vida de la Iglesia y procura estar muy atento a lo que el Espíritu va indicando en cada momento, en tu Iglesia diocesana y en el Magisterio de la Iglesia, del Papa y los obispos. Para eso es necesario que vivas una espiritualidad de comunión. Recuerda siempre que el presbítero es un ser relacional: vive unido a tu obispo por el vínculo de cooperación ministerial, que a partir de hoy y para siempre se establece; vive unido al presbiterio al que te insertas con fraternidad sacerdotal, que es mucho más que complicidad e incluso que afectividad y simpatías de unos por otros. Ser presbítero es ser miembro de una unidad de servicio. Siéntete siempre en el empeño de un trabajo en comunión en la comunidad que tengas confiada a tu tutela de pastor.

 

Afánate en construir la unidad. Hazlo, sobre todo, desde la Eucaristía, raíz en la que se injerta la comunión y de la que fluye la unidad. En la celebración eucarística confluyen el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, al que hoy te incorporas. En definitiva, súmate con entusiasmo a una Iglesia que camina en sinodalidad. Estrenarás sacerdocio y ministerio en un año en el que el sínodo universal va a afianzar para todo el pueblo santo de Dios la sinodalidad. En todas las latitudes de la vida eclesial se va a recoger la participación corresponsable de los fieles laicos, con una amplia consulta a creyentes y no creyentes. Esto supone que renace en la Iglesia un nuevo modo de ser y de peregrinar en comunión.

 

Por nuestra parte, en nuestra Iglesia diocesana, llevamos ya cinco años caminando todos unidos. Es verdad que esa dinámica ha encontrado resistencias; por eso, a lo largo de este año queremos hacer juntos un examen de conciencia (una evaluación) de cómo ha sido nuestro caminar:  queremos ver lo que hemos dejado por hacer al servicio de una Iglesia en salida. Este año será, para todos nosotros, una oportunidad: súmate a ella, e invito a todos los sacerdotes a que se sumen también. Los laicos lo harán, si los pastores les damos ejemplo; pero también los pastores hemos de sumarnos a los deseos de los laicos. Abramos nuestro corazón y nuestros ojos a los pasos que juntos vamos a dar para que el sueño misionero de llegar a todos llegue a cuantos mas mejor. Si lo hacemos bien, saldrá ganando la Iglesia del Señor, y el Espíritu Santo se saldrá con la suya sin resistencias por nuestra parte. El Espíritu, si le dejamos, siempre abre caminos para la fe, la esperanza y el amor. Que tu juventud ministerial, sea un estímulo para todos nosotros.

 

Con especial afecto, te encomendamos a la Santísima Virgen, Madre y Pastora de la Iglesia, Estrella de la evangelización. Encomiéndate a ella, ya sabes que María siempre nos lleva por la ruta por la que va su Hijo Jesucristo. Amén.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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