Homilía del Obispo de Jaén en la la Peregrinación al Santuario de la Virgen de la Cabeza 2018

“María, el mejor sarmiento de Cristo”

Atraídos por la “morenita y pequeñita”

  1. ¿Acierto si digo que la inmensa mayoría de los repartidos por estos campos, en torno al Santuario, estamos aquí porque hemos sido atraídos por la Morenita y Pequeñita que vive en este Cabezo de Sierra Morena? Lo que cada uno tiene en su corazón es un secreto a voces, misterioso y profundo, que todos compartimos: el cariño y la devoción a la Santísima Virgen de la Cabeza es el vínculo que nos une a cuantos hoy celebramos esta fiesta de la Madre. Y ese vínculo con María tiene su raíz en la fe en Jesucristo su Hijo y Señor nuestro.

La Virgen pone amor de madre en nuestra vida

  1. Los que amamos a la Virgen llevamos una preciosa huella en el corazón, que se enriquece cada día en el encuentro con la persona misma de Jesucristo y con el tono vital de la gracia que pone en nosotros nuestro Padre Dios. La fe se fortalece en un aprendizaje continuo, en la Iglesia, de cómo ser y vivir en Cristo; en Él, la Virgen María camina a nuestro lado y nos estimula a dar pasos en el crecimiento de nuestra vida cristiana. La Virgen es la Madre que acompaña a los más pequeños en el despertar de su fe; la que ensancha nuestro corazón y nuestra inteligencia para el conocimiento de Cristo; la que propone una vida digna, con futuro y con sentido, a nuestros jóvenes; la que nos apoya al elegir los caminos por los que Dios nos llama; la que nos sugiere los valores más limpios y auténticos, cuando en la madurez aprendemos a ver la vida como un servicio; la que nos propone hacer de la ancianidad una lección de esperanza.

Un proyecto de vida desde el amor de Dios

  1. Desde este Santuario, en este día de fiesta mariana, la Madre nos ofrece a todos un proyecto de vida que, sin separarnos de lo que es sano, alegre, justo, fraterno, festivo y bello, mejora y eleva todas las condiciones de la existencia humana, tanto en lo personal como en lo social. Nos recuerda nuestra Madre, la Virgen María, que ese plan se asienta en el amor de Dios, que quiere el bien de todos, y que no ha enviado a su Hijo Jesús al mundo para otra cosa que no sea para mostrarnos el camino de la felicidad, ese que en Él es inagotable y eterno.

Somos sarmientos de la vid, que es Cristo

  1. Hoy, en la Palabra de Dios que hemos escuchado en el Evangelio, se nos ha puesto en la pista de lo que hemos de hacer para que nuestra vida sea plenamente feliz y útil. La Parábola de “la vid y los sarmientos” que nos ha contado el Evangelio de San Juan, nos marca la ruta a seguir y, sobre todo, nos indica los lazos que hemos de fortalecer en nuestra vida cristiana: el primero con Dios Padre, que es el labrador; después con Jesucristo, que es la Vid verdadera, por la que nos llega el amor y la gracia del Padre; y también con el Espíritu Santo, que unifica nuestra vida y la orienta en la búsqueda de su vocación. Y todo sucede en la Iglesia, que es como una gran viña en la que se une lo divino y lo humano y se convierte en simiente de un Reino, el de Dios, que es para la mejora del mundo, y que no se entiende sin justicia, sin verdad, sin paz y sin amor solidario.

En el proyecto de la santidad

  1. El Padre Dios plantó en la tierra la Vid verdadera y le dio, como a toda planta, misión y medios para hacer crecer el bien, la verdad, la belleza y la felicidad en los sarmientos; porque la vid ha de ser fecunda y dar frutos en los sarmientos, a los que el labrador cuida con mimo. Por eso, a todos se nos propone desde el Bautismo el ser santos, como nuestro Padre Dios lo es. La santidad es un proyecto de vida del que no se excluye a nadie; sólo se nos pone como condición imprescindible: el “permanecer en Cristo”, porque el sarmiento está siempre unido a la Vid. El cristiano es ante todo dilatación y participación en la misma corriente vital de Dios, porque los pasos en la vida de un cristiano son interiorización del pensar de Dios, del sentir de Dios, del ser de Dios. Y como el designio del Padre es Cristo y nosotros en Él, nuestra aspiración es llegar a poder decir: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

La santidad de los sencillos

  1. Ninguno de nosotros hemos de sentirnos excluidos de esta llamada a la santidad: todos estamos invitados a ser, en la persona de Cristo, “santos e irreprochables ante Él por el amor” (cf Ef 3,4). Esta es, en realidad, la voluntad de Dios: “nuestra santificación” (cf 1 Ts 4,3). Sin embargo, si nos miramos los unos a los otros, seguramente, al vernos tan normales, y con debilidades y pobrezas, nos costará creer que en nuestra vida y en la de tanta gente que nos rodea, se pueda estar produciendo santidad. Pues sí, hermanos, hay mucha santidad a nuestro alrededor, hay muchos santos de “la puerta de al lado”, como dice el Papa Francisco. Es la santidad de los sencillos la que hoy está aquí en el Cabezo junto a la Virgen. Esa, la de la fe en Jesucristo sencilla y mariana, sacrificada, trabajadora y solidaria, que hoy tiene que fecundarse y crecer en nuestra Iglesia diocesana de Jaén, al amparo de nuestra Madre y Patrona la Virgen de la Cabeza. Os recuerdo que ser santos consiste en ir reflejando cada día, en nuestros pensamientos, criterios y acciones, algo de la vida de Jesucristo. Por tanto, os animo a seguir en el empeño de no bajar los brazos en el intento de vivir en fidelidad el Evangelio.

 

Santos perseguidos por su fe

  1. Además de esa santidad de la vida ordinaria, hoy hay también mucha santidad heroica. Me refiero, de un modo especial, a la santidad de los mártires, a la de los perseguidos por creer en Jesucristo. Por desgracia, la santidad de los perseguidos por causa de su fe está, de una manera cruenta e incruenta, más extendida que nunca. Por eso hoy, por recomendación del Papa Francisco a la Orden Trinitaria, la Virgen de la Cabeza va a lucir en sus andas un lazo rojo, que significa llamada e invitación a la oración y quiere promover en todos nosotros la sensibilización en favor de los que sufren persecución o muerte por su fidelidad a Cristo en tantas partes del mundo.

Todos somos el fruto de Dios

  1. La santidad es, por tanto, el mejor fruto que se espera de nosotros, sobre todo cuando “la santidad es la caridad plenamente vivida” (G et E, 21). Los frutos que hemos de dar los sarmientos son las responsabilidades que Dios nos confía. De hecho, sin nosotros, Dios no trae fruto a la tierra. Todos los hombres somos gloria de Dios, el fruto de Dios, la fecundidad de Dios. Cada uno, en el tramo de historia que nos toque vivir, hemos de dar los frutos que se necesiten, pero en racimo. El santo es siempre creador de un mundo nuevo, del mundo que Dios sueña para los hombres como su Reino. Por eso, todos hemos de pensar cuáles son los frutos que se esperan de cada uno, los que espera Dios, que, por cierto, siempre serán los que necesite nuestro ancho y diverso mundo; porque la causa del hombre es siempre la causa de Dios.

Dios espera de nosotros pequeñas y sencillas porciones de bien, esas que solemos echar en ese tesoro común, que es nuestra sociedad y también nuestra naturaleza. Cada porción de bien, verdad o belleza serán como la moneda de la viuda en el templo o el vaso de agua dado por el nombre de Cristo. Lo que cada uno haga será una gota en el océano de la vida, que lo hará mejor, más limpio, más habitable y, sobre todo, más del ser humano y, por tanto, más de Dios. Pero no olvidemos nunca que lo que un cristiano haga tendrá siempre su valor y su eficacia si lo hacemos en Cristo. “El que permanece en mi y yo en él ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 1-8).

En la santidad ejemplar de la Virgen

  1. La Virgen de la Cabeza está en la misma honda de santidad que nosotros. En María, se ha encarnado la santidad ejemplar que todos hemos de imitar. Como acaba de decir el Papa Francisco, en la Exhortación apostólica Gaudete et exultate: “María es la que se estremece de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con Ella nos consuela, nos libera y nos Santifica” (G et E, 174)

Por eso la vocación de María ha sido acompañar siempre las ilusiones, las esperanzas, las fatigas y las penas de sus hijos, y mostrarse para ellos modelo de su santificación e intercesora de sus dolores y miserias. El papel de la Virgen es el de estimular todo cuanto hay escondido en el corazón de los santos; pero también el de interceder ante de Dios por cuánto hay de pecado personal o social en ese mundo, que la Madre mira con un profundo amor y con ojos salvadores, para llevarnos a su Hijo Jesús, el Redentor.

Conversando con la Virgen de la Cabeza

  1. Cuanto de bien, de alegría, de esperanza o de amor, pero también cuanto haya de pecado, de fracaso, de tristeza, de vacío, de dolor en nuestro corazón, hemos de ponerlo ante el paso bendito de la Madre entre la multitud que, con tanto fervor, pone su vida y la de sus seres queridos en sus manos. En los gritos que enseguida escucharemos, dirigidos a la Madre, que son rezos llenos de fervor, unos ofrecen, otros agradecen, otros suplican, otros prometen y otros incluso lloran, porque no saben qué hacer para salir de la situación en la que se encuentran. A pesar del tumulto que legítimamente formamos en torno a la Virgen de la Cabeza, ella escuchará las alegrías y esperanzas de todos y, por supuesto, el llanto de los débiles: de los que quisieran nacer y no les dejan; de los que tienen derecho a su dignidad y no se les reconoce; de los que aspiran a un trabajo digno y decente y no lo encuentran; de los que sufren en su dolor y en su enfermedad y buscan alivio y fortaleza; de todos los que aspiran a encontrar justicia y solidaridad y sólo siguen encontrando exclusión y descarte.

No lo dudéis; la Virgen de la Cabeza es el mejor sarmiento de Cristo, Ella es la Madre de la Iglesia, Ella es nuestro modelo y es nuestra intercesora. Abramos nuestro corazón al suyo y pidámosle que nos haga sarmientos de Cristo que den frutos de vida y santidad.

Por eso yo, como Pastor y Obispo de la Diócesis empiezo pidiéndole: Virgen de la Cabeza, enséñanos el camino de la santidad para mejorar el mundo; Virgen de la Cabeza haz de nosotros un pueblo de discípulos misioneros que sueñe con llevar a Jesucristo a todos; Virgen de la Cabeza, ruega por nosotros

 

Santuario de la Virgen de la Cabeza, 29 de abril, de 2018

 

+ Amadeo Rodríguez Magro,
Obispo de Jaén

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