Homilía del Domingo I del Tiempo Ordinario: Bautismo del Señor – Ciclo A (9 de enero de 2011)

Bautismo del Señor     Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él
     Pasado el tiempo de Navidad, iniciamos con este domingo el Tiempo Ordinario. La Iglesia lo inaugura con la «fiesta del Bautismo del Señor». La razón se desprende de lo que S. Pedro proclamó, al querer resumir la misión realizada por Jesús. Lo escuchamos hoy en la segunda Lectura: «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Sí, Jesús vino para liberar, como rey mesiánico, a los subyugados por el mal. Y el bautismo marcó el momento en que fue investido, con la potencia del Espíritu de Dios, para poder realizarlo. También nosotros fuimos bautizados e integrados en la Iglesia, como hijos de Dios. Y después recibimos también ese mismo Espíritu en la confirmación para poder secundar su misión en la Iglesia de Dios. Este domingo inicia, pues, ese tiempo fuerte en el que compenetrarnos cada vez más, de domingo en domingo, con el que «pasó haciendo el bien y liberando de toda opresión», que es también la misión confiada por Jesús a sus discípulos.
     Como nos narra hoy el Evangelio, cuando llegó el momento de dar comienzo al encargo de su Padre Dios, «marchó Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara». La reacción del Bautista es de estupor. Él, que lo reconoce como el Mesías que viene a salvar, no lo podía entender. Por eso, «intentaba disuadirlo, diciéndole: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”». Jesús le cortó en seco: «Déjate ahora de eso, porque es así como debemos cumplir lo que quiere Dios». Es verdad que en Jesús no hay pecado alguno que limpiar. Pero Jesús tenía muy claro que no había venido para condenar, sino para salvar a los oprimidos por el pecado. Él había asumido una humanidad en la condición mortal dejada por Adán. Se siente así parte de una humanidad pecadora que, anhelando la salvación, acude a recibir el bautismo como signo de conversión. Con su ejemplo de humildad, Jesús quiere mostrar públicamente su solidaridad con los pecadores que desean la redención, para conducirlos hacia su Padre Dios. Con su respuesta a Juan, quiere hacerle entender que esa es también la forma como Dios desea que se realice. Estaba predicho así del Siervo de Yahveh anunciado por Isaías, tal como hoy escuchamos en la primera Lectura: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas». No, la amenaza y la condena no será el estilo de Jesús. Más bien ha venido a manifestar la entrañable misericordia de un Padre, que desea la vuelta de los hijos que el pecado dispersó; más bien ha venido a reavivar la ilusión de los que, sabiéndose lejos de Dios, se creían rechazados por él; más bien ha venido a mostrar un amor de Dios, capaz de despegar de toda otra seducción y de liberar de todo sometimiento inevitable al pecado y a la muerte.
     Al ser sumergido voluntariamente en el Jordán, Jesús asume el destino de muerte que conlleva su solidaridad con los pecadores. Sí, fue esa sintonía con la misericordia del Padre la que le acarreó, en definitiva, la condena y la cruz. Pero también fue así como pudo mostrar, fuera ya de toda duda, la «locura» del amor de Dios; fue así como permitió que el Espíritu de Dios realizara, al resucitarlo, su mejor proeza; fue así como «pasó» de Siervo a Señor, para ser la fuente de ese mismo Espíritu que hoy lo unge y del que desde ahora está lleno para llevar a cabo su misión de reconciliarnos con Dios. Es lo que hoy canta el Salmo. Y, por eso, es justo a partir de hoy como lo podemos ya seguir de domingo en domingo, sabiendo que es el «Hijo amado y predilecto» que nos llevará, con toda seguridad, hasta la casa del Padre. Es allí donde recobraremos toda esa dignidad de hijos de Dios, a la que ya nacimos por el bautismo y alimentamos para su crecimiento en la Eucaristía de cada domingo.
    Manuel Carmona García, Delegado Episcopal de Liturgia
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