Homilía de la Misa del Jubileo de los Sacerdotes: “El dolor y el gozo del apóstol en su tensión misionera”

Hermanos sacerdotes:

Le doy gracias a Dios Nuestro Señor porque el primer encuentro con vosotros tenga lugar en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Como sabéis, San Juan Pablo II quiso que tuviera, como intención para toda la Iglesia, rezar por la santificación de los sacerdotes. En este día sacerdotal vosotros y yo hacemos la experiencia del Jubileo de la Misericordia. Seguramente ya lo hemos hecho en diversas ocasiones acompañando a los fieles de nuestras parroquias y arciprestazgos, pero hoy cada uno de nosotros y juntos, como presbiterio diocesano, hemos entrado por la Puerta Santa de la Iglesia Catedral, para encontrarnos con el Rostro de la Misericordia del Padre, plasmado en el corazón entrañable de su Hijo Jesucristo, un corazón traspasado, un corazón que es reflejo de su amor. El amor misericordioso del Padre está escrito, como sabemos, en las llagas de Jesucristo Resucitado.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos dice, por boca del mismo Jesús, que el suyo es un corazón de Pastor. Con la parábola de la oveja perdida, nos invita a contemplar la locura del amor de Dios, que en verdad es un amor loco y, según nos lo presenta Jesús, un amor aparentemente poco razonable. Quizás lo que acabo de afirmar, en el fondo os pueda parecer atrevido; pero es muy cierto que las actitudes de Dios chocan tanto con los criterios que nosotros manejamos que, a veces, quizás, pueden llegar a parecernos de poco buen juicio. Y Dios lo sabe, por eso nos recuerda, para que no nos llamemos a engaño: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, mis caminos no son mis caminos (Is 55,8-9). Esta posible falta de sintonía, por nuestra parte, con lo que Dios piensa nos ha de llevar a asumir sus criterios, pues sólo así nuestro corazón sentirá como el suyo.

Para esta sintonía de nuestro corazón con el de Cristo, nos vendrá muy bien lo que nos dice el Maestro Ávila, que siempre será referente para la renovación espiritual de los sacerdotes gienneses: Ábrele el corazón, y abrirásle el tesoro con que más se huelga. Ya abrió Dios sus entrañas y su corazón. Por aquel agujero del costado puedes ver su corazón y el amor que tiene. Ábrele el tuyo. Sobre todo, metámonos, y no para luego salir, más para morar, en las llagas de Cristo, y principalmente en su costado, que allí en su corazón, partido para nos, cabrá el nuestro y se calentará con la grandeza del amor suyo.

Para mostrarnos la radical grandeza de su amor, Jesús nos propone el ejemplo de un amor casi increíble: el de un pastor que tiene cien ovejas y abandona en el campo las noventa y nueve, para irse a buscar a una que se le ha perdido. Jesús no tiene ninguna duda de que esa es la lógica de Dios, por eso dice: “si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla”.

La pérdida de una sola oveja provoca en él un sentido tal de privación, que le lleva irremediablemente a buscarla allá donde esté. El pastor no puede resignarse al hecho de que una sola persona pueda perderse. Y también la alegría de encontrarla le lleva a olvidarse de otros motivos de gozo y centra su corazón en la alegría de encontrar, de salvar. Así han de ser, nos dice Jesús, el dolor y el gozo del apóstol en su tensión misionera. Y, para eso, nos propone que buscar y encontrar sean nuestras motivaciones más intensas.

Las actitudes y sentimientos de Jesús, que a nosotros, insisto, nos pueden parecer criticables, son las que caracterizan el amor del cielo y las que han de caracterizar el amor de una Iglesia en misión. Por eso también nuestro corazón sacerdotal ha de tener esta lógica tan poco común, tan poco al uso del ambiente en el que nos movemos. Nuestro corazón se ha de parecer al de Dios misericordioso, que se mueve con un amor que no hace cálculos, ni razonamientos, sino que siempre esta disponible para buscar y encontrar incluso a quien pudiera parecer que no se lo merece. Nuestro corazón, en definitiva, ha de ser como el de Jesucristo, que está perfectamente unido al de su Padre en la locura de su amor misericordioso: el corazón de Cristo no calcula, no razona, sino que sigue adelante en su empeño de salvación a pesar de las críticas de las gentes razonables.

Estoy convencido de que nuestro corazón sacerdotal lo comprende muy bien; pero también sé que hemos de situarlo permanentemente en el corazón de Cristo; porque en lo que yo he podido comprobar, a veces en mí mismo, pero también en algunos ambientes sacerdotales y cristianos en general, no siempre nos adaptamos bien a los criterios de Dios.

En este año jubilar haríamos muy bien en dejarnos sanar por la misericordia divina y en renovarnos en la humilde fortaleza de aprender a vivir de la misericordia. Como decía hace unos días el Papa Francisco: Estamos todos avisados: la misericordia hacia los pecadores es el estilo con el cual actúa Dios y a esta misericordia Él es absolutamente fiel: nada ni nadie podrá alejarlo de su voluntad de salvación. Dios no conoce nuestra actual cultura del descarte, en Dios esto no cabe. Dios no descarta a ninguna persona; Dios ama a todos, busca a todos¡Todos! Uno por uno. Él no conoce esta palabra descartar a la gente”, porque es todo amor y toda misericordia. (Catequesis en la Audiencia General del 4 de mayo de 2016). 

En Misericordiae Vultus nos ha recordado que la misericordia ha de ser el criterio para saber cómo somos realmente los hijos de Dios reunidos por Cristo en la Iglesia. Y yo os digo: la misericordia ha de ser el criterio para saber cómo es la temperatura espiritual y pastoral de nuestro corazón sacerdotal. Este ha de ser nuestro empeño: convencernos de que como ama el Padre así aman los hijos. Como Él es misericordioso así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros (MV 9). El amor es la clave de nuestra credibilidad como Iglesia, como cristianos en la Iglesia, como pastores de la Iglesia, como Iglesia servidora de los hombres. “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”.

 

No nos olvidemos de que hemos de situar la misericordia en el corazón del mundo en el que vivimos y al que servimos. Un mundo que está, además, muy necesitado de ella. Como recordaba San Juan Pablo II: La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia(Dives in misericordia, n.2). De ahí que la Iglesia ha de ser como la mano que tiene abierta la puerta de la misericordia y la salvación. No nos podemos olvidar de que hay toda una humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino (Francisco, Carta apostólica a todos los consagrados con motivo del año de la Vida Consagrada).

Por eso hay quien dice que un seguimiento enamorado de Cristo no consiste sólo en admirarlo, sino también en acompañarlo en el abandono que hace en manos del Padre por nosotros y en seguirle hasta donde el va a salvar a la gente. La presencia en nosotros y en medio de nosotros de Jesucristo ha de marcar necesariamente la orientación de nuestro ministerio. No nos olvidemos nunca de que sólo viviendo en intimidad con él, según su corazón, la misericordia se instalará en nuestro servicio pastoral. Para esto sea así, es necesario que cada día le dejemos hacer a Cristo el diseño de la misión que tenemos encomendada; hemos de dejar que sea Jesucristo mismo quien nos vaya marcando el terreno en el que tenemos que entrar para un ministerio misericordioso.

Jesucristo, como sabéis muy bien, nos lleva a evangelizar a los pobres, sin excluir ninguna pobreza. Eso significa que hemos de adentrarnos en todos los terrenos en los que Jesús entraría y, además, con sus mismas preferencias. Jesús nos sitúa ante todos los necesitados de misericordia, ante todos los que esperan en su cuerpo o en su espíritu el amor de su corazón reflejado en la vida de la Iglesia.

Como sabéis muy bien, para sentir y actuar con misericordia no es necesario que seamos depositarios de un carisma que sobresalga. Lo que sí hace falta es que en el ejercicio del ministerio no dejemos atrás ninguna de las posibilidades que tenemos para que todo lo que hagamos sea misericordioso. Siempre hemos de intentar que la misericordia suene con fuerza en la Palabra que anunciamos; que se refleje en los misterios que celebramos, y en especial que se muestre en la Eucaristía y la Penitencia; que se fortalezca en el tiempo que dedicamos a los demás, porque nuestro tiempo es suyo; que se enriquezca en el clima comunitario que cultivamos; y que se plasme en el servicio que, personalmente o en comunidad, ofrecemos a los más débiles y desamparados.

Por ahí va también la causa y la fuente de nuestros estímulos sacerdotales: por acercar la mirada de nuestro corazón a la de Cristo. En nuestros tiempos crecen las dificultades pastorales, porque cada vez es más compleja la situación del rebaño. El horizonte de los indiferentes, de los alejados, e incluso en ocasiones, de los hostiles se amplía cada vez más. Eso evidentemente es fuente de sufrimiento y de desencanto. Pero la solución no está en buscar refugios que nos aíslen de lo que nos preocupa y nos asusta. Estos retos nos han de indicar en quién hemos de centrar nuestra caridad pastoral: en aquellos a los que hemos de proponer la buena noticia de la salvación.

Por ahí ha de ir nuestra santificación: no en huir hacia la autorreferencialidad y la búsqueda de espacios de autonomía, como si las tareas fueran un mero apéndice de la vida o un “veneno peligroso”. Al contrario, lo que santifica, encanta y sana es una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos convierte en sacerdotes plenos y fecundos (cf. 81).

Termino recordando que nadie entró en la lógica misericordiosa de Dios como la Virgen. Por eso, ni en nuestro corazón sacerdotal ni en el corazón de aquellos a los que servimos deberá estar ausente María. En ella se hace materno el rostro y los ojos misericordiosos de nuestro Padre Dios.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Jaén

 

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