Homilía de la Misa Crismal: “Cómo vivir en la esperanza”

Hermanos sacerdotes:

Nos reunimos en esta mañana de Martes Santo en la Santa Iglesia Catedral, para una celebración que es un fiel reflejo de la identidad del Pueblo de Dios. La Misa Crismal recibe su nombre del aceite consagrado y bendecido que configura a la Iglesia en la diversidad de sus responsabilidades y ministerios: consagra al Obispo, a los presbíteros, y lo hace con cada uno de los hijos e hijas de Dios en el Bautismo y la Confirmación, y a todos nos fortalece con el óleo  de los Enfermos.

Quiere, además, la Iglesia que esta celebración tenga carácter eucarístico y sacerdotal y que se ponga en ella de relieve la íntima relación entre Eucaristía y sacerdocio: “La forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística”[1].

  1. Fraternidad sacerdotal, para que el mundo crea

Esta es una de esas ocasiones emblemáticas en las que el presbiterio diocesano se muestra en su unidad espiritual eucarística. Presididos por el Obispo y reunidos todos los presbíteros, nos presentamos en comunión ante Dios y ante el Pueblo cristianos, al que servimos. En la Misa Crismal gozamos de esa nueva y mística relación con Dios y de esa también “nueva” relación entre nosotros, que se deriva del amor trinitario. Hoy mostramos la sacramentalidad de la Iglesia, enviada a evangelizar al mundo como “sacramento de unidad”[2]. Por nuestra parte, tomamos conciencia, una vez más, de que somos presbíteros en comunión fraterna y de que eso ha de traducirse en una verdadera “affectio collegialis”, que, como sabéis muy bien, es algo más que llevarnos bien, es un proyecto de vida en torno a Cristo, que nos hace condiscípulos[3], para provecho de la misión que se nos encomienda y de aquellos a los que se nos envía. La fraternidad hace que nuestra vida sacerdotal sea fecunda, “que todos sean uno, para que el mundo crea”[4]

 

  1. Unidos en la riqueza de la diversidad

Nuestra Iglesia Diocesana de Jaén necesita de todo el presbiterio para la ilusionante tarea que nos hemos propuesto: la del sueño misionero de llegar a todos. Os necesita en la riqueza de vuestra diversidad y os pide, en Cristo Sacerdote, Cabeza de su Iglesia, que nunca ser diversos sea un obstáculo para la fraternidad sacerdotal. Yo, que como vuestro obispo tengo encomendada la misión de ser en la Iglesia de Dios que camina en Jaén “principio de unidad” y procuraré trabajar para lograrla; pero es necesario que todos nos convirtamos de corazón a ella desde el respeto, la aceptación mutua y la comprensión de todos, y sin que ninguno de nosotros nos creamos superiores a los demás. Todos y unidos, y sin debernos los unos a los otros más que amor, somos necesarios para servir al Evangelio en esta tierra nuestra, que siente muy hondamente los coletazos de los problemas humanos, sociales, culturales y religiosos que la asolan, y que no son pocos. La Iglesia, no por táctica, sino por amor y por pasión, ha de estar siempre en la vanguardia de la cercanía y del servicio a todos y, por tanto, abriéndose camino en el corazón mismo de las periferias existenciales.

  1. Para evangelizar en tiempos recios

Es evidente, hermanos sacerdotes, que son tiempos recios; es sabido que se extiende una gran secularización y que estamos sometidos a una fuerte presión laicista e ideológica. Aunque aún tengamos en nuestra tierra una buena base cristiana, no podemos descuidarnos; porque, como comprobamos día a día, ésta es muy débil y está muy amenazada, especialmente en nuestros niños, en los jóvenes y, de un modo muy intenso, en las familias. Muchos están masivamente alejándose de la fe y de la vida de la Iglesia, y la distancia se hace cada vez más grande. Por eso, es necesario empezar a evangelizar a fondo, aunque también lo hemos de hacer con métodos nuevos. La situación, queridos sacerdotes, nos interpela por su complejidad y dificultad y nos invita a llenarnos de una fuerte parresia evangelizadora. Sólo así podremos convertir estos difíciles retos en oportunidades.

Nosotros tenemos lo que ya empieza a pedir mucha gente saciada e insatisfecha de otras ofertas. Nosotros tenemos Verdad, Belleza y Amor, y todo por pura gracia, la que enriquece cada día el ministerio de una Iglesia agradecida a su Señor, por haberla dotado de medios divinos para cultivar lo mejor de la condición humana. En medio de esta borrasca hay muchos que buscan autenticidad evangélica, y que aceptan ayuda, aunque estos muchos haya que encontrarlos uno a uno. Por eso, esta es la hora de la Iglesia, de la Iglesia evangelizadora, de la Iglesia en salida, de la que sabe escuchar las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y le ofrece lo que tiene y lo que en el fondo buscan, a Jesucristo Resucitado.

  1. Necesitamos confianza y autoestima

Esa Iglesia, lo sabéis muy bien, no somos sólo nosotros; pero sin los presbíteros no corre en ella la fe y la vida cristiana con la fluidez que su misión necesita. Para actuar a la altura de estos retos, esta generación de sacerdotes, la nuestra, está llamada a renovar los motivos de nuestro seguimiento y a buscar la fortaleza y la novedad que necesita nuestra misión, como hemos estado haciendo este año en los encuentros de Formación Permanente. Para eso, y no para otras cosas, no para aumentar la autoreferencialidad de la que tenemos de sobra, voy a convocar los Encuentros Sacerdotales de Oración, Reflexión y Diálogo (ESORD). La gran mayoría de vosotros me anima a que lo haga, aunque con muchos matices, y compruebo que también con muchos miedos. Confiemos en el Señor y dejemos que él trabaje en nosotros la confianza y la autoestima, a veces dañada por nosotros mismos; pero que tanto necesitamos para ser sacerdotes según el corazón de Dios.

Estoy seguro de que, en estos encuentros, guiados por el Espíritu, podremos compartir en fraternidad la búsqueda de nuevos aíres espirituales y pastorales para nuestra vida y para la de nuestra Diócesis, que es lo único que nos importa. Si cada uno pone lo mejor de sí mismo en santidad fraterna, rompiendo así la barrera de los individualismos, que tanto nos empequeñecen y recortan, no tengo ninguna duda de que este acontecimiento nos puede servir para remontar el vuelo en lo fundamental de nuestra vida y ministerio. Pidámosle al Señor la sabiduría de la cruz y sigamos la siempre fundamental tarea que se nos encomendó al entregarnos el libro de los evangelios: “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

  1. Renovemos nuestro ser en Cristo

Pues bien, con la ilusión crecer en una identidad misionera, con el deseo de ser discípulos misioneros, os invito a renovar las promesas sacerdotales. De entre las preguntas que nos hace el ritual, llamo la atención sobre esta: ¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con Él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia? Como veis, se refiere esta pegunta a nuestro ser en Cristo, a nuestra unión con él, porque eso es lo único que le da consistencia espiritual y pastoral a los deberes sacerdotales en el seno de la Iglesia. Recoge esta pregunta la esencia de lo que significó la Ordenación Sacerdotal, en la que Nuestro Padre Dios, por la unción del Espíritu Santo, “nos hizo partícipes de la consagración de Cristo y testigos de la redención del mundo”.

Ese revestirse de Cristo de nuestra ordenación supuso para nosotros un cambio sustancial de identidad y de vida. La ordenación sacerdotal fue para nosotros una verdadera pascua, en la que nació un hombre nuevo, el que vive in persona Christi, Cabeza y Pastor de la Iglesia. En la ordenación, Jesús nos encomendó que lo representáramos. “¡Qué confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos”. Eso significa, hermanos sacerdotes, que nuestro yo sólo puede tener la forma de Cristo (alter Christus), que mi ministerio no es lo que yo quiero hacer; es lo que el Señor quiere ofrecerle a su pueblo a través de su elegido. No podemos permitirnos ser nosotros los que decidimos el rumbo y la forma de nuestro ejercicio ministerial.

  1. Con la pasión por Cristo y la pasión por el pueblo

A nosotros nos toca ponernos al servicio de Dios y de los hombres desde el envío que Cristo nos hace en la misión de la Iglesia. Un envío que ha de mantener siempre el mismo impulso: la pasión por Cristo y la pasión por el pueblo han de llenar nuestro corazón sacerdotal. Esta doble pasión es la base de todas nuestras acciones, estrategias, objetivos, opciones. Para ser “evangelizadores con Espíritu”, necesitamos que el amor a Cristo y a nuestros hermanos unifique nuestra vida y la mantenga en alerta hacia esos dos amores. Eso sucederá siempre que la alegría del Evangelio nos posea y nos haga sentir y vivir como Jesús, el Buen Pastor:

“El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque él me ha ungido.

Me ha enviado a evangelizar a los pobres,

a proclamar a los cautivos la libertad,

y a los ciegos, la vista;

a poner en libertad a los oprimidos,

a proclamar el año de gracia del Señor.”[5]

El mundo necesita de nuestro sentido evangélico. Por eso, con actitud humilde de fraternidad con todo el pueblo de Dios y a su servicio, lo sacerdotes hemos de ofrecer el testimonio de nuestra identificación con Jesucristo. Todo en nosotros tiene que mostrar, tiene que favorecer el encuentro personal con él. Nuestros hermanos, a los que servimos, tienen derecho a comprobar, por la fortaleza y credibilidad de nuestra imagen y representación de Cristo, que él es la clave para la solución de los problemas que ellos viven en medio de nuestro mundo. Por eso, nuestra cercanía a Jesús en la oración será siempre imprescindible para nuestra cercanía a la gente. De hecho, el celo apostólico de un sacerdote pasa por esta doble cercanía: las dos unidas, las dos fecundándose.

  1. El mundo necesita de Dios

El mundo, en efecto, tiene necesidad de Dios y lo tiene que recibir de nosotros.: “El mundo tiene necesidad de Dios, no de cualquier dios, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se ha hecho carne y sangre, que nos ha amado hasta morir por nosotros, que ha resucitado y ha creado en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar frutos. Jesús ha asumido nuestra carne y, de ese modo, Él puede venir al mundo y transformarlo”[…] “El Señor que nos ha impuesto las manos, necesita las nuestras para que en el mundo sean las suyas…manos que transmitan su toque divino y se pongan al servicio de su amor…manos ungidas que deben ser un signo de nuestra capacidad de dar, de nuestra creatividad para plasmar un mundo con amor”[6].

 

  1. Somos signo de contradicción

No lo dudéis, la gente, nuestra gente, la gente buena de Jaén, esa que por gracia de Dios aún abunda en este Santo Reino, necesita de la Iglesia, necesita de nuestro ministerio. Sé, no obstante, que la Iglesia, y por tanto nuestro sacerdocio, es signo de contradicción, como lo fue su Maestro[7]. Pero no por eso hemos de perder el ánimo; al contrario, debemos estar siempre dispuestos a dar respuestas a quienes nos pidan razones de nuestra esperanza. Hoy, como sabéis por experiencia, a pesar del tesoro que portamos y ofrecemos – es verdad que lo llevamos en vasijas de barro -, no encontramos en nuestro ministerio ni la aceptación ni el aplauso; al contrario, navegamos en un mar de desconfianza, que se extiende como un rumor no fácilmente identificable; y eso nos duele y hace daño.

  1. Cómo vivir en la esperanza

            Ante eso, me consta que la gran pregunta que hoy muchos llevamos en el alma es: ¿Cómo vivir en la esperanza en medio de esta barahúnda social, cultural e incluso religiosa en la que ejercemos nuestro ministerio? No hay otra respuesta que no sea poner la vida Jesucristo. La esperanza fuera del ámbito del Señor siempre será efímera y, a la larga, ineficaz. Lo que de verdad frustra el ministerio no son tanto las dificultades del terreno, sino, como siempre, las que llevamos dentro los sembradores; sobre todo la de haber olvidado por qué sembramos y en nombre de quien ponemos las semillas en cada acto de nuestro ministerio sacerdotal. Nosotros, que hemos fraguado el seguimiento de Cristo tan intensamente y durante tanto tiempo, y con tantos medios en el seminario, no podemos errar en elegir quien tiene que ser para nosotros el Gran Motivador. Sólo Jesucristo nos puede motivar. Sólo él nos puede situar con ilusión y esperanza ante la vida que nos ha dado, ante la misión que nos ha encomendado.

 

  1. Merece la pena ser sacerdotes

Hermanos sacerdotes, tenemos que lograr que el pueblo cristiano, al que servimos en su fe, considere necesario el sacerdocio ministerial. Eso sólo puede suceder con una experiencia y manifestación clara y limpia de nuestra identidad sacerdotal a imagen de Cristo. La mejor prueba de que amamos lo que somos es la ilusión y la capacidad que tengamos de transmitir a todos que merece la pena ser sacerdotes. De ahí que os hago una propuesta, que os animo a convertir en un propósito. San Juan Bosco decía: “Nulla dies sine anima” (Ningún día sin un alma); pues bien, yo os digo: ningún día sin pensar a quien podríamos proponerle la vocación, sin rezar por esa persona; ningún día sin sentir mi responsabilidad de animar las vocaciones en la Iglesia.

Como muy bien pone de relieve la exposición vocacional de nuestro Seminario, #Enredados, el modelo de toda vocación es María al asumir la Maternidad de Cristo, el Hijo de Dios; encomendémosle siempre a ella, la Madre sacerdotal, nuestra vida y ministerio.

 

Santa Iglesia Catedral de Jaén, 27 de marzo de 2018

 

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

[1] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 80

[2] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, communionis notio, introductio: EV 13/1779

[3] San Agustín, sermón 47

[4] Jn 17,21

[5] Lc 4,18-19

[6] Papa emérito Benedicto XVI, Jueves Santo de 2006

[7] cf Lc 2,34

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