Hacia un nosotros cada vez más grande

El lema escogido por la Santa Sede para la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, celebrada el pasado domingo, 26 de septiembre de 2021, es “Hacia un nosotros cada vez más grande”. Se trata de una frase tan sugerente como interpelante. Clara de entender y exigente de vivir. Responde a una convicción y un deseo que el papa Francisco lleva muy dentro de su corazón y a ellos ha dedicado la encíclica Fratelli Tutti. En estos párrafos vamos a profundizar en algunas de sus sugerencias e implicaciones.

Podemos formular algunas preguntas iniciales: ¿Cómo de abierto es el “nosotros” que decimos y vivimos? ¿Quién queda dentro de ese “nosotros” y quién queda fuera?  ¿Qué miradas ilumina, qué dinamismos suscita, qué relaciones establece, qué compromisos alienta? ¿Nos atrevemos a caminar hacia un nosotros cada vez más grande?

Un nosotros inclusivo

El primer paso, con todo, se dirige hacia el interior. Necesitamos profundizar en lo más auténtico de nuestro corazón y reconocer cómo late allí el vínculo de la comunión universal. “Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad” (Fratelli Tutti, n. 272). Por ello, es imprescindible alimentar y reforzar la experiencia espiritual de sabernos hijos de Dios y hermanos de todos. En el número 93 de Fratelli Tutti, el Sumo Pontífice cita a Santo Tomás de Aquino para explicar que la experiencia de amar a Dios impulsa a un movimiento hacia el otro, “considerándolo uno consigo”. ¿Cómo estamos en este aspecto? ¿Necesitamos, quizá, avivar el fuego de este amor primordial y dejarnos mover por él?

“Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro. Hechos para el amor, hay en cada uno de nosotros «una ley de éxtasis: salir de sí mismo para hallar en otro un crecimiento de su ser». Por ello en cualquier caso el hombre tiene que llevar a cabo esta empresa: salir de sí mismo” (Fratelli Tutti, n. 88). En este número de la encíclica, el Sucesor de Pedro vuelve a apoyarse en el sabio santo dominico para recordarnos que este dinamismo expansivo habita en lo más íntimo de nosotros mismos. ¿Lo reconocemos así? ¿De qué modo lo cultivamos?

Un claro e interpelante ejemplo lo encontramos en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), a la que se dedica el segundo capítulo de la encíclica. “Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido” (Fratelli Tutti, n. 78). En realidad, Jesús “no nos invita a preguntarnos quiénes son los que están cerca de nosotros, sino a volvernos nosotros cercanos, prójimos” (Fratelli Tutti, n. 81). De este modo, el encuentro de corazón a corazón se convierte en una llamada “para que ampliemos nuestro círculo, para que demos a nuestra capacidad de amar una dimensión universal capaz de superar todos los prejuicios, todas las barreras históricas o culturales, todos los intereses mezquinos” (Fratelli Tutti, n. 83).

Un nosotros expansivo

Así, el proceso de ahondar en nuestro interior nos ha lanzado hacia el exterior. Cuando profundizamos en el sentido de nuestra humanidad, reconocemos que ahí nos encontramos todos, sin distinción. Sentirnos hijos nos hace hermanos; y, al darnos cuenta de que muchos hermanos sufren, se suscita un movimiento auténtico hacia un nosotros expansivo, cada vez más grande. “El amor nos pone finalmente en tensión hacia la comunión universal” (Fratelli Tutti, n. 95).

Un primer círculo se refiere a las relaciones más cercanas, como los amigos o la familia. Pero no podemos quedarnos ahí encerrados, a riesgo de empobrecer nuestra vida. “La pareja y el amigo son para abrir el corazón en círculos, para volvernos capaces de salir de nosotros mismos hasta acoger a todos. Los grupos cerrados y las parejas autorreferenciales, que se constituyen en un ‘nosotros’ contra todo el mundo, suelen ser formas idealizadas de egoísmo y de mera autopreservación” (Fratelli Tutti, n. 89). Frente a ello, necesitamos crecer en la “capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a aquellos que espontáneamente no siento parte de mi mundo de intereses, aunque estén cerca de mí” (Fratelli Tutti, n. 97).

Los barrios, los pueblos y las ciudades constituyen un segundo círculo de relaciones que debemos valorar y cultivar. Como señala Su Santidad, “en algunos barrios populares, todavía se vive el espíritu del ‘vecindario’, donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos lugares que conservan esos valores comunitarios, se viven las relaciones de cercanía con notas de gratuidad, solidaridad y reciprocidad, a partir del sentido de un ‘nosotros’ barrial” (Fratelli Tutti, n. 152). Además de recordar que la vida de muchos de esos barrios se enriquece con la aportación de migrantes y refugiados, el Obispo de Roma invita a expandir esa experiencia a niveles más amplios.

Así, por ejemplo, leemos en la encíclica: “El amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en su base lo que llamamos ‘amistad social’ en cada ciudad o en cada país. Cuando es genuina, esta amistad social dentro de una sociedad es una condición de posibilidad de una verdadera apertura universal” (Fratelli Tutti, n. 99). Y también: “La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces para el desarrollo de todos” (Fratelli Tutti, n. 183), en un ‘nosotros’ cada vez más amplio. Ello supone el ejercicio de la verdadera caridad política, que se expresa en “la apertura a todos” (Fratelli Tutti, n. 190). Ahí están incluidos, muy especialmente, los más pobres y marginados de nuestro mundo, entre ellos las personas migrantes y refugiadas.

Una oración inclusiva y expansiva

En su Mensaje para la 107ª Jornada Mundial del Inmigrante y el Refugiado, el papa Francisco ha invitado a construir una Iglesia cada vez más católica y un mundo cada vez más inclusivo. Las palabras conclusivas del Mensaje, que son una preciosa oración, podemos hacerlas nuestras: “Padre santo y amado, tu Hijo Jesús nos enseñó que hay una gran alegría en el cielo cuando alguien que estaba perdido es encontrado, cuando alguien que había sido excluido, rechazado o descartado es acogido de nuevo en nuestro nosotros, que se vuelve así cada vez más grande. Te rogamos que concedas a todos los discípulos de Jesús y a todas las personas de buena voluntad la gracia de cumplir tu voluntad en el mundo. Bendice cada gesto de acogida y de asistencia que sitúa nuevamente a quien está en el exilio en el nosotros de la comunidad y de la Iglesia, para que nuestra tierra pueda ser, tal y como Tú la creaste, la casa común de todos los hermanos y hermanas. Amén”.

 

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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