¿Ha pasado lo peor?

Seríamos socialmente muy torpes si no respondiéramos afirmativamente a esta pregunta con la que encabezo esta reflexión.  Pero seríamos también muy inconscientes si no miráramos hacia atrás para tener en cuenta todo lo vivido en esta pandemia que, si bien aún no se ha ido, todos recordamos lo vivido en su fase más intensa. Quizá, muchos se nieguen a hacer esta mirada retrospectiva y se digan que para qué mirar atrás. Sencillamente porque, nos guste o no, nos conviene recoger lo mejor de lo que nos ha dejado el paso de este virus asesino y destructor.

Sobre todo, tenemos mucho que agradecer; porque el ser humano, afortunadamente, sabe sacar, en situaciones especiales y límite, todo lo bueno que lleva dentro. Por eso, aunque ahora, quizá, prematuramente, haya empezado para algunos el tiempo de la evaluación crítica, conviene que nuestra memoria no pase de largo por la evaluación de la gratitud a todos cuantos han dado lo mejor de sí mismos a lo largo del confinamiento, al que nos hemos visto obligados para luchar contra el COVID-19. Cada uno de nosotros tenemos cargada nuestra memoria de acciones y actitudes que agradecer; desde las más sencillas e íntimas, a las más heroicas, de las que ha habido multitud. Estas últimas, han dado la mejor imagen de los sanitarios, pero también la de su dolor. Sin olvidar, no obstante, que en la sociedad española ha habido una multitud de personas, que han realizado los servicios esenciales con generosidad y heroísmo. Esta sociedad no se puede olvidar de ninguno de ellos.

A quien jamás olvidará será a los mayores; muchos miles de ellos han dado su vida como un colosal sacrificio que jamás sabremos reconocérselo suficientemente. De pronto, se han encontrado cara a cara con la muerte y la han sufrido en una trágica soledad para ellos y para sus familiares. Todos, uno a uno, son un heroico memorial.

Solo esta memoria agradecida fortalecerá nuestra responsabilidad para el posiblemente largo periodo que aún tendremos que vivir, en lo que se ha dado en llamar la “nueva normalidad”. Todos entendemos que éste es un tiempo de prudencia y defensa por parte de todos, de la que saldrán fortalecidos los más vulnerables, si la sociedad se porta bien. Ya sabemos lo que el Coronavirus puede hacer y a quién golpea más; también sabemos cómo protegernos. Por eso es este el tiempo en el que cada ciudadano, mientras piensa en sí mismo, se une a todos los demás y los defiende.

Como sé que quien me lee espera de mí que apunte al corazón mismo del futuro y de la esperanza, ahí va mi primera convicción: Jesucristo es nuestra esperanza. Os puedo asegurar, porque he sido un atento observador, que en los días de fuerte crisis sanitaria no ha decaído la confianza en el Señor; al contrario, en la vida de mucha gente, según confiesan, ha emergido con fuerza su fe y su confianza en Aquel que nunca abandona al ser humano en la cruz, sino que lo acompaña. Los que acumulaban más riqueza humana y espiritual, especialmente nuestros mayores, han dado una lección maravillosa de la presencia alentadora de Jesús en su miedo, en su enfermedad e incluso en su muerte, los que la han sufrido.

Es muy cierto que, junto a la confianza en los sanitarios y en la capacidad científica de quien pueda encontrar una vacuna, ha ido creciendo también la confianza en Dios. Este deseo y nostalgia de Dios, que ha ido surgiendo en el corazón de tanta gente, ha sido magníficamente acompañado por el servicio pastoral de la Iglesia. Los sacerdotes, no solo han continuado celebrando por todos los fieles, con fervor, la Eucaristía; también, con una creatividad excepcional, se han reinventado para acompañar a todos los que les han buscado y necesitado. A nadie le ha faltado en estos días la cercanía y la ayuda de la Iglesia. Se puede decir que, en cualquier situación que ha creado la pandemia “la Iglesia ha estado allí”. En dialogo con los sacerdotes, uno a uno, estoy escuchando las experiencias más desgarradoras, pero también las más gratificantes para un pastor. Todas las han podido vivir porque estaban junto a los que les necesitaban.

Por mi parte, les estoy recomendado que procuren crear en las parroquias una red de solidaridad para “primerear” la preocupación por sanar las heridas que el COVID- 19 va a dejar, que ya sabemos a día de hoy que son muchas: las espirituales, las sanitarias, las sociales, las laborales y la pobreza que se expande. No basta con acoger, hay que salir y buscar, en este hospital de campaña en el que las urgencias se llenan de pobres y se empiezan a necesitar más UCIS que nunca. Estoy convencido de que está naciendo una actitud de esperanza, fruto de la fe y la caridad, en quien va descubriendo que no se puede vivir sin pasión por Dios y por el hombre, especialmente por el más marginado y vulnerable.

Si confiamos en Jesucristo Resucitado y descubrimos la fuerza transformadora del Espíritu, y le dejamos actuar en nosotros, podremos decir, en efecto, que lo peor ha pasado. Esperamos aún la vacuna, claro; sin ella el riesgo de la pandemia no pasará. Pero no hemos de olvidar que hay vacunas morales y espirituales, que al final son las que más fortalecen la esperanza, porque la duración de esas vacunas es eterna. Esa vacuna la pone el mismo Dios en el corazón del ser humano.

+Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Compartir: