Eucaristía de acción de gracias por el sexto aniversario de la beatificación de Manuel Lozano Garrido “Lolo”

El próximo 12 de junio, se cumplirán 6 años de la beatificación de Manuel Lozano Garrido, “Lolo”. Por lo que este sábado, 11 de junio a las 20 horas se celebrará una Eucaristía en la Basílica de Santa María de Linares.

Con motivo de este aniversario, el carmelita, Francisco Víctor López Fernández ha querido rendir un emotivo homenaje al Beato linarense con este precioso texto:

 

“Lolo”, de todos y para todos

 

El mismo día de mi profesión como Carmelita descalzo, en el convento ubetense de San Juan de la Cruz, domingo 26 de septiembre del año 1971, pasé por Linares, por las Hermanas Mercedarias de la Caridad, en el Asilo de ancianos, en el que una de las mercedarias pertenecía a nuestra familia. Allí tomamos un café con unas pastas, y visitamos cuanto nos mostraron. No recuerdo que el nombre del enfermo Lolo saliese a relucir. Si sucedió, no me dejó huella. Con ese nombre tan andaluz no me habría pasado desapercibido.

Sin embargo, hace mucho que comencé a oír hablar de él. Las noticias se me cruzaban y mezclaban. Saltó la chispa y con fuerza mientras predicaba al místico carmelita en La Carolina. Me pidieron que orase, viese, consolase y le llevara el cojín de Lolo, el mismo que usaba en su silla de ruedas. Por cierto, el cojín era pequeñito semejante a su diminuto cuerpo. Era la reliquia que poníamos bajo la almohada de Sofía suplicando a los cielos la intercesión y curación, a finales de noviembre del 2002. Pudo más la enfermedad que nuestra obra, oración y confianza en la imploración a lo alto. O yo qué sé. La verdad que, aquel cojín, el de su silla de ruedas, hacía favores y milagros en muchas personas.

Yo no lograba encuadrar al linarense, con aires de santidad, para relacionarme con él. Ni me resultaba fácil mi amistad con Lolo. Pero, me seguía rondando. De pronto, y desde el mismo núcleo carolinense, me llega la publicación “Surtidor de almas”, de poemas aparecidos en la colección de La Peñuela. Algo leí de este volumen, pero ahí quedó para otra ocasión entre el cúmulo apilado de lecturas pendientes. Como homenaje le toca este verano en mi desafío amigable.

Pasó el tiempo. Volvía del Camino de Santiago en la jornada de su beatificación, en el Paseo de Linarejos. Las Carmelitas linarenses me pedían que me hiciera presente; presentía que mis pies y cuerpo, tras una larga peregrinación, no estarían para ceremonias de ninguna clase. Decliné la invitación. Pasé varios días reponiendo mis pies de la caminata, como en cada ocasión de peregrino.

Con Manuel Lozano Garrido, nuestro Lolo, me acerqué a Llega la hora de acercarme y encontrarme serenamente con Lolo lleno de emoción en Santa María la Mayor, hoy Basílica Menor. Recapacito y me doy cuenta que es uno de los nuestros, del pueblo, de nuestra tierra, de nuestra gente, de nuestro suelo y me determino a comunicar lo que de él y por él he recibido.

Nuestro personaje integra una familia numerosa. Él es el más pequeño, el quinto, y ocupando en sus 51 años de vida la centralidad del siglo XX, para lo bueno y lo malo. La guerra y la recuperación de la misma; la clandestinidad y la publicidad; la absoluta pobreza y la dignidad de comer en la propia mesa lo cocinado en el hogar. Y, aparece la enfermedad en el tiempo de la fortaleza, a los 18 años, quizás, a consecuencias del servicio de combates republicanos, en el frente de Motril. Y comienza la ruta de los médicos y hospitales que ya no abandonará jamás.

La debilidad se fue apoderando, tomando fuerza y adueñándose de él; digamos que, se maridó con la enfermedad desde el primer momento, de tal manera que a Lolo no se entiende ni comprende sin la enfermedad.

Desde la postración, inmovilidad y, más tarde, la ceguera y en silla de ruedas, fue capaz de comunicar el volcán de amor de su corazón. ¡Ni una queja! ¡Qué sorpresa! ¡Sorpresa la que se llevaban los que le visitaban! Quedaban irradiados de su alegría, fortaleza, ánimo y entereza.

La pluma, la máquina de escribir y el magnetófono, sucesivamente, fueron el vehículo público de su comunicación, amén de las visitas que fueron muchas. Pero este arte de comunicar escribiendo pasó por los artículos de prensa, revistas, boletines, hojas volantes…de lo pequeño a lo mayor: y aparecieron sus libros. Ocho hijos como ocho soles nacidos de su alma en un cuerpo herido de muerte pero lleno de vida. Por ahí andan, rotulados como suenan: El sillón de ruedas; Dios habla todos los días, diario de un inválido; Mesa redonda con Dios; Las golondrinas nunca saben la hora; Cartas con la señal de la Cruz. La utilidad de lo inútil; Bienvenido amor, un millar de pensamientos sugestivos; Reportajes desde la cumbre; y El árbol desnudo y Ñoño. Poco después, como póstumos, fueron apareciendo otros, no preparadas la edición por su autor. Estos son: Las estrellas se ven de noche; Cuentos en “la” sostenido; Surtidor de alma (Poemas); y Al pie de la tapia (Cartas a las religiosos Carmelitas Descalzas). Una docena de ejemplares como brotes de olivos alrededor de Lolo. Y como fuente que mana y corre, siguen publicándose sobre la base de lo que ya existe o su alma, asomándose a la tapia de Manuel Lozano, en esta tierra aunque él ya mira desde el cielo, como declarado Beato de la Iglesia.

Manuel Lozano Garrido (Lolo), de Linares (1920-1971), es un hombre cristiano y cabal. Ha vivido la simplicidad de cada 24 horas sentado en su sillón de ruedas, gran parte de su vida, aseado, limpio, inmóvil, viendo, leyendo, rezando y contemplando. A quien más ha mirado ha sido a Cristo crucificado. Lolo se ha identificado de tal modo con el Señor que ha elegido ser como él. Este me parece a mí que es su gran secreto como su gran lección, la de configurarse con Cristo Siervo.

Desde este ángulo entiendo yo su amabilidad, el amanecer de cada día como los anocheceres en su casa y habitación, siempre iguales. De su opción por Cristo le viene la veta poética y literaria y, a la vez, comunicativa, para construir la sociedad, lejos de los rencores de la guerra o de los recuerdos que pudiesen trocarse en venganza; borró el odio de su lenguaje y no pudo anidar en sus sentimientos ni en su corazón. De este encuentro con el Cristo paciente y siervo brota la alegría comunicativa y contagiosa que empuja a la ternura, admiración, alabanza y glorificación. Los hombres descubrieron sus obras y Dios la grandeza de su amor; ese bálsamo derramado en pequeñeces e inutilidades como pensamientos, papelitos o cartas; mas, el amor siempre es importante y grande. Este es nuestro Lolo, un hombre de amor, un hombre de a pie, de Dios. Y lo recordamos en el sexto aniversario de tu beatificación, en ese día hermoso del doce de junio en tierras de Jaén.

Francisco Víctor López Fernández

Carmelita Descalzo

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