Erradicar la pobreza: algo más que palabras

Corría el año 1967 cuando Pablo VI publicó su profética encíclica Populorum Progressio, sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos. Allí hizo un vigoroso llamamiento para que se plantara cara a la pobreza, dejando a un lado la vana palabrería y emprendiendo una acción solidaria que cambiase decisivamente la historia de la humanidad. Esta iniciativa la considera un deber de solidaridad (n. 49). Para conseguir este objetivo, sugiere concretamente que lo superfluo de los países ricos sirva a los países pobres (n. 50), formalizándose en programas efectivos (n. 51) y financiándose “con un gran Fondo Mundial alimentado con una parte de los gastos militares” (n. 52). Luego, el Pontífice señala sus ventajas (n. 52), su urgencia (n. 53) y lo indispensable del diálogo para alcanzarlo (n. 54). Apunta también la importancia de implicar en la forja del propio progreso a las personas a quienes hay que ayudar, convenciéndolas para que fomenten ellas mismas su propio desarrollo y adquieran paulatinamente los medios para lograr esa meta. En opinión de Montini, terminar con la indigencia es una obra común que no irá adelante, claro está, sin un esfuerzo concentrado, constante y animoso (n. 55).

Pues bien, esta misma propuesta es explícitamente recogida por el papa Francisco en su reciente encíclica Fratelli Tutti. En el número 262 leemos estas palabras: “Con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares, constituyamos un Fondo mundial para acabar de una vez con el hambre y para el desarrollo de los países más pobres, de tal modo que sus habitantes no acudan a soluciones violentas o engañosas ni necesiten abandonar sus países para buscar una vida más digna”.

No deja de ser desconcertante, por no decir sangrante, que medio siglo después de las sabias palabras de san Pablo VI, el reto de la eliminación de la pobreza siga siendo un propósito sin materializar. Es triste y doloroso comprobar que en la hora presente los gastos de armamento continúen en aumento y que la cooperación internacional permanezca excesivamente frágil. A este respecto, afirma el papa Francisco: “El siglo XXI es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política. En este contexto se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar. Cuando se habla de la posibilidad de alguna forma de autoridad mundial regulada por el derecho no necesariamente debe pensarse en una autoridad personal. Sin embargo, al menos debería incluir la gestación de organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, la erradicación del hambre y la miseria, y la defensa cierta de los derechos humanos elementales” (Fratelli Tutti, n. 172).

Recuerdo todo esto porque, desde 1993, el 17 de octubre conmemoramos el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. La decisión fue tomada el 22 de diciembre de 1992 por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 47/196. De hecho, había sido el sacerdote católico padre Joseph Wresinski quien lo había solicitado formalmente, cinco años antes, insistiendo en la salvaguarda de la dignidad de la persona como camino obligado para extirpar la extrema pobreza: “Allí donde hay personas condenadas a vivir en la miseria, los derechos humanos son violados. Unirse para hacerlos respetar es un deber sagrado”. Derrotar la pobreza, por tanto, es uno de los mayores retos globales con los que se enfrenta actualmente el mundo, en particular en África y en los países subdesarrollados. El tema elegido en esta ocasión es: “Actuar juntos para lograr justicia social y medioambiental para todas las personas”.

Ahora bien, una cosa es un lema escrito y otra diferente su cumplimiento efectivo. Y justamente con vistas a edificar un mundo en donde la miseria no fustigue a la humanidad con sus diversos y crueles flagelos, el magisterio del papa Francisco se convierte en un acicate que invita a abandonar la divagación y salir resueltamente al encuentro de los menesterosos. En este sentido, Su Santidad pone de relieve sin rodeos que en nuestro mundo los derechos humanos no son suficientemente universales. Lo dice categóricamente cuando, por ejemplo, anota que “a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de personas —niños, hombres y mujeres de todas las edades— privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud” (Fratelli tutti, n. 24). Ante ello, no basta la frialdad de los papeles: debemos acercarnos a “la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano” (Fratelli Tutti, n. 79). “Prestemos atención a la verdad de esas víctimas de la violencia, miremos la realidad desde sus ojos y escuchemos sus relatos con el corazón abierto” (Fratelli Tutti, n. 261).

La llamada evangélica a la solidaridad supone “pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero” (Fratelli Tutti, n. 116). Por ello, debemos colaborar para lograr un verdadero desarrollo solidario: “Esto finalmente beneficiará a todo el planeta, porque la ayuda al desarrollo de los países pobres implica creación de riqueza para todos. Desde el punto de vista del desarrollo integral, esto supone que se conceda también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres y que se procure incentivar el acceso al mercado internacional de los países marcados por la pobreza y el subdesarrollo” (Fratelli Tutti, n. 138).

En particular, para sacar de su postración a quienes se sienten aplastados por la carencia de lo mínimo indispensable para vivir, hemos de recordar lo que advierte el Sucesor de Pedro: “El gran tema es el trabajo. Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna. Por ello insisto en que ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo” (Fratelli Tutti, n. 162). Esta gran valoración del trabajo estuvo presente en la tradición antigua y medieval, y se resumía perfectamente en la Glossa ordinaria a 1 Tes 4,11: “Hay que trabajar y no estar ociosos, porque es una conducta honrada y como una luz para los infieles, y no deseéis las cosas de otro, ni le pidáis, ni le quitéis nada” (PL 114,618).

Sin duda alguna, vivimos tiempos recios. Según informes de hace pocos días, a causa del coronavirus y a la bajada del precio de petróleo, en 2020 la pobreza se verá agudizada, con la consiguiente pérdida de empleos, el alza de los precios y la interrupción de la prestación de servicios tan necesarios como la educación y la salud. Son cuantiosos los observadores que afirman que, debido a una agregación de factores, la economía mundial ha entrado en recesión y caerá abruptamente el producto interno bruto per cápita. La crisis que la pandemia está provocando exacerbará problemáticas ya existentes y revertirá casi todos los avances económicos logrados en los últimos cinco años. Es más, según las estimaciones de agencias y consultoras fiables, la tasa de pobreza extrema mundial podría aumentar entre 0,3 y 0,7 puntos porcentuales, hasta llegar a alrededor del 9,4 % en el año en curso. Es decir, el número de personas hundidas en la miseria en todo el mundo saltará en estos meses de 643 millones a 729 millones.

Hemos de avivar nuestra sensibilidad y redoblar nuestro compromiso, porque detrás de estas abultadas cifras se vislumbran historias truncadas, en particular de mujeres y niños en pésimas condiciones vitales. Tienen rostros concretos, lacerados por atroces carestías. Sería deplorable, por tanto, que conociendo estos datos permaneciéramos indolentes o distraídos. Antes bien, precisamente por la complejidad del panorama, se requieren grandes dosis de esperanza, para que las sombras no prevalezcan sobre la luz. No es cuestión de anclarnos en lamentos estériles, ni de sucumbir al pesimismo o la impotencia. Esta Jornada no puede pasar desapercibida en nuestros calendarios. Debe ser mucho más que un cúmulo de declaraciones retóricas o una simple fecha para hilvanar ingeniosas consideraciones. Tomemos en serio su contenido y afiancemos la fraternidad que a todos nos une. Se trata de sumar, de caminar al mismo compás, de concordar criterios. De este modo podremos avanzar para suprimir, de una vez por todas, la lacra de la pobreza, que tanto sufrimiento está engendrando por doquier.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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