El atrio de los gentiles y la Misión. Una fe razonable VI. Epílogo: la decisión de la fe.

1.- UNA APUESTA.

A largo de las últimas entradas de Atrio de los gentiles hemos ido  comparando los sistemas de creencias del teísta y del secularista intentando ver cómo responden a cuestiones tan esenciales como el sentido de la vida, la libertad, la moral o la esperanza. Alguien podrá argüir que   nuestra exposición ha estado muy marcada por una visión teísta cristiana. Tiene toda la razón, soy cultural y confesionalmente cristiano,  lo que hace que vea el fenómeno de la creencia y del secularismo desde esta óptica, pero esto no afecta al núcleo de la argumentación: La creencia en Dios, como hemos mostrado, responde mejor a las cuestiones esenciales de la vida humana que la visión atea o agnóstica.

Es cierto, responde el escéptico de turno, si Dios existiera la vida tendría un sentido, pero estamos en el siglo XXI y tratar hoy sobre realidades que trascienden a la experiencia (por ejemplo la existencia de Dios) es algo incierto y poco científico, dado que el único conocimiento es el que no se separa de la experiencia sensible. La respuesta a este tipo de razonamientos es simple, basta decirles que las ideas de libertad, de virtud, paz, democracia, justicia, orden belleza …y tantas otras no proceden directamente de los fenómenos sensibles, no tienen carácter empírico y, sin embargo, ni los científicos ni la gente normal y corriente puede prescindir de ellas[1].

Sea cual sea nuestro estado actual, predomine más la fe o predomine la duda,  debe quedar meridianamente claro  que la cuestión sobre Dios no es una cuestión más; que no se trata de un tema baladí, que en el sí o el no a Dios nos va, literalmente, toda la existencia.  Teístas y secularistas caminamos por la historia, nos acompañan días de sol y días de tormenta, días de dicha y días de lágrimas, solo tras el último recodo de la vida podremos  saber quién tenía razón. Sin embargo  a la hora de sopesar que decisión tomar no hemos de olvidar que  hay una diferencia esencial entre decir Sí o decir No a Dios. Si el secularista tiene razón nunca podrá celebrar su triunfo tardío pues la muerte, esbozando una última y trágica sonrisa, terminará abonando todo a la nada.  En el caso que el teísmo esté en lo cierto la cuestión será totalmente distinta. Pascal[2] nos invitaba a realizar una apuesta, más allá de la discusión sobre el argumento, la conclusión de Pascal  no parece descabellada: “Prefiero equivocarme, decía, creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, (quizá, esto lo añado yo) tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”.

La cuestión para la tesis secularista es aún más problemática. Como señala Tetens[3], el considerar que los seres humanos no somos más que un trozo de materia complejamente organizada en un mundo puramente material,  siendo audaz, no es demostrable y resulta absurda desde un punto de vista existencial dificultándonos en extremo el entendernos como personas racionales. Su mensaje es absolutamente desconsolador. Por el contrario la  tesis que afirma que nosotros y el mundo material somos criaturas de Dios misericordioso que  quiere  nuestra salvación, es igualmente atrevida y tampoco es demostrable, pero tiene un gran valor existencial y a su luz podemos entendernos como seres  racionales y morales.

2.- EL PAPEL DE LA DECISIÓN EN LA FE.

Lo expresado en el punto anterior nos lleva a plantear  la dimensión decisional de la creencia[4]. La creencia se distingue del mero conocimiento por  su carácter voluntario. La fe presupone una adhesión deliberada, un salto personal y subjetivo que permite franquear los abismos de la duda. La fe no es una cosa dada desde fuera por efecto de una lógica incontrovertible. En realidad la fe más que deducida es querida. Esto quiere decir que la fe no se impone por sí misma, que  no proviene  de una evaluación contable en que se miden los argumentos a favor restándolos de los argumentos en contra. Hay buenos argumentos a favor de la fe, sí, pero el plus que resulta necesario viene de una decisión. Si se reflexiona se verá que ese plus  de la decisión no interviene al final de una argumentación, sino que la precede. La creencia no es conclusiva,  sino inaugural. Es como el amor, no es el conocimiento de un ser humano el que me lleva a amarlo, sino más bien a la inversa, el amor es el que me dispone al verdadero conocimiento.

Creer es dar el propio asentimiento,  enseñaba J. H. Newman[5]. La fe tiene que ver con un compromiso que, aunque argumentado y reflexionado, siempre contiene una parte irracional. El asentimiento libre consiste en ponerse en camino, comprometerse en una dirección con la esperanza de llegar a buen puerto. Así la voluntad desempeña un papel de arbitraje, de hecho cuando alguien afirma que está perdiendo la fe,  no suele ser la fe la que se pierde sino la voluntad de creer la que se debilita. La fe no es algo dado para siempre, es un camino con luchas e imperfecciones, no creer es negarse a asumir este recorrido. Las razones que favorecen la increencia o desencadenan la creencia son mucho menos simples de lo que se piensa. La fe no solo es cuestión de argumentos o de razón,  la apertura a lo divino tiene que ver mucho con el corazón, con las circunstancias vividas, con las relaciones personales teñidas de encuentros y desencuentros,  con las luces y las sombras de la existencia, es decir con todo aquello que entreteje la trama de la vida. He de reconocer que en muchos casos la pura reflexión únicamente ha intervenido de facto para apoyar una decisión ya tomada en lo profundo. Si nos circunscribimos  a la fe cristiana esta es  sobre todo una relación, la relación más fuerte que existe, una relación que tiene mucho que ver con una buena noticia recibida y una alegría compartida. Precisamente esa apertura a la fe que proviene del encuentro con Jesús de Nazaret es la que te lleva a comprender. C. S. Lewis[6] lo expresaba del siguiente modo: “Creo en Dios, decía,  como creo que el sol ha salido no solo  porque lo veo, sino porque con su luz veo todo lo demás”.

Al final de la novela de Unamuno[7] San Manuel Bueno y Mártir, Ángela dice de D. Manuel (el santo sacerdote escéptico) y de su hermano Lázaro unas frases impactantes: “Creía y creo que Dios Nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñados designios, les hizo sentirse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda”. Ocurre como decía  Kierkegaard [8]  que no es extraño que la fe viaje de incognito. Quizás la fe como gracia suele acompañar antes de que el don sea manifiesto. Y por qué no, quizás estas reflexiones sirvan para que a alguno en algún momento determinado pueda caérsele la venda. Después de todo no se debe de olvidar que a Dios se puede acceder empezando sin más a rezar aunque uno ni siquiera crea.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] A. Llano, En busca de la trascendencia. Encontrar a Dios en el mundo actual, Ariel Barcelona 2007.

[2] Pascal argumentaba así: “Estudiemos las posibilidades: “Dios existe” o “Dios no existe”. Yo le doy a usted la oportunidad de tener un 50 % de posibilidades de tener razón y usted me concede a mí que tengo la razón, o sea que estoy en lo cierto, en otro porcentaje igual. ¿Cuál nos ofrece mayores garantías de acertar? Veamos. Si después de una vida más o menos prolongada ambos morimos y somos enterrados en el mismo cementerio, supongamos que el día de la resurrección se descubre que Dios es real. Yo he ganado y usted ha perdido nada menos que la eternidad feliz. Ahora: Supongamos que no hay resurrección y Dios no existe. Usted ha ganado, pero no le sirve de nada, porque nos espera la nada: en esta opción usted también lo ha perdido todo y yo no he perdido nada. Por este sencillo cálculo de probabilidades, si apuestas por Dios lo ganas todo y si apuestas por la no existencia de Dios o nada ganas o lo pierdes todo… Por ello, apueste a que existe Dios sin dudar”. B. Pascal, Pensamientos, Alianza Madrid 2009.

[3] H. Tetens, Pensar a Dios. Un ensayo de teología racional, Sígueme, Salamanca 2017.

[4]  J-C. Guillebaud, Cómo he vuelto a ser  cristiano, PPC, Madrid 2009.

[5] J. H. Newman, El asentimiento religioso, Herder, Barcelona 1960.

[6] C. S. Lewis, ¿Es la teología filosofía?, en El diablo propone un brindis, Rialp, Madrid 2017.

[7] M. de Unamuno, San Manuel bueno y mártir, Catedra, Madrid 2006.

[8] S. Kierkegaard, Temor y temblor, Alianza, Madrid 2014.

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