El atrio de los gentiles y la Misión. Una fe razonable V. Fe y secularismo ante el problema moral.

Son muchos los que piensan que la ética es un constructo puramente humano, de hecho en la mayoría de las facultades de filosofía este principio se toma como  un axioma, sin embargo, pese a quién le pese, los intentos  de construir la ética sobre bases que excluyen cualquier principio trascendente suelen toparse con límites insalvables. Como ejemplo basten un par de consideraciones: si consideramos que no hay nada absoluto, sino que todo depende de la sociedad o la cultura en la que vivamos, de la educación recibida, de nuestra perspectiva o  nuestra visión de la realidad, de nuestros intereses,  o de alguna otra cuestión por el estilo, sobre qué base podemos argumentar que existan derechos humanos universales e inalienables o valores morales que sean  objetivos. ¿No dependerá todo de puras convenciones asentadas más en los sentimientos y  la voluntad que en la razón?, quizás después de todo Nietzsche sea ese profeta, como algunos creen,  y ese supuesto “homo moralis” no sea más  que la fachada que esconde la voluntad de poder. La mayoría de las personas tenemos la intuición profunda de  que esto no es ni  puede ser así.  Aquí intentaremos mostrar como nuestra naturaleza ética, seamos creyentes o no creyentes funciona “etsi deus daretur” (como si Dios existiese). Si esto es así parece razonable que la postura teísta responda mejor que las posturas secularistas (sean agnósticas o ateas) a nuestro insoslayable carácter ético. No obstante en este aspecto, como en todos los aspectos fundamentales de la vida, no se darán respuestas apodícticas e incontrovertibles. Por lo tanto  cada uno deberá tomar su propia decisión, ¿cuál sea la más adecuada?, ustedes dirán.

1.- EL GRAN DESAFÍO.

“Sin Dios ni vida futura…todo está permitido, uno puede hacer lo que quiera”[1], esta afirmación de  Dostoievski suele encrespar a los secularistas y estos tendrían razón si lo que quisiera decir es que los ateos son más  malos y menos morales que los creyentes. Esto  no es cierto. Lo que plantea el autor ruso no es eso, Dostoievski no manifestó que sin Dios no pueden darse sentimientos morales o convicciones morales. Lo que indicó fue que sin Dios no puede haber obligación moral, que todo está permitido. ¿Qué significa eso?

Cualquier persona puede decir: “Siento que es bueno hacerlo y así lo haré”. Pero algo muy distinto es decirle a otra persona: “Es bueno (o malo) que lo hagas lo sientas o no”. Claro que uno puede tener convicciones morales sin Dios, lo que no está tan claro es que puedan darse hechos morales objetivos sin Dios más allá de lo que pienses o sientas. O sea que exista algo que objetivamente está mal y algo que objetivamente está bien, independientemente de los sentimientos, consensos, intereses o cualquier otra razón que podamos argüir. El ateo Julian Baggini[2] consciente de esta dificultad señalaba: “Para las personas religiosas existe un fundamento para creer que la moral es real y prevalecerá. En un universo ateo, la moralidad puede rechazarse pues no hay una razón clara y concluyente para creer en su realidad, y esto es exactamente lo que en ocasiones pasará”. Esto no causaría problema si el secularista creyese de hecho que no hay nada objetivamente bueno o malo, pero lo que ocurre es que casi nadie cree eso. Preguntémonos, por ejemplo, independientemente de nuestra fe, si creemos que violar o matar a un niño está objetivamente mal o no. Como supongo que la mayoría dirá que sí, entonces puedo afirmar que  la moralidad plantea un importante problema racional al punto de vista puramente secular.

2.- LA OBLIGACIÓN MORAL, UN GRAN HANDICAP PARA EL SECULARISMO.

Más secularizados o menos, la mayoría de las personas demandamos una solidaridad y una justicia más universal, sin embargo surgen una serie de preguntas como la siguiente: ¿Por qué deberíamos apoyar la igualdad  y proteger los derechos del más necesitado? Nuestras instituciones y nuestra moralidad secular lo dan por hecho pero no ofrecen una respuesta. Vivimos en una especie de esquizofrenia intelectual. Si nosotros creamos nuestros valores a nivel individual o si los creamos por un cierto consenso ¿cómo podemos instar a los que no piensen así a aceptarlos? ¿Sobre qué base podemos, por ejemplo, inducir a otras culturas a aceptar que los hombres y las mujeres son iguales?  ¿Sobre qué  fundamento podemos inculcar el respeto a unos derechos humanos que son pura invención de los seres humanos,  y que por lo tanto mañana pueden cambiarse? En muchas ocasiones los defensores de estas posturas constructivistas (aquellos que consideran que las normas y valores son pura creación humana) lo que parecen decirnos es algo así como: “tus valores humanos  son construidos socialmente, los míos no, así que son verdad para todos”. La realidad es que desde una postura secularista, en última instancia la fuente de la moral es el sentimiento interior y no es posible justificar e incluso tener una conversación sobre una afirmación moral con la que estemos en desacuerdo.  A esto nos referimos cuando hablamos de esquizofrenia intelectual: por un lado la postura de muchos es el relativismo, cada uno nos construimos nuestros valores, pero por otro lado se tienen convicciones morales muy fuertes. En la práctica cuando discrepamos entre nosotros nos convertimos en absolutistas, véase por ejemplo las discusiones en torno al aborto, la eutanasia,  la pederastia,  el feminismo, la justicia social, etc.

¿Existe alguna salida desde las ciencias humanas? El sociólogo P. Gorski[3] constata el fracaso de las ciencias humanas para desarrollar una teoría satisfactoria de la vida ética. Las dos teorías principales que  desde las ciencias humanas  se plantean para explicar la moral, sin recurrir a la religión, son la de los que defienden que nuestras convicciones morales son el producto de la evolución y aquella que las entiende como una construcción social.  La primera encuentra muchas dificultades. Pongamos como  ejemplo el tema del altruismo o el del sacrificio incluso por alguien fuera de tu familia o tu clan, desde luego no se entiende cómo pueden considerarse  rasgos que lleven a mayores porcentajes de supervivencia. Respecto al constructivismo social, que considera la moral como  creación nuestra, siendo en última instancia  puramente arbitraria, no puede explicar el carácter de obligatoriedad que conlleva toda moral. Ambas al final presentan la existencia de los hechos morales  como puras ilusiones. La moral sería  o una jugada de la biología o de  la sociedad. Ninguna permitiría  que pudiésemos hablar de algo así como un absoluto moral objetivo, un  hecho o una obligación. Independientemente de cuál sea nuestra visión, ya sea  evolucionista o  constructivista, no habría razones para argumentar que no debemos actuar según nos dicten nuestros  deseos, si con ello podemos obtener lo que pretendemos. No hay forma de decir si algo es bueno o malo en sí, así como tampoco puede enseñarnos  como debiéramos tratarnos. Como señala Gorski,  si pensamos detenidamente las implicaciones de ambas visiones nadie puede, aunque así lo afirme, creerlas de verdad, y mucho menos vivirlas.  Ni la visión evolucionista ni la constructivista permiten la categoría de eso que denominamos mala conducta. Si toda la moralidad es o culturalmente relativa o  un mero producto de la biología  evolutiva ¿por qué, los no occidentales  por ejemplo, deberían aceptar la visión occidental de los derechos humanos?  La realidad es que las mismas personas que creen que no hay hechos morales,  en el nivel más profundo de su intuición, saben que existen y viven como si existieran.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?  Alasdair MacIntyre[4] mostró como los filósofos griegos y los pensadores cristianos entendieron la moral como guía de los seres humanos hacia un estado final. Es el concepto de “telos”. Describir el “telos” de la humanidad es contestar a las preguntas: ¿Para qué estamos aquí?, ¿cuál es nuestro propósito? Esto tenía que ver con la existencia de una naturaleza o esencia humana. Los pensadores de la ilustración (S. XVIII) consideraron  que esas preguntas requerían de alguna creencia en Dios o en un orden cósmico espiritual, algo que no podía ser confirmado por la ciencia o por la pura razón. Así que rechazaron la idea de finalidad  o de propósito del ser humano y se propusieron buscar otra base para la ética. Sin embargo todos fracasaron y por eso nuestra sociedad  está plagada de universos morales irreconciliables y polarizados.  No podemos olvidar que todos los juicios de que algo es bueno o malo se basan en una conciencia de propósito. Según el propósito de algo diremos si es bueno o malo. Pongamos un ejemplo, podemos hablar de un buen maestro, agricultor o médico dependiendo de que sus acciones correspondan al propósito de ser maestro, agricultor o médico. Si no tenemos ni idea del propósito de algo, cómo vamos a determinar si esto es bueno o malo para tal cosa. Solo podemos decir lo que es bueno o malo para un ser humano si respondemos previamente al para qué de la vida humana. Dado que el secularismo tiene muchas dificultades para determinar cuál es el propósito o el sentido de la vida humana no tiene nada de extraño que tenga las mismas dificultades para determinar lo que es bueno o malo más allá de lo que sean criterios puramente subjetivos.

3- ¿QUÉ ALTERNATIVAS QUEDAN AL SECULARISTA?: O la obligación moral no existe o es un puro hecho bruto.

La primera alternativa nos dice que realmente no hay nada bueno o malo. El pensador más famoso que tomó este camino fue Nietzsche[5] quien afirmo taxativamente que no hay hechos morales. Es interesante señalar como él se burlaba de los que buscaban el fundamento moral en la utilidad, se refería al utilitarismo, corriente que bajo el nombre de pragmatismo está muy  en boga hoy día. ¿Cómo inspirar a las personas a una conducta desinteresada y amorosa al apelar, en última instancia, a motivos egoístas que le reportarán algún beneficio?

Nietzsche fue coherente en su pensamiento, los absolutos morales penden de la existencia de Dios. En concreto, esos  valores tan queridos por los occidentales  como son los reconocidos en la Declaración de los Derechos Humanos nacen de la visión del Dios cristiano. Si consideramos que Dios no existe, los valores ya no tienen ningún sostén. No podemos derribar una pared y pretender que los clavos  sigan en el mismo sitio.  Si Dios no existe, estamos situados más allá del bien y del mal, y lo único que queda es el poder. Una visión contemporánea de la misma idea nietzscheana es la de J. L. Mackie[6]. Su tesis se resumiría así: dado que la ciencia no puede demostrar la existencia de los hechos morales objetivos, ellos no existen o al menos no deberíamos creer en ellos. Como no hay hechos morales no puede haber obligaciones morales. Lo que me parece más interesante es que el mismo Mackie reconoce la necesidad de la moralidad para el funcionamiento de la sociedad y nos habla de lo que denomina “teoría del error”, pásmense ustedes, lo que quiere decir es que las personas y la sociedad funciona mejor si no creen que lo que  enseña el propio Mackie es verdad.

El segundo enfoque que han tomado los pensadores seculares es simplemente considerar que la obligación moral es un hecho bruto. Simplemente existirían hechos morales objetivos, al igual que existen bosques y montañas, esto no tendría que ver con Dios. Aquí podríamos situar por ejemplo a Ronald Dworkin[7]. Tenemos la responsabilidad de vivir bien y creer que vivir bien significa crear una vida que no es simplemente placentera sino buena. La honestidad de Dworkin le llevó a admitir que el deber o la responsabilidad  solo tiene sentido en una relación interpersonal, ¿responsables ante quién?, pero no hay quién, entonces ¿cómo puede haber obligación moral? Sin embargo sí la hay. En el fondo nos quedamos envueltos en el misterio…o tal vez, añadimos nosotros,  haya una Persona,  que sentimos o intuimos de alguna manera en el hondón de nuestro ser, a quién le debemos una vida moral.

Después de todo uno no necesita creer en Dios para ser bueno pero buscar lo bueno, quizás, sea ya creer en Dios, ya sea que uno desee hacerlo o no.

4.- LA MORAL COMO INDICIO DE LA EXISTENCIA DE DIOS.

El bien y el mal, los valores morales, los derechos humanos, son cuestiones fundamentales de ese “homo moralis” que nos caracteriza. Hemos visto como desde una postura secularista existen serias dificultades para sostener que hay objetivamente obligaciones morales vinculantes. Desde  la perspectiva creyente y especialmente desde la postura cristiana la realidad es totalmente distinta. Es evidente que la naturaleza moral del hombre, la existencia de valores objetivos, en suma el carácter de obligación de las prescripciones morales derivarían de la propia realidad de Dios de la que nosotros dependemos en tanto que creaturas.  De hecho  como  indica el filósofo C. S. Evans[8]  la realidad de una obligación moral no es una  prueba apodíctica de la existencia de Dios, pero sí es un  fuerte indicio de su existencia.  El pensador secular debe admitir que si cree en los hechos y las obligaciones morales, estos tienen mucho más sentido en un mundo abierto a la trascendencia que en un mundo cerrado a Dios. De ahí la fuerza  del llamado argumento moral de la existencia de Dios en el que confluyen tanto la evidencia racional como la personal. Pero demos un pasito más y toquemos brevemente algo tan unido a la moral y la justicia como son los derechos humanos.

 5.- ¿QUÉ DECIR SOBRE LOS DERECHOS HUMANOS?

En el apartado anterior nos hemos preguntado quién da mayor respaldo a la  obligación moral, si la visión secular o la religiosa. Podríamos preguntarnos lo mismo  pero ahora teniendo como objetivo los derechos humanos.

Se habla de derechos humanos al referirnos a aquellos que poseemos simplemente por nuestra condición de humanos. Pero ¿por qué las personas tienen esos derechos? La Declaración Universal de los derechos Humanos de las Naciones Unidas no responde la pregunta, sino que solo los enumera[9]. Los secularistas occidentales insisten que su visión sobre los derechos humanos es sencillamente evidente para cualquier persona racional, pero las culturas no occidentales responden que estos supuestos derechos distan mucho de ser evidentes[10]. Cuando se ha intentado dar una base sólida a estos derechos la mayor parte de  las propuestas seculares  intentan fundamentarlos en alguna capacidad del ser humano. Es decir, se argumenta que los seres humanos tienen derechos debido a su capacidad para la elección racional, o alguna otra aptitud. Los problemas de este tipo de argumentación son graves. Preguntémonos por  ejemplo en qué situación quedarían los recién nacidos, algunos discapacitados o los ancianos seniles. Sin embargo, si no basamos los derechos humanos sobre ciertas capacidades humanas, ¿sobre qué los basamos? Quizás debiéramos preguntarnos cuándo y por qué comenzaron a plantarse el tema de los derechos humanos. Como mostró B. Tierney[11], al contrario de lo que muchos piensan estos no se desarrollaron por primera vez a partir de la ilustración sino en el cristianismo medieval, basados en temas teológicos bíblicos. Tierney sostiene que esta idea de derechos naturales no estaba presente en la jurisprudencia romana, pero que ya era evidente en el trabajo de algunos padres de la Iglesia, algo que será desarrollado posteriormente por la teología medieval (por ejemplo Bartolomé de las Casas), desde ahí llegarían al mundo moderno. La idea de la existencia de una naturaleza humana reflejo de la naturaleza divina fue fundamental en ese proceso de reflexión. De hecho los intentos el encontrar una base sólida y convincente para los derechos humanos, sin ningún fundamento religioso, hasta ahora han resultado poco eficaces. El problema  es que muchos afirman que no deberíamos traer convicciones religiosas  a las discusiones públicas sobre moral, justicia o derechos. Sin embargo, como muestra el filósofo de Harvard M. Sandel[12], esto es francamente imposible. Nuestra racionalidad y entendimiento de la justicia depende de nuestras creencias sobre lo bueno o lo malo, lo correcto e incorrecto, la naturaleza de la virtud, la relación del individuo con el grupo y muchas otras cosas. Y no podemos olvidar que  la perspectiva bíblica que considera a cada ser humano como imagen de Dios le otorga una singularidad, un valor y una dignidad al ser humano ante la que palidece cualquier enfoque secular que intente fundamentar estos derechos.

6.- CONCLUSIÓN: HABRÁ QUE PRESTAR MÁS ATENCIÓN A LA PROPUESTA CRISTIANA.

Las enormes dificultades que tiene la visión secular  no solo para explicar  el deber moral y la realidad fáctica de los derechos humanos, sino también para motivar a las personas a respetarlos y vivirlos, debería llevar a prestar una mayor atención a la respuesta que ofrece el cristianismo. El cristianismo nos habla de Dios como la fuente creadora de todo ser donde se  aúnan la Verdad y el Bien. En la Sagrada Escritura encontramos la fuente principal de la revelación de Dios y del propio hombre. La historia bíblica no es la clase de explicación clara y exhaustiva de la realidad que lleva a los creyentes a la arrogante posición de poseer todas las respuestas. Solo Dios tiene la completa perspectiva de todo, no nosotros. A diferencia de las narrativas modernas y postmodernas, esa  historia funda la  esperanza de corregir el mal y desvela la redención de todas las cosas a través de la acción salvífica de Dios en Jesucristo. Para el cristianismo la redención no puede ser una esperanza utópica en el progreso inevitable o en el ingenio humano, sino solo en Dios y en el tiempo de Dios.

La Biblia no es la historia de héroes de la fe, sino más bien un registro de la gracia de Dios que actúa muchas veces en personas que no la buscan o que no la merecen, que continuamente la resisten y que no la aprecian después de que han sido salvados. Finalmente no es una historia donde la revelación definitiva se presenta a través de ideas, reflexiones y doctrinas sino en  la historia de Alguien (Cristo)  que murió por sus enemigos, y que no respondió a la violencia con violencia sino que los perdonó. En esa historia se nos muestra  al Dios  Personal, que no encontró Dworkin,  ante quién somos finalmente responsables.

Quiero terminar con unas palabras del escritor A. N. Wilson[13], su historia es muy significativa, en la década de 1980 había perdido la fe pasando a formar parte del grupo liderado por Richard Dawkins y que se conoce como “el nuevo ateísmo” sin embargo,  años después asombró a muchos cuando anunció su regreso a la fe. El ateísmo materialista le pareció totalmente irracional porque no podía explicar la trascendencia del amor, la belleza en el arte o la moralidad. Las últimas piezas de evidencia que lo sacaron de la incredulidad en Dios fue  escribir un libro sobre la familia Wagner y la Alemania nazi. “Lee el libro de ética del pastor Bonhoeffer, (escribió) y pregúntate a ti mismo qué clase de mundo loco es creado por aquellos que piensan que la ética es puramente un constructo humano”.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

 

[1] F. Dostoievski, Los hermanos Karamazov, Alba editorial, Barcelona 2013.

[2] J. Baggini, Yes, life without God can be bleak. Atheism is about facing up to that, Guardian, 9  de marzo de 2012,

https://www.theguardian.com/commentisfree/2012/mar/09/life-without-god-bleak-atheism.

[3] P. Gorski, Where do morals come  from? , Publics Books, 15 febrero 2016, en https://www.publicbooks.org/where-do-morals-come-from.

[4] A. MacIntyre, Tras la virtud, Crítica, Barcelona 2001.

[5] F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Alianza, Madrid 1971; La genealogía de la moral, Alianza, Madrid 1972 o Así hablo Zaratustra, Alianza  Madrid 1972, por citar algunos de los más emblemáticos.

[6] J. L. Mackie, Ética: la invención de lo bueno y  lo malo, Gedisa, Barcelona 2009.

[7] R. Dworkin (505) What Is a Good Life?, New York review of Books, 10 de febrero de 2011 en

https://www.nybooks.com/articles/2011/02/10/what-good-life.

[8] C. S. Evans, Natural Signs and Knowledge of Gog: A New Look at Theistic Arguments, Oxford University Press, Oxford 2010.

[9] Documento disponible en http://www.ohchr.org/EN/UDHR/Documents/UDHR_Translation/spn.pdf.

[10] Véase Ch. Taylor, Dilemmas and Connections: Selected Essays, Belknap, Cambridge NA 2011.

[11] B. Tierney, The Idea Natural Rights: Studies on Natural Rights, Natural Law and Church Law, Scholars Press for Emory University, Atlanta 1997.

[12] M. Sandel, Justicia ¿Hacemos lo que debemos?, Debate, Barcelona 2011.

[13] A. N. Wilson, Why I Believe Again, New Statesman, 2 de abril de 2009, en https://www.newstatesman.com/religion/2009/04/conversion-experience-atheism. El ateísmo de Wilson llegó a su fin mientras escribía su novela Winnie y Wolf, que relata el romance entre Adolf Hitler (Wolf) y Winifred Wagner (Winnie) la nuera del compositor Richard Wagner.

Compartir: