El atrio de los gentiles y la Misión. Una fe razonable II. ¿Es la religión una cuestión de fe y el secularismo una cuestión de razón?

17 abril de 2019

I.- La fe religiosa y la fe secularista.

Algunos piensan que la manera de probar una cosmovisión solo tiene que ver con el hecho de considerar las pruebas o las evidencias  que la avalan, de modo que ninguna persona razonable pueda dudar de ella. Así por ejemplo piensan los defensores de una  cierta teología natural que  sigue hablando de demostraciones de la existencia de Dios o, en el otro extremo, el nuevo ateísmo que solicita pruebas irrefutables de la existencia de Dios, como si la existencia de Dios fuese una hipótesis científica. En ambos casos la carga de la prueba parece recaer en aquellos que defienden la existencia de Dios. La idea subyacente es que las personas religiosas viven de la fe, una fe que puede ser más o menos razonable, mientras que los ateos o los agnósticos basan su postura solo en la razón. Convencidos de que el secularismo es cuestión de razón mientras que la religión es cuestión de fe, muchas personas consideran que no merece la pena evaluar las afirmaciones de los creyentes. Este es un gran error, la visión secularista presupone  un conjunto de creencias sobre el universo y  el ser humano que exigen un auténtico ejercicio de fe. Como veremos, pasar de la religión al secularismo no es tanto una pérdida de fe como el cambio de una fe a otra, de un conjunto de valores a otro y de una comunidad de creyentes a otra.

En lo que sigue abordaremos dos cuestiones, en primer lugar mostraremos  como muchos no creyentes basan su incredulidad en una visión simplista y rígida de la razón, pasando por alto que cualquier enfoque racional implica, de un modo u otro, el ejercicio de la fe. En segundo lugar mostraremos como el conjunto de  valores  que  suele mantener el no creyente es inconsistente con su creencia en la realidad de un universo puramente material donde no tiene cabida la trascendencia.

II.- El sustrato credencial de la razón.

¿Existe el tribunal de una razón pura desde el que podamos enjuiciar el tema de la religión y el secularismo?, parece que no. Si atendemos a la historia de las ideas nos encontramos que los  pensadores tienen distintos enfoques de cómo funciona la razón. Pongamos como ejemplo a cuatro egregios pensadores: Aristóteles, Santo Tomás, Hume y Nietzsche. Es fácil constatar que su pensamiento estaba incrustado en una matriz de creencias  distintas sobre el propósito del ser humano, la naturaleza del mundo material o simplemente de los límites y capacidades del conocimiento humano. Qué tribunal  de una supuesta razón imparcial permitiría juzgar sus distintos puntos de vista, y determinar quién está en la verdad y quién incurre en el error. Como mostró Gadamer[1] todos estamos situados en una cultura, todos enjuiciamos desde una perspectiva determinada, no existe una visión desde la nada. El ideal cartesiano de partir de cero es una pura entelequia, todos nos hayamos insertos en un sistema de creencias, de tal modo que podemos decir que las ideas las tenemos en las creencias estamos[2]. Así de concluyente se expresaba  el filósofo M. P. Lynch: No defenderé la razón con R mayúscula, ni la ilusión de que la razón no se basa en juicios de valor, ni que haya fundamentos insostenibles, ni que hay un “derecho evidente” simple e imparcial en la experiencia[3].

El problema reside en que muchas personas increyentes adoptan una especie de racionalidad exclusiva, pensando que si no hay suficientes evidencias empíricas o razones incontestables no se puede creer algo. Estas personas   suelen olvidar que muchas de sus convicciones sobre la verdad, el bien o la belleza carecen de estas evidencias lógicas o empíricas. Por ejemplo, no podemos probar lo que creemos sobre la justicia y los derechos humanos, sobre la dignidad y el valor de las personas o sobre lo que nos hace  definir  una conducta como buena o mala sobre la base de dichas evidencias.  Más aún, el propio ejercicio de la racionalidad exige una fe en el alcance de la razón. Todo razonamiento se basa en compromisos previos de fe (confianza), pensemos a modo de ejemplo en la existencia de una  realidad más allá de nuestra representación mental, una realidad que no es mera ilusión como sostienen algunas religiones, pensemos en la  confianza en que dicha realidad  no es un caos sino que refleja un cosmos  y por tanto que es cognoscible,  o en las posibilidades de una razón capaz de penetrar en el entramado de lo real llegando a desvelar la verdad de ese cosmos, etc., nada de esto puede demostrase por la razón sino que forma parte de una fe básica. La propia afirmación de que la ciencia y la evidencia empírica son los únicos caminos seguros para conocer la realidad asume una perspectiva del universo,  y unas convicciones sobre las posibilidades del conocimiento humano, que no dejan de ser una opción indemostrada, una opción en la que hay mucho de fe. El mismo Hume[4] señalaba que nuestra ciencia se basaba en unas creencias sobre el universo que no pueden probarse o rebatirse.

Las personas tenemos un sinnúmero de creencias sobre la realidad que proceden de lo que aporta la experiencia, la cultura ambiente, las autoridades en las que confiamos, las comunidades a las que pertenecemos, etc. Estas creencias pasan a nosotros y las tomamos como la base de nuestro conocimiento.  Ese conocimiento tácito (esas creencias de trasfondo) moldea nuestro razonamiento, de tal manera que argumentos que en un momento determinado nos parecían convincentes porque encajaban bien con esas creencias de trasfondo dejan de ser convincentes cuando las creencias  cambian.  Un ejemplo ilustrará la cuestión. Fijémonos en el problema del mal, en la antigüedad no encontramos un pensador que razonara que no podría haber Dios debido al mal. Epicuro, al que se cita a menudo, no pretendía demostrar la inexistencia de Dios o de los dioses, sino   alejar de los hombres el temor ante los dioses. ¿Por qué ese argumento contra la existencia de Dios parece hoy tan convincente? Charles Taylor[5]  muestra como  antes de la modernidad se tenía la convicción  de que la mente humana era muy limitada para juzgar cómo un Dios infinito podía disponer las cosas. Solo en tiempos modernos llegamos a situar la razón (la nuestra, claro) en un estrado tan alto que incluso podía servir de juez para encausar a Dios. Dado que un Dios por encima de nuestra razón no podía existir, concluimos que si no se ajusta a ésta no existe. No es verdad, por lo tanto, que un razonamiento hubiera socavado la fe, de hecho el razonamiento incurre en una clara falacia “petitio principii”, lo que ocurrió es que una nueva  fe  en el poder de la razón y  su capacidad ilimitada había desplazado a otra  fe en la razón mucho más modesta.

Resumiendo, nadie puede deshacerse de todos sus supuestos de fe y asumir un punto de vista puro, objetivo y libre de creencias. Tanto el  creyente cristiano como su vecino secularista hacen uso de la razón y la fe para llegar a sus convicciones. Ambos miran las mismas realidades y tratan de darles el mejor sentido a través de un proceso racional, personal, intuitivo y social. La razón no puede operar sola. La increencia contemporánea no es la ausencia de fe, sino que está basada en todo un conjunto de creencias que incluye una cantidad de premisas que son cuestionables sobre el cosmos, el hombre y  la misma racionalidad. Si esto es así ¿por qué debemos exigir que la fe en Dios satisfaga un estándar de prueba reconocida universalmente cuando no lo aplicamos a otras cuestiones sobre las que basamos nuestras vidas?

III.- Convicciones éticas, cristianismo versus secularismo.

Además de un conjunto de creencias sobre la racionalidad, la mayoría de los secularistas sostienen un conjunto de creencias éticas sobre la naturaleza humana. ¿De dónde vienen los valores que sustentan esas creencias?  De hecho lo primero que constatamos es que estos valores no pueden probarse de modo exclusivamente racional, más aún, ninguno de ellos es una consecuencia lógica de una visión materialista del mundo. Uno puede encontrarse  comentarios como el siguiente: “No eres un copo de nieve inigualable, no eres especial, solo eres un poco de materia decadente en la pila de compost de este mundo. Nada de lo que eres y de lo que harás en el corto tiempo que estés aquí tendrá importancia. Todo fuera de esta realidad es vanidad. Así que celebremos la vida en todo momento, admiremos sin reservas, y amemos sin reservas” [6]. Pero si solo somos un poco de materia en un universo decadente sin importancia ninguna, ¿cómo se entiende que vivamos una vida de amor hacia otros? Si somos un mero producto de la evolución azarosa en que lo natural es que el más fuerte se coma al débil ¿por qué  no se les deja a las personas hacerlo ahora?, cómo irónicamente dijo V. Solovyov, haciéndose eco de la incongruencia de este pensamiento, “el hombre descendió de los monos, por lo tanto, nos debemos amar los unos a los otros”  [7]. Teniendo en cuenta la visión secularista del universo, la conclusión sobre el amor y la justicia social no es más lógica que la conclusión de amar y destruir.

Volvamos a la cuestión, si los valores del humanismo no pueden deducirse e inferirse del universo material, entonces ¿de dónde vienen? Como indican filósofos de la talla de  Derrida o Habermas (por cierto, ambos agnósticos), estos valores no proceden del razonamiento científico   sino que tienen una larga historia teológica cuya fuente está en la herencia bíblica y cristiana[8], y la gente los abraza  hoy solamente por fe. El cristianismo dio al mundo ideas que muchos  sistemas éticos modernos adoptaron para sus propios propósitos,  como la idea de igualdad humana y la comprensión de los derechos humanos naturales. En general presentó una idea sin precedentes sobre la importancia del individuo, para darnos idea de este hecho pongamos el ejemplo de un budista o de un estoico, para el primero el individuo sería solo una ilusión, para el segundo el ser individual   estaría destinado a fundirse en la totalidad del cosmos; el cristianismo, por el contrario, promete la inmortalidad personal individual, y la clave de la salvación no está en una elitista contemplación solo accesible a unos pocos, sino en una fe abierta a todos y en la pura gracia de Dios.

Los valores morales de occidente, los  valores seculares  tan estimados, que incluyen la importancia del individuo, la igualdad, los derechos humanos, el amor, la preocupación por el pobre o la necesidad de mejorar las condiciones materiales de todos. Ese paquete de creencias proceden de la visión del hombre como imagen de un Dios personal y  de la doctrina de la encarnación de Dios en Jesucristo, que elevaron a la persona humana a una posición sin precedentes permitiendo fundamentar  ese conjunto de valores.

El secularismo moderno ha mantenido gran parte de estos ideales morales  rechazando la visión judeocristiana en la que se fundamentaban, de ahí la contradicción en la que incurren y que  nadie desveló  con más vigor que Nietzsche[9]. El argumento de Nietzsche podría resumirse así: si afirmas que no crees en Dios, pero crees en los derechos de cada persona y en la obligación de preocuparte por el débil y el pobre estás respaldando las creencias cristianas, ya sea que las admitas o no. Un buen motivo de reflexión para una persona increyente sería este: ¿Cuántos de los valores que sostienes tienen que ver con el materialismo del que estás convencido?, quizás descubras asombrado que nada sobre la libertad individual, sobre los derechos humanos, sobre el progreso o la civilización se derivan automáticamente de que Dios ha muerto. Así pues esos valores humanistas que casi todo los secularistas reconocen son exactamente eso: creencias. No pueden deducirse lógica ni empíricamente del mundo natural y material. La fe en los valores humanistas no deja de ser  un acto de fe religiosa y en esto el filósofo alemán tenía toda la razón.

IV.- Conclusión: ¿Secularismo o cristianismo?

Las personas ni adoptan la fe en Dios ni la rechazan por un razonamiento objetivo y puro, porque tal cosa es imposible. Hemos indicado como existen todo un conjunto de creencias tácitas  en las que se apoyan nuestros razonamientos, esto es válido tanto para el creyente como para el increyente.

Ni el secularismo ni el cristianismo tienen la  carga de prueba. La secularidad no es la ausencia de fe, sino un nuevo conjunto de creencias sobre toda la realidad, la vida y el hombre. La razón no puede demostrar de modo apodíctico la existencia o la no existencia de una realidad trascendente, pero eso no significa que no podamos evaluar nuestras respectivas creencias.  Necesitamos comparar y contrastar las creencias religiosas y las seculares proponiendo los mejores argumentos. Ya hemos mostrado que en el terreno de la ética, la balanza se inclina claramente hacia un lado.  También en el ámbito de la propia racionalidad no parece que la posición secular sea más coherente  que la religiosa. En este sentido nuestra pretensión   será ir  mostrando como el cristianismo ofrece una mejor comprensión de la realidad en los aspectos emocional, cultural y racional que la visión secularista. Quizás recuerden la campaña publicitaria que se exhibió en los autobuses urbanos de Barcelona con el lema: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte, goza de la vida” era la traducción del eslogan que portan los autobuses londinenses en una campaña en pro del ateísmo auspiciada por la “BRITISH HUMANIST ASSOCIATION”. Independientemente del error lógico, pues difícilmente puede inferirse la segunda proposición de la primera, lo que iremos viendo a lo largo de estos artículos es justamente lo contrario: el cristianismo ofrece una riqueza tan abundante que nos permite entender, enfrentar, gozar y vivir la vida de tal modo que un secularista no habría imaginado.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] H. G. Gadamer, Verdad y Método T. I,  Sígueme, Salamanca 2011.

[2] Ortega y Gasset, Ideas y creencias, Austral, Barcelona 1955.

[3] M. P. Lynch, In Praire of Reason: Why Rationality Matters to Democracy, Cambridge, MA: MIT Press, 2012, p.5.

[4] D. Hume, Investigación sobre el conocimiento humano, Alianza, Madrid 1992.

[5] Ch. Taylor, La Edad Secular, TI, Gedisa, Barcelona 2014.

[6]  K. Casey citado por T. Keller, Una fe lógica, B&H Publising Group, Nashville, 2017, p. 50.

[7] Ib.

[8]  J. Derrida, Questioning God, Bloomington, IN: Indiana University Press, 2001; J. Habermas, Religion and Rationality: Essays on Reason, God, and Modernity, Cambridge, Mass.: MIT Press, 2002.

[9] Aquí podríamos citar obras tan emblemáticas como Así hablo Zaratustra, La Genealogía de la Moral o Más allá del Bien y del Mal.

 

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