Dios y el silencio I. Aprender del silencio

Vivimos en una sociedad en la que se ha eclipsado lo sagrado de la existencia. ¿Por qué?, quizás porque se ha ocultado el horizonte metafísico y trascendente al desvanecerse la capacidad contemplativa y con ello hemos pedido, parafraseando a  Byung-Chul Han[1], la densidad y el aroma del tiempo.  Todo marcha rápido, acelerado. Sin la profundidad que nos ofrece la actitud de contemplación  perdemos  el para qué de la existencia, entonces  desaparece el sentido, el rumbo y la finalidad de la vida. Todo nos parece igual, un día más, un mes más, un año más.  Surfeando por la superficie de las cosas nos experimentamos  más como turistas de un tiempo que se nos escapa que peregrinos hacia la eternidad.

En este mundo donde el tiempo se reduce a instantes sumados sin finalidad y sin meta, mundo tecnológicamente cambiante y acelerado, todo está lleno de ruidos que nos narcotizan al ofrecernos la  continua novedad de lo mismo. Caminar, correr, progresar sin saber a dónde vamos. Se trata de una vida en la  que nos vamos llenando, de cosas, de deudas y de dudas. Es el mundo  de ese hombre que según Ortega y Heidegger[2]dice lo que se dice, ama lo que se ama, compra lo que se compra y piensa lo que se piensa. Un hombre lleno de voces contradictorias y entremezcladas, voces indistintas que lo nivelan todo pues son  voces sin misterio, superficiales y sin trascendencia. Son las voces que nos llegan de la televisión, de la radio, de internet, del mercado, de la feria o del trabajo, de la calle o de la escuela…incluso voces que surgen de cátedras y púlpitos.

En este mar de voces  ¿Cómo escuchar la voz profunda del Ser, de la Vida o  del Espíritu? ¿Cómo escuchar la voz de Dios? Dada la dificultad de escuchar la voz de Dios en el mundo de los ruidos no es difícil comprender por qué muchas personas piensan  que Dios ya  no  habla, que estamos sin noticias de Él, que Dios permanece silencioso, o simplemente que Dios ha muerto.

Pero ¿es cierto que Dios no nos habla? No,  Dios sigue hablando, más aún Dios siempre está hablando y a  Dios nunca se le puede silenciar. Pero debemos comprender que la Voz de Dios no es como las otras voces, cuando la buscamos entre las otras voces no oímos nada. La Voz de Dios emerge del Silencio, del abismo divino que ni siquiera podemos nombrar, de la fuente más allá de las palabras. Para escuchar esa Voz no basta hacer silencio, sino que tenemos que encontrarnos con nuestros silencios cara a cara. Este camino no es fácil, hacer silencio y bucear por ese mar que es el hondón de nuestro ser nos permitirá encontrarnos con esa gama de silencios que nos hablan, podremos escuchar los miles de silencios del mar, la montaña o el desierto que nos hablan de lo sublime; apreciaremos el silencio en la intimidad del hogar, o el silencio que presagia el amor verdadero o la amistad auténtica; el silencio ante la cercanía de la muerte o ante la presencia de la  vida en el niño que apaciblemente duerme. Se trataría como dice Max Picard[3] de aprender a escuchar esa fina nada que es inmensa al oído.

Es cierto que es difícil guardar silencio porque la sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha del mundo y de nosotros mismos. El hecho decisivo no es un tema de decibelios si no la hipermediatización, la conexión continúa, el incesante flujo de imágenes y palabras que se nos imponen y nos dificultan sobremanera el encontrarnos con nosotros mismos y con Dios.

Lo que propondré en estos artículos  es que nos asomemos al silencio del mundo y a nuestros propios silencios. Sabiendo que el silencio no es solo ausencia de ruido. En otros tiempos, afirma Alain Corbin[4], los occidentales  apreciaban la profundidad  y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra. En el camino que seguiremos descubriremos  que  Dios es Silencio y no solo Palabra, o mejor que es  Palabra que surge del silencio.

Así exploraremos el silencio en nuestros propios silencios y veremos como el silencio es bastante más elocuente de lo que pensamos, más aún, quizás descubramos que las distintas tonalidades de la vida solo son audibles en el silencio y que sin el silencio solo queda el ruido. Una vez que hayamos recorrido ese camino estaremos capacitados escuchar la Palabra que surgiendo de ese silencio nos desvela al mismo Dios que sale a nuestro encuentro. Después de todo  reaprendamos del silencio que,  al fin y al cabo, permite que nos encontremos  con nosotros mismos y con Dios.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

 

[1]Byung –Chul Han, El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, Herder, Barcelona 2014.

[2]Ortega y Gasset, J., La rebelión de las masas, Espasa, Barcelona 1999; Heidegger, M.,  Ser y Tiempo, Trotta, Madrid 2012.

[3]Picard, M., El Mundo del Silencio, Monte Ávila Editores, Caracas 1971.

[4]Corbin A., Historia del Silencio. Del Renacimiento a nuestros días, Acantilado, Barcelona 2019, p. 7.

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