¿Dios existe? Las razones de la fe II. Naturalismo versus teísmo

En la teología natural tradicional al plantear los argumentos de la existencia de Dios se suele hacer un elenco de ellos intentando  mostrar la razonabilidad de la posición creyente. Así por ejemplo las famosas vías de Santo Tomás de Aquino; del mismo modo, los críticos abordan cada uno de estos argumentos  por separado tratando de mostrar su inconsistencia. Los que afirman parecen tener la carga de la prueba, algo así como el fiscal ante el juez, a ellos parece corresponderles el aportar las supuestas pruebas a favor de lo que pretendían demostrar. Este planteamiento adolece de un defecto y, por ende, suele dar muy pocos frutos. En la cuestión de Dios el creer en Él es previo, uno no llega a creer o deja de creer por puras razones. Y, como nos enseña el mito d del cuerno de la eterna abundancia, uno siempre encuentra razones para defender aquello en lo que previamente cree. La realidad es que tanto el creyente en Dios y el creyente en la no existencia de Dios, son eso dos creyentes, ambos divergen en como entienden el fundamento de todo lo existente. El fundamento es un Qué, algo impersonal  sea lo que sea o un Quién, algo que se parece más a lo que entendemos  como espíritu o persona. Nadie tiene la carga de la prueba, todos tienen sus propias creencias y todos tienen que exponer las razones en las que se fundamentan. Seas  ateo,  agnóstico (el agnóstico por lo general no es más que un ateo encubierto), panteísta, monoteísta, deísta,  politeísta o lo que seas tendrás que presentar tu argumentos ante el tribunal de la razón, entonces al compararlos podremos tener elementos para decidir  que alegato  es el  más convincente.

Así pues todos partimos de una opción metafísica central[1] . La opción metafísica  informa sobre el conjunto de la realidad y el lugar del ser humano en ella. Podríamos decir que son como los anteojos  mentales que nos permiten contemplar la realidad, según sean estos los anteojos veremos el cosmos de un modo u otro. Por lo tanto estas opciones  no pueden ser refutadas por la experiencia dado que  son las que determinan como interpretamos esas mismas experiencias. Las afirmaciones metafísicas fundamentales  en la actualidad serían la opción teísta que afirma que existe Dios y la opción naturalista que niega su existencia.

El teísmo entiende a Dios como un ser trascendente, omnipotente, fundamento de toda una realidad que se considera creada por un acto de su voluntad. El teísta considera  que  el  designio divino provee al universo de unos dinamismos que posibilitan la aparición de  unas criaturas conscientes y libres (los seres humanos) que puedan participar de la propia vida divina. Obviamente el Dios del que habla el teísta  no puede entenderse más que desde claves    personales. Dios no puede ser algo impersonal, como por ejemplo la pura materia,  sino un Alguien de inteligencia y poder  absoluto,  totalmente libre.

La  postura naturalista,  la  más extendida entre el  ateísmo, sostiene que la realidad entera está formada por  cosas naturales  (entiéndase que todo es materia-energía); que no existe ni Dios, ni espíritus ni almas ni poderes o fuerzas sobrenaturales, y que la ciencias son, en último término, las que nos dicen que hay en el mundo y cómo se ha formado lo que existe. El naturalismo da por supuesto que debemos dejar de lado  todo tipo de misterio y limitarnos  a lo que considera  puros hechos.  Según su postura, dado que ni  en la formulación matemática, ni en el laboratorio, ni utilizando el microscopio  o el telescopio aparecen indicios de Dios, debemos deducir que Dios no existe. Para ellos si algo  merecería el nombre de dios sería el dios materia-energía, que sí es  medible, pesable y formalizable .

Ya desde el principio  debemos dejar claro que el naturalismo es  una opción metafísica  y no  una conclusión lógica  de la ciencia. La ciencia se compromete con los siguientes tres criterios : el primer criterio es el   de prohibir cualquier explicación teleológica (explicaciones que plantean el por qué y el para qué de las cosas), fuera de las acciones humanas la ciencia no se permite explicar nada apelando  a fines; el segundo criterio  es que todo ha de explicarse en último término mediante leyes naturales,  por lo tanto nunca puede utilizarse como hipótesis a Dios; finalmente, como tercer criterio se establece que el objeto de su estudio debe quedar limitado al  ámbito fenoménico,  o sea su campo es el de los fenómenos que puedan ser observados y, de alguna manera, medidos,   todo lo que exceda el marco de lo cuantificable queda fuera de sus posibilidades.  Por lo tanto  la ciencia, por sus propias limitaciones metodológicas, no puede ni afirmar ni negar la existencia de Dios.

Muchos pensadores, a pesar de los límites del método científico,  siguen  sosteniendo que todo lo que trasciende a la experiencia es incierto,  y  que el único conocimiento  válido es el que no se separa de la experiencia sensible, o sea el conocimiento científico. Para mostrarles su incoherencia  basta decirles que las ideas de libertad, de virtud, paz , democracia, justicia, orden belleza …y tantas otras no  proceden directamente de los fenómenos sensibles, no tienen carácter empírico y, sin embargo, ni los científicos ni la gente normal y corriente puede prescindir de ellas. De hecho, como iremos mostrando en esta serie de artículos, en las cuestiones esenciales las explicaciones puramente naturalistas adolecen de lo que podríamos llamar síndrome de Procusto[2] . Son explicaciones que  más que  dejar que la realidad, con toda su riqueza, hable,  terminan recortándola de  modo que quepa en el espacio que limitan sus presupuestos. De hecho, como dice Alejandro Llano[3],  el naturalismo secularista promete mucho pero el producto final  es un gigantismo de las ciencias positivas y un enanismo de la sabiduría humana.

Tenemos así dos grandes tesis metafísicas, la naturalista y la teísta,  desde la teoría del conocimiento podemos hacer tres afirmaciones importantes :

1- Ninguna puede demostrarse o refutarse definitivamente.

2- Todas y cada una de las experiencias  que tenemos se pueden  interpretarse a la luz de una de las dos tesis centrales.

3- A pesar de ello son comparables según el punto de vista racional y pueden sopesarse una respecto de la otra.

Retomando algunas ideas que ya expusimos  en el artículo anterior  debemos tener claro que   a Dios no lo podemos conocer directamente como si fuera un objeto más  de la experiencia, Dios, si existe es trascendente.  Así pues no encontraremos  pruebas que puedan convencer racionalmente a todas las personas. Eso no significa que no existan pero   argumentos   que pueden considerarse buenos, de hecho  nosotros trataremos de unos pocos que consideramos especialmente  relevantes.  Será, sin embargo,   el peso total de estos argumentos  el que puede llegar a darnos, frente a la postura naturalista,  una probabilidad   realmente formidable a favor de la existencia de Dios.

A la hora de sistematizar lo que podemos denominar como vías de acceso a la existencia de Dios proponemos aquí una sencilla clasificación que  permitirá ordenar los distintos argumentos. Concretamente distinguiremos aquellos que tienen que ver con el fundamento de la realidad (la existencia del cosmos, su funcionamiento, su  evolución, etc.) les llamaremos  metafísico-cosmológicos; aquellos  los que tienen que ver con la realidad del propia hombre,  con el sentido de la existencia, con su finalidad  a los llamaremos antropológicos ; como bisagra  entre los anteriores abordaremos aquellos que tiene que ver con la propia inteligibilidad y racionalidad del cosmos, al que llamaremos  epistemológicos. A lo largo de este recorrido podremos constatar que la opción teísta  parece más coherente que la opción naturalista.

Al realizar esta selección de argumentos  hemos tenido en cuenta bastantes  publicaciones recientes , pero sobre todo hemos tenido presente la experiencia que da el haber tratado sobre este tema como sacerdote y profesor de filosofía por más de veinticinco años.  A lo largo de estos años los diálogos con jóvenes y mayores, con personas que tenían grados de formación muy distintos me han hecho decantarme por estos argumentos como los mejores para proponer la razonabilidad de Dios en nuestro tiempo. En cierta ocasión le escuche  decir al profesor Juan Arana que en el fondo cada uno se propone sus propios argumentos con retazos tomados de otros, aquí os propondré los míos pero ustedes, si les interesa,  también tendrán que repensarlos para poder reelaborar los suyos. A muchos este esfuerzo les parecerá baladí, a otros, entre los que me encuentro, el esfuerzo merecerá la pena especialmente en un tiempo en el que se nos urge a dar razones de nuestra fe.

 Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] H. Tetens, Pensar a Dios. Un ensayo de teología racional, Sígueme, Salamanca 2017.

[2] Procusto era el apodo del mítico posadero de Eleusis. Procusto  a sus inquilinos les obligaba a acostarse en una cama de hierro, y a quien no se ajustaba a ella, porque su estatura era mayor que el lecho, le serraba los pies que sobresalían de la cama; y si el desdichado era de estatura más corta, entonces le estiraba las piernas hasta que se ajustaran exactamente al fatídico catre. Según algunas versiones de la leyenda, la cama estaba dotada de un mecanismo móvil por el que se alargaba o acortaba según el deseo del verdugo, con lo que nadie podía ajustarse exactamente a ella y, por tanto, todo el que caía en sus manos era sometido a la mutilación o el descoyuntamiento.  Esta leyenda del lecho de Procusto sirve como metáfora para referirse a quienes pretenden acomodar siempre la realidad a la estrechez de sus intereses o a su particular visión de las cosas.

[3] Alejandro Llano, En busca de la trascendencia. Encontrar a Dios en el mundo actual, Ariel, Barcelona 2007.

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