Cristo ha resucitado ¡Aleluya!

     ¡Aleluya! es el grito que rompió el velo de las tinieblas para que la luz brotase a borbotones en la noche de la Pascua. ¡Aleluya!, grito de sorpresa: la Vida ha vencido a la muerte, y se pasea entre cánticos de gozo. ¡Aleluya!, grito de alegría: el vacío del sepulcro es el signo luminoso de su presencia: ¡Ha resucitado y la alegría ilumina nuestro rostro! ¡Aleluya!, grito de esperanza: el dolor ya no es la antesala de la muerte, es sólo un paso al encuentro jubiloso con Dios. ¡La muerte no tiene la última palabra, la vida florece por doquier! ¡Aleluya!, grito de amor: el silencio del desamor humano ha saltado en pedazos ante el grito de amor del Padre por su Hijo: ¡Dios le ha resucitado, nada puede separarnos de su amor! 

     ¡Aleluya, es el grito… Aleluya, es nuestro grito… Porque cada uno participamos de este gozo: ¡Resucitó por mí, porque murió por mí! Y ahora, caminemos con la frente alta: somos un pueblo redimido y salvado. No tenemos que esconder nuestro rostro ante la culpa que suponía haber entregado a la muerte al mejor de los mortales, Hijo de Dios. Dios, el Señor de la vida, ha resucitado a su Hijo y nos lo entrega de nuevo como Hermano.
     ¡Aleluya! es el grito, que oiremos en las fiestas de la Pascua hasta el día también grandioso de Pentecostés, cuando el Resucitado conviene que se marche para que venga el Espíritu, que nos lo mostrará todo y nos adentrará en la compañía amable de la Iglesia que nos conduce al Reino de Dios.
     Cuarenta días, medidos con el egoísmo del pecado y la humanidad caída, duró nuestra Cuaresma de dolor, arrepentimiento y austeridad… Cincuenta días medidos con el tiempo de la eternidad de la Resurrección durará este tiempo de Pascua para gritar desde una fe viva: ¡Aleluya, Cristo el Señor ha resucitado. Aleluya! Pero, el Resucitado no es un fantasma. Cristo Resucitado se hace más cercano aún al hombre: junto al mar, parece un ribereño; en el huerto del sepulcro, un hortelano; en el camino de Emaús, un viajero solitario. El Resucitado, que un día compartió la historia humana en el cuerpo frágil de Jesús de Nazaret, sigue vivo y encarnado entre nosotros y podemos aún reconocerlo cada día en el misterio oculto de la Eucaristía y, también, en la humanidad del pobre y desvalido. ¡Aleluya! es el pregón y el eco de nuestra Iglesia.
 
 

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