Carta Pastoral: XXV Jornada Mundial de la Vida Consagrada «La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido”

Queridas consagradas y consagrados:

Todos juntos, como dice este año el lema de vuestro día, sois una parábola de fraternidad. Todos y unidos sois una llama encendida de entrega generosa y total al Señor, con una misión pluriforme de vida, verdad, luz, sanación, redención… en la que en cada época y situación vais construyendo, en la variedad de vuestros servicios y en la diversidad de vuestra riqueza carismática, un mundo-reino de fraternidad entre vosotros y para la humanidad.

No camináis por un camino seguro y en calma, sabéis que por carisma, en vuestro camino, en cada paso que dais sois testigos de los múltiples accidentes que se pueden encontrar en la vida. Como bien dice el lema de vuestro Jornada, sois para un mundo herido, y en la Iglesia sois para estar en primera línea del hospital de campaña que ella es. Desde cada uno de vuestros institutos, congregaciones, y demás formas de consagración os pasáis la vida pendientes del herido encontrado, mientras hacéis el camino de vuestra vocación y carisma; todos y cada uno de vosotros sois el buen samaritano. A eso dedicáis la misión de vuestra vida consagrada, sin ponerle ningún limite a la entrega, ni siquiera cuando ya llegáis a cierta edad. Todas y todos estáis pendientes del ser humano asaltado o accidentado para curarle las heridas y para estar atentos a las situaciones peligrosas que se crean en nuestro caminar por este mundo.

¡Qué bien definidos estáis cuando se os dice que sois parábola de fraternidad! Allí donde hay una necesidad espiritual, corporal, intelectual, social o cultural estáis haciendo el seguimiento sanador que necesita cada cual, cada situación, cada colectivo. Lo hacéis en nombre de Jesucristo, a quien vosotros entregáis vuestra vida y en nombre de la Iglesia, en la que representáis una experiencia carismática del Espíritu, con creatividad y libertad. Por eso, la Iglesia os contempla en esta Jornada con especial cariño, respeto, admiración por vuestra diversa, rica y unida laboriosidad.

Vuestro Obispo, en Jaén, quiere ofreceros su estímulo, gratitud y oración por lo que todos y todas ofrecéis en este especial territorio, que vuestros fundadores y predecesores supieron descubrir como un lugar de servicio, conscientes de que vuestra presencia entre nosotros iba a ser, como realmente lo es, especialmente útil en la curación de las heridas que la sociedad giennense tenía y sigue teniendo.

Os reconocemos como los que habéis sido elegidos por el Señor, para traer su servicio en medio de este porción de mundo, el giennense, que, como acabo de decir, no es ajeno a los dolores, las tristezas, las luchas, y las angustias que la fragilidad humana presenta, cada día, entre nosotros. Somos conscientes de que servís a vuestros hermanos con generosidad y creatividad, para  trasformar, poco a poco, todas las heridas en salud, todos las tristezas en alegrías, todas las angustias en esperanza.

Por eso los obispos de la Conferencia Episcopal Española, en su comisión para la Vida Consagrada, dicen de vosotros que sois “fraternidad divina que es humana; fraternidad humana que es divina”. No es un juego de palabras, es el reflejo de lo que realmente sois en vuestra consagración comunitaria y servidora.

Esa consagración la renovaréis como cada año en la fiesta de la Presentación del Señor, el día 2 de febrero. Normalmente soléis reflejar la parábola, que es vuestra vida, en un encuentro diocesano, presidido por el Obispo, en el que renováis públicamente ante el pueblo cristiano vuestra consagración.

Este año, sin embargo, la herida común, que es la pandemia de la COVID-19, no nos permite hacerlo juntos, sería por nuestra parte una imprudencia. Por eso lo haréis cada cual en vuestra comunidad; pero no os olvidéis en qué Iglesia Diocesana estáis, en qué lugar servís, en qué situación veis el sufrimiento del mundo al que servís.

Os pido que recéis por mí, Pastor de la Diócesis, y por el sueño misionero en el que estáis caminando sinodalmente con los otros sectores del Pueblo Santo de Dios. Yo rezaré por vosotros y vosotras, para que siempre seáis, si es posible mejor, con muchas y nuevas vocaciones, una auténtica parábola de amor y servicio a los hombres y mujeres de nuestro mundo. Sobre todo que reflejéis la aspiración común de toda la familia humana, que seamos fratelli tutti.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Compartir: