Carta Pastoral- La parroquia en conversión pastoral

LA PARROQUIA EN CONVERSIÓN PASTORAL

La renovación misionera no se hará sin la parroquia

Dos documentos de este verano

Acaban de publicarse, durante el verano, dos esplendidos documentos de la Santa Sede, que llegan en un tiempo en el que quizás nuestra situación de mayor recogimiento, por la pandemia de la Covid-19, nos ha dado la oportunidad de acogerlos, estudiarlos y valorarlos mejor.

Me estoy refiriendo al Directorio para la catequesis, del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización y ahora últimamente al que lleva por título: “La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia”, de la Congregación para el Clero. Confieso que el uno y el otro los he recibido con gozo y gratitud; ambos aparecen en un momento especialmente importante en la vida pastoral de la Iglesia.

Por eso, enseguida me sentí llamado a conocerlos. Lo hice como Obispo de una diócesis en la que estamos ocupados en una renovación pastoral en clave misionera y que camina, desde hace cuatro años, en “el sueño misionero de llegar a todos”. También me han interesado ambos documentos por mi condición de presidente de la Comisión Episcopal para la Evangelización de la CEE. Hare, por tanto, una sencilla valoración de cada uno, porque el uno y el otro, aunque se enriquecen en las mismas fuentes y son complementarios, tienen origen y objetivos diversos.

No le sobra ni la falta nada

En esta carta, me voy a referir al Documento de la Congregación para el Clero sobre la conversión pastoral de la parroquia. Lo leí y estudié desde mi experiencia como párroco, como Vicario de Evangelización y General, como animador de un Sínodo Diocesano en mi diócesis de origen. Y ya siendo obispo, de otra diócesis, tuve la fortuna y la oportunidad de vivir otro Sínodo, de promover el trabajo en comunión y de trabajar en clave misionera.

Tengo que empezar diciendo que, una vez que he entrado en su fondo argumental, a mi entender, considero que no le sobra nada al documento. Ni en su primera parte, muy valorada por todos, ni en la segunda, más centrada en el Derecho Canónico, en la que tampoco sobra nada; aunque ésta, según parece, ha sido rechazada por algunos. En mi opinión, es un magnífico instrumento para el objetivo que se propone: la conversión pastoral de la comunidad parroquial.

 Inspirada en el magisterio de los últimos Papas

En todo el documento se recoge el rico magisterio de los últimos Papas sobre la parroquia y, en especial, la propuesta pastoral que, para ella, hace Evangelii Gaudium. En todo su contenido se pone a prueba a la parroquia con la invitación a una conversión pastoral. También supone una evidente muestra de confianza en esta institución, a la que no se puede considerar como caduca, sino como muy válida para algo esencial en la vida y misión de la Iglesia, la tarea permanente de evangelizar. En el fondo se dice que la renovación misionera no se hará sin la parroquia. «La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la Comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo “la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas”[1].

Se puede muy bien decir que se le da a la Iglesia más encarnada y cercana a la realidad, la oportunidad de hacer una reflexión y de buscar caminos nuevos para la experiencia y el anuncio del Evangelio. Su desafío será: encontrar modalidades de cercanía y proximidad para acompañar la vida de la gente en sus situaciones concretas. «La parroquia ha de ser perfeccionada e integrada en muchas otras formas, pero ella sigue siendo todavía un organismo indispensable de primaria importancia en las estructuras visibles de la Iglesia», para «hacer de la evangelización el pivote de toda la acción pastoral, cual exigencia prioritaria, preeminente y privilegiada»[2]. Como recordaba al Papa Benedicto XVI: «la parroquia es un faro que irradia la luz de la fe y así responde a los deseos más profundos y verdaderos del corazón del hombre, dando significado y esperanza a la vida de las personas y de las familias”[3].

Convocada en la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía

Se trata, por tanto, de una llamada a una conversión pastoral activa que haga de nuestras comunidades parroquiales centros en los que se impulse el encuentro con Jesucristo y cauces adecuados para la evangelización del mundo actual. Naturalmente, se recuerda y se repite que esto solo se puede hacer si se adopta en las comunidades cristianas una decidida opción misionera «capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación»[4].

Un primer paso, que dará la parroquia para la conversión que se le pide, será el de ponerse a la altura de la situación social, cultural y religiosa del momento presente; al que ha de mirar con fe y confianza en el Señor. Por ahí ha de empezar una reconversión que la rejuvenezca y la aleje de sus posibles viejos errores y vicios, que de todo puede haber cuando se cae en la rutina y en la burocracia. Para dar este primer paso, la vida de la parroquia ha de situarse en lo esencial: será comunidad convocada en torno a la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía. La comunidad parroquial ha de tomar clara conciencia del protagonismo de la Palabra y de que la Celebración Eucarística es sustancial para su vida y misión.

A partir de ahí la parroquia ha de verse como lugar fundamental del anuncio evangélico, de la celebración de la Eucaristía, espacio de fraternidad y de caridad, del cual se irradia el testimonio cristiano en el mundo. «La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y de la celebración», y «es comunidad de comunidades»[5]. Para ser de verdad lo que es, la parroquia estará abierta a la acción del Espíritu Santo, que ha de ser el animador de su vida y de su constante discernimiento sobre sí misma. Es el Espíritu el que muestra el rostro de la Iglesia como Pueblo de Dios y como casa entre las casas.

Todos agentes de evangelización

El Papa Francisco recuerda que «a través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización»[6]. Siempre ha de alentar a sus fieles a que vivan un clima espiritual propio y ha de formar a sus miembros para que sean agentes evangelizadores: discípulos misioneros. Solo de este modo la parroquia puede ser un signo permanente de la presencia del Señor Resucitado en medio de su Pueblo.

Porque la parroquia es encarnación de Jesucristo vivo y activo en la comunidad humana; por eso es imprescindible cuidar entre sus miembros el sentido de pertenencia; es la pertenencia lo que configura el espacio y el tiempo de la acción pastoral de cada cristiano. De hecho, es la radicación en la que uno vive cotidianamente su fe y su vida cristiana. A la parroquia se pertenece por adopción.

La parroquia, lugar de comunión fraterna

Con estos criterios y principios recogidos en el documento, se puede realmente construir un modelo pastoral misionero y sinodal, en el que se pongan a su servicio las necesarias sinergias entre ministerios y carismas, y una colaboración efectiva y vital entre presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos. Poniendo cada uno sus carismas, deberes y servicios, la parroquia «debe permanecer como un puesto de creatividad, de referencia, de maternidad. Y actuar en ella esa capacidad inventiva; cuando una parroquia va adelante así se realiza lo que llamo “parroquia en salida”[7].

El objetivo de ese modelo pastoral será el de identificar juntos las preguntas, dificultades y desafíos respecto de la evangelización, tratando de integrar vías, instrumentos, propuestas y medios adecuados para afrontarlos. Se significa, además, que la parroquia ha de ser un lugar para descubrir y vivir la fraternidad y para situarse comunitariamente en la cultura del encuentro en el que se promueve el diálogo y la escucha. Todo se hará de tal modo que se favorezca el estar juntos y, por eso, todos en ella, están llamados a la comunión y a la unidad, para que la parroquia sea inclusiva y tenga puesta la mirada en los últimos. Y, para esto, “es preciso un renovado dinamismo, que permita redescubrir la vocación de cada bautizado a ser discípulo de Jesús y misionero del Evangelio, a la luz de los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio posterior”[8].

La pastoral de conjunto, por tanto, además de la coordinación responsable de las actividades y estructuras pastorales capaces de relacionarse y colaborar entre sí, requiere la contribución de todos los bautizados, que siempre se entienden con criterios eclesiales. «Cuando hablamos de “pueblo” no debe entenderse las estructuras de la sociedad o de la Iglesia, sino el conjunto de personas que no caminan como individuos sino como el entramado de una comunidad de todos y para todos»[9].

Con un dinamismo de salida

Esto exige que la histórica institución parroquial no permanezca prisionera del inmovilismo o de una preocupante repetitividad pastoral, sino que ponga en acción un “dinamismo de salida”, que esté orientado a su misión evangelizadora. La renovación evangelizadora requiere nuevas tareas y propuestas pastorales diversificadas, para que la Palabra de Dios y la vida sacramental puedan alcanzar a todos, de manera coherente con el estado de vida de cada uno”[10]. Este empeño será tarea de todo el Pueblo de Dios, que camina en la historia como “familia” y, en la sinergia de sus diversos miembros, trabaja para el crecimiento de todo el cuerpo eclesial”[11]. “Los diferentes componentes en los que la parroquia se articula están llamados a la comunión y a la unidad. En la medida en que cada uno, habiendo recibido su propia complementariedad, la pone al servicio de la comunidad, por un lado, se puede apreciar la plena realización del ministerio como pastores tanto del párroco como de los sacerdotes que colaboran y, por otro, emerge la peculiaridad de los diversos carismas de los diáconos, las personas consagradas y los laicos, para que cada uno trabaje en la construcción del único cuerpo (cfr. 1 Cor 12,12)”[12].

Buscaremos un modelo renovado de parroquia

Aprovecho para deciros que este documento que os estoy comentando será la base para algo importante que aún nos queda por hacer, una vez que hayamos concluido el desarrollo de nuestro Plan Diocesano de Pastoral. A lo largo de este año seguiremos centrados en el servicio de la caridad, y así completaremos lo que habíamos programado hace cuatro años. Lo que venga, como no puede ser de otra manera, será evaluar.

Recogiendo los estímulos que nos están llegando, sobre todo con este documento sobre la parroquia y su renovación pastoral, entre todos, si me seguís acompañando como hasta ahora, intentaremos corregir el rumbo de lo que estamos haciendo en la diócesis y en las parroquias. Primero nos preguntaremos qué hacemos porque así se ha hecho siempre; y si descubrimos que “la mera repetición de actividades sin incidencia en la vida de las personas concretas, resulta un intento estéril de supervivencia, a menudo acogido con una general indiferencia. Si nos damos cuenta de que no vivimos del dinamismo espiritual propio de la evangelización y que la parroquia corre el riesgo de hacerse autorreferencial, después intentaremos encontrar un modelo de parroquia que sepa identificar perspectivas que permitan la renovación de las estructuras pastorales tradicionales en clave misionera”.[13]

Nuestra pregunta inicial será, ¿qué estamos haciendo porque siempre se ha hecho así? No hay nada malo, como a veces se puede dar a entender, en hacerse esta pregunta; al contrario, es algo positivo; porque, al preguntarnos esto, siempre descubrimos lo válido que hemos recibido de la tradición, pero también aquello en lo que hemos de cambiar. A partir de ahí, todo será nuevo. Si somos capaces de darle un exhaustivo repaso a la vida de la parroquia en todas sus expresiones, en la actuación de todos sus miembros, en el estilo con el que nos movemos, orientaremos lo que hacemos con una permanente renovación espiritual, al servicio del crecimiento de la fe, sintiéndonos cada día más discípulos y saliendo de nosotros mismos para ser más misioneros.

Una renovación de todos en camino

Lo haremos juntos, tal y como lo hemos hecho en estos últimos años; y asumiremos esta recomendación: “cada proyecto debe situarse en la vida real de una comunidad e insertarse en ella sin traumas, con una necesaria fase previa de consultas; luego, su implementación progresiva y, finalmente, una evaluación.”[14]. Y tendremos muy en cuenta, ¿cómo no?, esta advertencia: “Esta renovación, por supuesto, no solo concierne al párroco, ni puede ser impuesta desde arriba, excluyendo al Pueblo de Dios”[15]. No obstante, “para ser fieles al mandato de Cristo, los pastores, y en modo particular los párrocos, “principales colaboradores del Obispo”, deben advertir con urgencia la necesidad de una reforma misionera de la pastoral”[16].

La conversión pastoral de las estructuras implica la conciencia de que «el Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. Cada vez que, como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza, erramos el camino. Cada vez que intentamos suplantar, acallar, ningunear, ignorar o reducir a pequeñas elites al Pueblo de Dios en su totalidad y diferencias, construimos comunidades, planes pastorales, acentuaciones teológicas, espiritualidades, estructuras sin raíces, sin historia, sin rostros, sin memoria, sin cuerpo; en definitiva, sin vida. Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial»[17].

En espacios de comunión

El clero no realiza solo la transformación requerida por el Espíritu Santo, sino que está involucrado en la conversión que concierne a todos los miembros del Pueblo de Dios. Por tanto, se requiere «buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación, para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse»[18]. El presente documento, además de poner en evidencia la urgencia de tal renovación misionera, en una segunda parte muy válida y coherente con la teología de la Iglesia, aunque quizás sea menos aparentemente atractiva, presenta el modo de aplicar la normativa canónica, señalando posibilidades, límites, derechos y deberes de pastores y laicos.

Esos espacios de comunión y esas mediaciones son las manos con las que en nuestra acción pastoral se manifiesta el espíritu sinodal, y con las que se puede concretar un sueño común con la aportación de todos, aunque seamos diversos. Como recuerda el Papa Francisco, la sinodalidad siempre es poliédrica. «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad»[19]. Sigue recordando el Papa que la acción pastoral ha de procurar recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno: «La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos»[20].

Las manos de la sinodalidad son los sínodos diocesanos y los consejos del presbiterio y de pastoral, así como los consejos de pastoral parroquiales y los de asuntos económicos. También se ejerce la sinodalidad en Asambleas Diocesanas, Arciprestales y Parroquiales. A través de las Asambleas y consejos los cristianos podemos expresar ese don espiritual, el don de consejo, que todos recibimos del Espíritu Santo. Para el ejercicio del don de consejo es necesaria la maduración de sus miembros con una formación espiritual profunda, con un gran sentido de Iglesia y una mirada competente y misericordiosa sobre la Iglesia y el mundo.

La sinodalidad, dimensión constitutiva de la parroquia

La sinodalidad es una dimensión constitutiva de la parroquia, no es un aspecto opcional que pueda o no encontrarse en ella, es algo que define todas las relaciones en el seno del Pueblo de Dios. La sinodalidad ha de permear y estructurar toda su vida: la relación entre sus miembros, toda la organiza­ción pastoral, el modo con que se toman las decisiones sobre las cuestiones importantes, las dinámicas que se generan en el día a día de la vida eclesial, etc. Si la Iglesia no es sinodal, perdería una característica fundamental de su ser y de su obrar, como «comunión de personas convocada por Dios Padre en Cristo Jesús, por medio del Espíritu Santo». Ante la duda que algunos tienen de que esto sea posible con las condiciones y estructuras actuales, yo me pregunto: ¿por qué no es válido para nosotros lo que condujo la vida de la Iglesia en su caminar unidos a lo largo de los últimos veinte siglos?

En un clima de hondura espiritual

Tendrá, no obstante, todo, un fuerte clima de oración, de hondura espiritual, de escucha de la Palabra, de contemplación, de fraternidad, de compromiso, de generosidad, de tolerancia, de servicio, de creatividad y de lucidez para mirar con ojos de fe los signos de los tiempos. Si se hace así, cada parroquia tendrá un núcleo comunitario, que se agrande interiormente y también crezca en el número de sus miembros, todos con un auténtico espíritu misionero; capaces de ofrecer la pasión por Dios y la pasión por los hombres sus hermanos, con predilección por todos los que manifiesten pobrezas a las que hay que acompañar.

En fin, espero haber interesado a sacerdotes, consagrados y laicos en el conocimiento de este documento. Espero que lo leáis. Con el tiempo prepararemos unos materiales de estudio, reflexión y diálogo y, de ese modo, lo ofreceremos para que sirva de guía para la renovación pastoral de nuestras parroquias.

Con Santa María, Madre Sinodal

Pongo en manos de la Santísima Virgen de la Cabeza estos deseos pastorales de la Iglesia universal, que nosotros haremos nuestros en Jaén, la Diócesis del Santo Reino. Ella camina con nosotros desde el primer sínodo, el de Pentecostés. Ese fue el sínodo del envío, el de la misión, el del primer paso en el anuncio del Evangelio, el de la proclamación del kerygma, el del estreno misionero del Espíritu con los Apóstoles y María.

Jaén, 31 de agosto de 2020

 

 + Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén
Presidente de la Comisión Episcopal de Evangelización

 

 

 

 

[1] EG. 28

[2] Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en la Plenaria de la Congregación para el Clero (20 de octubre de 1984), nn.3 y 4.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la visita pastoral a la parroquia romana Santa María de la Evangelización (10 de diciembre de 2006).

[4] Congregación para el Clero. La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia (29 de junio de 2020),nn.6.

[5] Cfr. idid.n.27.

[6] Cfr. idid.n.13.

[7] Francisco, Encuentro con los Obispos polacos, Cracovia

[8] Congregación para el Clero. La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia (29 de junio de 2020),nn.11.

[9] Francisco, Exhortación apostólica post-sinodal Christus vivit (25 de marzo de 2019), n.231.

[10] Congregación para el Clero. La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia (29 de junio de 2020),nn.18.

[11] Cfr. idid.n.123.

[12] Cfr. idid.n.28.

[13] Cfr. idid.n.17.

[14]  Cfr. idid.n.36.

[15] Cfr. idíd.n.37.

[16] Cfr. idid.n.32.

[17] Cfr. idid.n.37.

[18] Cfr. idid.n.37.

[19] EG 236.

[20] EG 237.

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