Carta Pastoral Jornada Pro Orantibus: «A la que viven en el corazón de la Trinidad»

Queridas hermanas contemplativas:

Os ha tocado en suerte celebrar Jornada de la Iglesia que llama la atención sobre vuestra vocación y vuestra vida, justamente en la fiesta más significativa del Año Litúrgico. No se trata de comparar unas fiestas con otras, porque cada una recoge la riqueza de gracia que el Señor nos ha regalado en el tiempo, para que gocemos de los misterios de nuestra fe. Pero es evidente que celebrar a la Santísima Trinidad, como dirían nuestros jóvenes, es “una verdadera pasada”. Es evocar a Dios mismo en su ser y en su relación, como decimos en la teología, en su economía de salvación.

En la contemplación de ese misterio, cada año la Iglesia mira con afecto maternal a quienes habéis optado por vivir en el corazón de la Trinidad Santísima. Ese corazón está en vuestros Monasterios como don de Dios, por eso irradiáis tanta alegría y gratitud y sois la mejor expresión en la Iglesia de la alegría del Evangelio. Estáis en el corazón de la Trinidad porque solo el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo acerca y abre al amor de los hermanos, especialmente cuando sufren y buscan. Es por eso que la “vida consagrada es una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad”. Vosotras sois quienes, de un modo más puro, unís la fidelidad amorosa a Dios y la fidelidad servidora al hombre, al ser humano.

Este año, justamente, celebramos esta Jornada en la compañía sufriente de toda la humanidad, que está pasando por una terrible crisis sanitaria la de la COVID- 19 y otras crisis que han sobrevenido sobrevendrán. Como sabéis muy bien, ante esta situación corre por el mundo un clamor, el de las preguntas, los deseos, la búsqueda de un cambio que mejore nuestra humanidad. En vuestro caso ese clamor se hace con oración y contemplación, por solidaridad con todos y porque también muchas de vosotras habéis sido también víctimas en vuestros monasterios del dolor e incluso de la muerte, que a tantos ha afectado en esta terrible pandemia.

Este año, la Iglesia ha querido que en esta Jornada se ponga de relieve vuestra preciosa cooperación en estos ya muy largos días de sufrimiento: “La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor humano”, dice el lema. En verdad es así el estilo de vida que elegís las contemplativas; aunque muchos, sin embargo, no perciban los beneficios que se reciben de vuestra vida. Pero ¡sois tan necesarias! Si muchos supieran lo que le dais a la humanidad que tantos problemas tiene y tantas situaciones difíciles, complejas y dolorosas padece. Me gustaría decir, a modo de grito, para un despertar de cierta humanidad dormida a los bienes de Dios, lo que en verdad sois vosotras.

Lo digo con lo que han escrito los Obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada: “Allí, en lo escondido de su corazón, donde están a solas con el Amigo, se unen a todos los seres humanos, especialmente a quienes están heridos, y desde ese lugar de encuentro sagrado aprenden y enseñan a llamar a todos amigos. No puede ser de otro modo, porque la forma más radical de hospedar al prójimo es hacerlo en el Dios que nos ha creado hermanos todos. Esta es la vía por la cual la vida contemplativa despliega su servicio al mundo y canta su bienaventuranza escatológica. Como dijo san Agustín, «bienaventurado el que te ama a ti, Señor; y al amigo en ti, y al enemigo por ti, porque solo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en aquel que no puede perderse» (Confesiones IV, 9, 14).

Si se llega a entender lo que estas palabras dicen de vosotras, se comprenderá, con gratitud, que lleváis al ser humano en vuestras entrañas y todos sabrán que no hay vida más útil, necesaria y rica que la de aquellas que ponen en el corazón de la Trinidad la fuerza luminosa de su intercesión. Nadie es mejor enfermera, mejor médico, mejor celador en el “hospital de campaña”, que es la Iglesia, que aquellas, que, sin salir a la calle, traen las calles y las casas a su corazón orante, y así están siempre al servicio de los heridos y apaleados en el camino de la vida.

Por eso, invito a todos, en nuestra Iglesia de Jaén, a que cuiden con su oración, su afecto, identificación, cercanía y ayuda a nuestros Monasterios de contemplativas. De un modo especial os invito a uniros conmigo en esta oración:

Señor, Dios Padre, Señor Dios Hijo, Señor Dios Espíritu Santo, llenad el mundo de amor salvador y, para que ese fuego divino no se apague y lleve a la sanación a todos, llenad nuestros Monasterios de contemplativas de la vocación de quienes saben elegir la mejor parte para su vida y la ponen al servicio de la misión que Tú, Dios Trinidad, le has dado a tu Iglesia. Te lo pedimos porque somos conscientes de que es en estos espacios de corazón y vida en los que has derramado tu amor divino y, por eso, es donde mejor se vive en el “sueño misionero de llegar a todos”. Amén.

Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

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