Carta Pastoral en la II Jornada Mundial de los Abuelos: “En la vejez seguirán dando fruto” (Sal 92,15)

La figura de los abuelos forja uno de los pilares más arraigados, profundos y entrañables en la vida de cada niño. Aquellos que tienen la posibilidad de conocer a sus abuelos y disfrutarlos poseen, desde su niñez, un gran tesoro que se instala en el corazón y que se mantiene de por vida. El testamento vital que cada abuelo deja a sus nietos está alejado de cualquier riqueza material, pero vale más que cualquier piedra preciosa. Es el regalo de la sabiduría que atesoran los años, la experiencia de lo que han vivido, la vida que han entregado a sus hijos, a sus nietos, a la sociedad en la que se han desarrollado humana y profesionalmente… y que nunca podremos agradecerles lo suficiente.

Por segundo año consecutivo, la Iglesia universal, convocada por el Santo Padre, está llamada a celebrar, con alegría, la Jornada Mundial de los Abuelos y mayores, que en torno a la fiesta de los abuelos de Jesús, San Joaquín y Santa Ana, este año se conmemora el domingo, 24 de julio.

El lema escogido por el Papa Francisco para esta jornada está extraído del Salmo 92 “En la vejez seguirán dando fruto” (Sal 92,15) y con él, el Sumo Pontífice quiere recordar que los que atraviesan la vejez tienen una misión importante en la vida. Están llamados a ser “artífices de la revolución de la ternura” y a “liberar juntos al mundo de la sombra de la soledad y del demonio de la guerra”. Así, el Papa invita a redescubrir esta etapa como “el don de una larga vida”.

 Los abuelos y mayores son los auténticos custodios de nuestra infancia; de aquellos años que ellos vivieron con entusiasmo y de los que nosotros carecemos de recuerdos. Ellos son capaces de recordar el anuncio de nuestro nacimiento, cuándo dimos nuestros primeros pasos, o cuáles fueron nuestras primeras palabras. Son las raíces de nuestro árbol generacional y para ellos somos su futuro, su esperanza. La tarea de los abuelos y mayores, alejada de la que tuvieron que ejercer como padres, es fundamental en el desarrollo emocional de cualquier persona, y con su acción de amor infinito, de protección y de cuidado hacen de nuestras vidas unas más plenas y de las sociedades unas más sólidas, porque contienen el peso de la experiencia y de la sabiduría. Y esa entrega debe ser, de alguna manera, recompensada por los hijos y los nietos, como reconocimiento y gratitud a todo lo que han hecho y hacen por nosotros.

La soledad es, desgraciadamente, en muchos casos, la única compañera de los abuelos y mayores al final de sus días. Personas que no reciben las visitas de sus hijos o nietos, que esperan, con ilusión, una llamada de teléfono, que aguardan una visita, o que los nietos les lleven a casa sus notas escolares o les presenten a sus primeras novias. Es obligación moral de cada uno de nosotros ofrecerles, cariño, compañía, comprensión. Acompañarlos en la enfermedad, hacerlos sentirse parte de lo que un día ellos forjaron desde el amor: su familia, y animarlos a seguir ofreciendo a los suyos, y también al mundo, lo mejor de sí mismos, que es verdadera sabiduría para las nuevas generaciones.

El Papa Francisco en su mensaje para esta Jornada invita a los abuelos y a los mayores a seguir dando fruto y les propone vivir de manera particular la dimensión de la oración. Ésta –señala el Santo Padre– es “el instrumento más valioso que tenemos, y que es el más apropiado para nuestra edad”. Y es que una “invocación confiada puede hacer mucho, puede acompañar el grito de dolor del que sufre y puede contribuir a cambiar los corazones”. ¡Qué niño no ha aprendido a persignarse o a rezar de la mano de su abuela!; ¡qué joven no se ha sentido arropado por la oración de sus abuelos ante cualquier examen o situación difícil!; ¡qué abuelos no han pedido la intercesión de María por sus nietos cuando los han visto tomar caminos equivocados!

Este año, además, la Jornada de los abuelos y mayores llega con un regalo. La Penitenciaría Apostólica ha concedido la Indulgencia Plenaria a todos los ancianos que participen en las liturgias celebradas con motivo de la Jornada, y a todos aquellos que en los días inmediatamente anteriores o posteriores a la Jornada visiten a un anciano que esté solo. La visita, de hecho, escribe el Papa Francisco en el mensaje para la Jornada, «¡es una obra de misericordia de nuestro tiempo!».

Pidamos la intercesión de los padres de la Santísima Virgen María, Santa Ana y San Joaquín, para que acojamos con amor a los abuelos y mayores. Para que sea nuestra generosidad grande con ellos, en gestos y oraciones, y que nunca se sientan los últimos, los olvidados, los descartados, sino aquellos sobre los que se asientan las raíces de nuestro futuro.

Con mi afecto y bendición,

 

Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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