Carta del Obispo a los Catequistas: «Bautizados y enviados»

 

Queridos catequistas:

Supongo que estaréis diciendo: “este obispo le escribe a todo el mundo menos a nosotros”. Tenéis razón, pero no se trata de un olvido. Siempre pensé en dejaros para el final, quizás porque pensaba que las cartas que he dirigido a los niños y a los padres, necesariamente tendrían que pasar por vuestras manos. Estaba totalmente seguro de que los sacerdotes os iban a pedir que fuerais vosotros los encargados de hacerlas llegar a vuestros grupos de catequesis. Haya sido esto así o no, ahora sí me dirijo a vosotros para recordaros la importancia de vuestra misión.

  1. Pioneros de una Iglesia corresponsable

Pienso que no exagero, porque algo sé de este tema, si digo que vosotros habéis sido los verdaderos pioneros de una Iglesia en corresponsabilidad. Cuando hace 50 años un servidor comenzó su ministerio sacerdotal, recuerdo que tuve la oportunidad de participar en una reunión del Secretariado Nacional de Catequesis, invitado por gentileza de mi director diocesano. Quizá lo hizo porque mostré interés en mis estudios en el seminario por la asignatura de catequética. Os digo que estar, siendo tan joven, entre aquellos sabios, supuso asomarme a la ventana de un mundo que ya llevaba cierto tiempo abierto a la renovación.

  1. Del catecismo a la catequesis

Recuerdo perfectamente que en aquellas Jornadas nos presentaron a unas veteranas catequistas, entre las que, al menos una, que yo recuerde, era de la Diócesis de Jaén. Eran mujeres que, en aquel momento, suponían una cierta excepción en lo que se refiere a la participación de los laicos en la transmisión de la fe. En general, eran unas venerables maestras que, sin envío de la comunidad, hacían lo que siempre habían hecho en la escuela: enseñar el catecismo. Sin embargo, era admirable cómo lo hacían: con unos métodos y modelos muy creativos para la época. Ya no era sólo el aprendizaje de memoria de las preguntas y respuestas del catecismo. Se estaba pasando del catecismo o la doctrina a la catequesis.

  1. Una vocación bautismal

En Jaén vino enseguida el impulso de un gran obispo catequista, Don Miguel Peinado, que animó la catequesis con especial esmero y formó en torno a él una excepcional escuela de catequistas, de la que aún hay memoria pastoral entre nosotros. Eran tiempos en los que todo se fue moviendo en un dinamismo renovador de la Iglesia en la catequesis. Influidos por el recién finalizado Concilio Vaticano II, se hizo habitual la participación de los laicos, hombres y mujeres, que descubrían una vocación propia y específica, recibida en el Bautismo. Poco a poco, se fue consolidando lo que hoy ya os define: vosotros sois catequistas porque, como discípulos del Señor, sois discípulos misioneros, bautizados y enviados.

Vuestra vocación, que se desarrolla en el seno de vuestra comunidad, es para los demás. En vuestro caso, para los que en cualquier edad de su vida necesitan ser acompañados en el crecimiento y la maduración de su fe. Desde los primeros pasos en la vida de fe o en su desarrollo o en su recuperación, acompañan a los adultos, a los jóvenes o a los niños en el camino en el que van poco a poco “haciéndose cristianos”. “Un cristiano no nace, se hace”. El modelo de todo lo que hacéis son los adultos; lo habitual, la iniciación cristiana de niños y adolescentes.

  1. Catequistas acompañantes

Los catequistas sois mediadores en el diálogo amoroso de Jesucristo, con los que lo han conocido, han creído en Él y están dispuestos a seguirle. Estáis al servicio de la fe de cada una de las personas a las que la Iglesia os encomienda acompañar, y lo hacéis, uno a uno, aunque, por razones no sólo practicas sino también de sentido pedagógico eclesial, lo hagáis en grupo. En el grupo se fortalece la eclesialidad; en el acompañamiento personalizado se fortalece el seguimiento, el discipulado y se descubre la vocación específica, a la que el Señor llama.

Para llegar a donde estáis, habéis necesitado, ante todo, descubrir por qué Jesús os ha pedido ser catequistas. Es verdad que a veces el camino de entrada en ese ministerio no empieza aparentemente por una llamada suya, sino por una invitación de vuestro párroco o por sugerencia de otros catequistas. Pero ya sabéis que, más temprano o más tarde, surge en vosotros una pregunta imprescindible: ¿qué hago yo haciendo esto? Es necesario que la tengáis en cuenta y que procuréis responderla. Para acertar en la respuesta, os animo a escuchar al Único que os puede dar una respuesta válida; y sabéis que os llegará en la intimidad de la oración.

  1. Catequistas llamados y elegidos por Jesucristo

Sólo Jesús os pondrá convencer de que os necesita. Con Él iréis ahondando en lo que realmente significa ser catequista. Sólo con Él sentiréis que lo que estáis haciendo funciona bien, porque, no lo olvidéis, sois sus testigos. Todo empieza y todo pasa en vuestra vocación de catequista por una experiencia espiritual, que siempre movió vuestro corazón inquieto porque estaba dentro de vosotros y ahora la habéis descubierto con Jesús. Naturalmente, también con Jesús descubriréis si estáis dotados o no de las capacidades que se necesitan para ser educadores y acompañantes. La vocación necesita de vuestras capacidades.

Cultivar esas capacidades es también imprescindible, y hay que cultivarlas en la formación que se necesita para la misión. Un buen proceso de formación teológica, pedagógica y metodológica os convertirá en verdaderos maestros en el arte de hacer catequesis; siempre si antes sois testigos. No olvidéis nunca que vuestra formación tiene dos objetivos fundamentales: que seáis discípulos y comunicadores, y que seáis testigos del Evangelio y de una humanidad auténtica, la que se conforma en el seguimiento de Cristo.

  1. Expertos en humanidad y compañeros de camino

Por eso, es tan necesario que seáis expertos en humanidad y compañeros de camino. A esto ayudará que en las comunidades cristianas y en los grupos de reflexión de las parroquias se haga un profundo discernimiento del momento presente. Solo así conoceremos a fondo el escenario de la misión que se os encomienda; solo así se puede estar cerca de la vida y de los problemas de la gente, a la que hemos de acercarle la fuerza transformadora del mensaje evangélico. Eso solo se puede hacer siendo testigo de Jesucristo, que es quien sana, alegra, embellece, y orienta la situación de vida de cada uno a los que acompañáis.

Para mostrar a Jesucristo no basta con manejar unos buenos catecismos o unos materiales bien adaptados. En la preparación de la catequesis, en la que sí hemos de usar todo lo que tengamos a mano, especialmente la Biblia y los catecismos, es mucho más importante dejarse guiar, en una preparación en la intimidad de la oración, por la pasión por Cristo y la pasión por la vida de la gente. Un catequista siempre ha de ofrecer lo que encuentra en su corazón, transformado por Cristo y por lo que escucha a los que acompaña en el desarrollo de su fe.

  1. Los catequistas en el confinamiento

Eso es justamente lo que tan bien habéis hecho los catequistas, guiados por el Delegado de Catequesis y por vuestros párrocos en este tiempo de confinamiento. Habéis estado cerca de vuestros chicos y chicas, habéis escuchado sus sentimientos y deseos y les habéis ofrecido lo que Jesús les quería decir en estos tiempos difíciles. Os escribo precisamente para deciros que le doy gracias al Señor por vosotros, queridos y queridas catequistas. Como sabéis muy bien, el Obispo es el primer catequista de la Diócesis y el que os envía como discípulos misioneros.

Os digo que me siento feliz y orgulloso de la calidad y también del número de catequistas con que el que contamos. Seguid en vuestro empeño, sin olvidaros nunca de que todo lo que hacemos en el seno de nuestra comunidad parroquial, en la que habéis de participar y en la que habéis de caminar, siendo fieles al diseño de comunión y sinodalidad, es la que le da fondo y forma a nuestra Iglesia diocesana de Jaén. Continuad en vuestra misión evangelizadora en fidelidad a Dios y a los que acompañáis en la catequesis.

Espero que podamos vernos pronto en persona, cuando la pandemia del COVID 19 nos lo permita.

Un fuerte abrazo para todos y todas y mi fraterna bendición.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

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