Apuntes para un itinerario del educador cristiano

En el artículo anterior del atrio de los gentiles nos referíamos a la duda como un espacio de encuentro entre creyentes e increyentes en el mundo de hoy. Más allá del relativista para el que todo vale,  lo que implica que nada tiene valor, del escéptico  pirroniano que niega de principio la posibilidad del acceso a la verdad, o del dogmático que se cree poseedor de la verdad absoluta, hoy nos encontramos en tiempos de incertidumbre, tiempos de tanteo y de búsqueda. Solo las alas de la razón y la fe[1],  batiendo al unísono, nos podrán llevar encuentro con la Verdad. En aquella entrada finalizábamos diciendo: que las razones que el creyente dé, y pretendan gozar de credibilidad, serán las que surjan al profundizar en la fe con el fonendoscopio de sus propias dudas. Esto quiere decir que hoy de poco sirven las razones aprendidas si no han pasado por el tamiz de nuestro propio ser vital e histórico, o sea si no son  razones que nos convencen o, al menos, nos dan un poco de luz.

Creyentes e increyentes compartimos el navegar por océanos de inseguridad, unos aferrados al madero de una cruz otros  buscando algún tablón suelto que les impida hundirse[2]. Nuestras vidas están entrelazadas. En ese océano de la vida vamos descubriendo que determinados prejuicios irracionales, sentimientos ocultos o condicionamientos sociales suelen pesar más en el rechazo de la fe que la supuesta debilidad de los argumentos de esta. La batalla no se libra únicamente en la mente, sino en el complejo entramado de la personalidad humana. No olvidemos que la razón no se puede aislar del temperamento, la imaginación, el ingenio, la voluntad o el espíritu del tiempo. La vida de los creyentes y los increyentes están entrelazadas. Las personas que tenemos el don de la fe compartimos nuestro camino con familiares, amigos o conocidos que parecen no tener fe.  Unos, tras el encuentro con Jesús,  caminan alentados por la confianza de que tras al final del camino encontrarán la ciudad prometida. Otros siguen aferrados a su escepticismo y mantendrán que no hay ciudad, que no hay nada. Unos y otros vivirán las inclemencias del tiempo, recorrerán valles o subirán escarpadas  montañas. Solo al final del recodo sabremos quién estaba en la verdad. Lo que sí parece cierto es que no es lo mismo caminar con una actitud o con otra.

Hay que romper los muros del dogmatismo, lo que permitirá construir puentes de encuentro, pero  en ese espacio abierto, en ese atrio, y en ese caminar juntos  ¿qué debe hacer el hombre que  ha recibido la buena noticia de Jesús y que se siente impelido a comunicarla?, porque el testimonio de la fe es fundamental, sí, pero el hombre de fe es testigo de su fe pero no es, por sí,   prueba del contenido de la fe.  Este contenido tiene que revelarse al ser más íntimo de cada uno. No olvidemos que al hablar de la fe es la voluntad la que mueve al entendimiento a adherirse a lo transmitido por el testigo, el acto de fe es libre. Obviamente es el entendimiento el que asiente y no lo hará por algo que sea irrazonable. Siendo esto verdad, también lo es que por muchos motivos que haya para asentir, si no mueve la voluntad al entendimiento, o sea si en el fondo no quiero creer no acontecerá la fe.

En este entramado del entendimiento y la voluntad, ambos necesarios para el acto de fe, Blas Pascal proponía un itinerario que nos puede iluminar. “Los hombres, decía, desprecian la religión… Para curar esto es preciso comenzar por probar que la religión no es contraria a la razón, que es venerable, digna de respeto; volverla enseguida amable, hacer desear a los buenos que sea verdadera y después demostrar que es verdadera”[3]. Aquí se sintetiza un programa perfecto para que un pensador cristiano, un maestro o profesor, un sacerdote  o cualquier agente de pastoral, cada uno a su nivel pudiera presentar de modo razonable  y, como no, apetecible, el contenido de la fe:

-Probar que es razonable, no contraria a la razón.

-Mostrar que es digna de respeto, pues en ella reconoce el hombre su justa realidad.

-Mostrar que es amable, o sea digna de ser amada.

-Finalmente  mostrar su verdad después de haber hecho desear que lo sea.

Precisamente este es el itinerario que pretendemos seguir en los próximos artículos.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y profesor de Filosofía

 

[1] Fides et Ratio, nº 1.

[2] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme,  Salamanca 1971, p. 25-26.

[3] B. Pascal, Pensamientos, Temas hoy, Madrid 1995, sec. III, nº 187, p.113.

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