Navidad: ¿Jesús nace “con un pan bajo el brazo”?

Jesús nació en Belén, cuyo significado es “la casa del pan”. En hebreo, beth significa “casa” y lehem significa “pan”; la palabra Bethlehem, casa del pan, derivó en nuestro Belén. Desde aquí podemos preguntarnos: ¿Cuál es la relación de Jesús con el pan y con el hambre? ¿Cómo puede esto iluminar nuestra Navidad y ayudarnos a vivirla de un modo más auténticamente cristiano?

En un sentido, es difícil pensar que Jesús vino “con un pan debajo del brazo”, como se dice popularmente para indicar una vida afortunada y llena de bienes materiales. Nació en un pesebre, donde comían los animales, “porque no había sitio en la posada” (Lc 2, 7); ya desde ese momento se entrevé que “no tiene donde reclinar la cabeza”, como dirá de sí mismo años después (Mt 8, 20). Al poco de nacer, Jesús sufrió la persecución de Herodes y toda su familia se vio forzada a emigrar y refugiarse en el vecino país de Egipto (Mt 2, 13-23). Más tarde, ya de adulto, él y sus discípulos se vieron en la necesidad de arrancar espigas de los sembrados para comer (Mc 2, 23-28). No, Jesús no vino con un pan bajo el brazo.

En otro sentido, sin embargo, sí podríamos decir que con Jesús llega la abundancia desbordante. Recordemos, por ejemplo, los diversos relatos evangélicos sobre la multiplicación de los panes, para dar de comer a la multitud (Mc 6, 30-44; Mc 8, 1-10, y textos paralelos). O evoquemos los numerosos banquetes que atraviesan los relatos evangélicos de un modo que, al mismo tiempo, anuncian y explican el Reinado de Dios. O escuchemos también las rotundas palabras del mismo Jesús: “Yo soy el pan de la vida: el que acude a mí no pasará hambre” (Jn 6, 35). O rememoremos el momento culminante de la Última Cena: “Tomando un pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros’” (Lc 22, 19). Parece, por tanto, que Jesús sí vino con un pan bajo el brazo.

De todos modos, no es esto lo más importante. Hay dos aspectos nucleares en la relación de Jesús con el pan que, además, pueden ser de gran ayuda para nuestra vida en este complejo mundo del siglo XXI, marcado por la desigualdad en la distribución de los bienes.

Lo primero es el deseo hondo de Jesús de que todos los seres humanos tengan pan y la constatación de que eso no ocurre. Por eso, cuando ve a la multitud hambrienta, pide a sus seguidores: “Dadle vosotros de comer” (Mc 6, 37). En ese contexto, y anticipándose a la preocupación actual por el despilfarro de alimentos, dirá también: “Recoged las sobras para que no se desaproveche nada” (Jn 6, 12). Muy crítico se muestra Jesús con el rico que “banqueteaba espléndidamente cada día” (Lc 16, 19) mientras que, a su puerta, el pobre Lázaro “querría saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico” (Lc 16, 21). En un sorprendente diálogo con una mujer siro-fenicia, Jesús acaba reconociendo que el pan está destinado a todos los hijos e hijas de Dios (Mc 7, 24-30). Jesús sabe que el reto es ingente y que no puede lograrse sólo con nuestras propias fuerzas, aunque éstas sean imprescindibles para lograr que el pan llegue a todo el mundo y que no haya nadie pasando hambre. Por eso, nos invita a rezar cotidianamente, implorando a Dios: “Danos hoy nuestro pan de cada día” (Lc 11, 3; Mt 6,11). Con esto entramos ya en el segundo aspecto que debemos destacar.

El segundo rasgo relevante es que, para Jesús, este hecho de repartir el pan se convierte en “lo más sagrado” de la existencia. No es una acción meramente terrena, humanitaria u ‘horizontalista’. Es, en sentido estricto, una vía de acceso a Dios. “¡Dichoso el que coma en el Reinado de Dios!”, responde exultante uno de los oyentes de Jesús, ante la experiencia de las obras y las palabras de Jesús (Lc 14, 15). Por eso mismo, el juicio final o definitivo consiste en saber qué hicimos ante el hermano hambriento: ¿le dimos de comer o no? (Mt 25, 35 y 42); en realidad, Jesús llega al punto radical de identificarse real y personalmente con la persona que sufre hambre (“conmigo lo hicisteis”: Mt 25, 40).Por supuesto, Jesús sabe que “no solo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4); también necesita vivienda, salud, educación; requiere que su dignidad sea respetada y sus capacidades promovidas; y demanda desplegar toda su dimensión espiritual y religiosa, para lo cual tiene “toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4).

Y, sí, precisamente en Navidad celebramos que “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14) en Jesús de Nazaret, el que nació en Belén, la casa del pan. No está claro que viniera con un pan debajo del brazo, pero sí es evidente que nos impulsa a todos sus seguidores a implicarnos a fondo para que el pan llegue a todas las personas de nuestro mundo, sobre todo a los desfavorecidos, a los que carecen de paz y hogar, de forma que nadie quede rezagado. Impliquémonos cotidianamente todos en esta noble causa, con responsabilidad. También y, particularmente, en Navidad.

 

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

 

 

 

Compartir: